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Las utopías y la Argentina

La palabra utopía por si sola despierta innumerables posibilidades de ser abordada. Para hacer un chiste fácil (y tonto) se podría decir que es una utopía pensar que el tema se va a agotar en pocas líneas y que se llegará a una definición perfecta y acabada.

Por lo pronto, cada vez que se escucha la palabra se piensa en la cueva donde entró Alí Babá. Es una utopía pensar que puedan existir montañas que se abran o cierren, como si fueran cotidianos portones de garaje, mencionando el nombre de un cereal, ese mismo que ahora tiene formulas tan “salvadoras” para nosotros y hacen pensar por momentos que nuestros huesos quedarán firmes como rocas al consumir sésamo.

Otro muy claro –y clásico- ejemplo de utopías, es creer que el sol pueda salir de noche; pero las palabras pasan por el filtro de las Academias de cada lengua donde se les hace un entorno de significado que las tipifica para siempre, las convierte en algo parecido a estatuas idiomáticas, parientes entre sí pero nunca gemelas. De ese modo, nuestra Academia desechó la imaginativa sugerencia de las Mil y una noches, determinándola con absoluta precisión.

“Proyecto, idea o plan ideal y muy bueno, pero imposible de realizar. Quimera”: así quedó, como un modelo de aplicación general adaptado a las costumbres de las nuevas épocas, donde nunca se limpió a fondo una lámpara y tal vez por eso nunca apareció algún generoso (y obligado) genio.

La destacada personalidad de Tomás Moro le encontró una aplicación distinta, sin sacarla de ninguna de sus fuentes; pergeñó así la aplicación política de la palabra que, ahora sí, se apartaba de la esencia de la “utopía” y abrió una puerta que, aunque se intente, no es imposible de cerrar.

El hombre, como sabemos, tiene en sí el bien y el mal, manifestados primariamente como “generosidad” y “egoísmo”. También tiene la inteligencia y capacidad de percibir la ética y el amor a sus semejantes como valores necesarios. El hombre es perfectible y, teniendo en cuenta sus potencialidades, tiene la obligación de superar los impulsos exclusivamente personalistas.

En Argentina hay problemas de fondo en la convivencia entre ciudadanos entre sí, de políticos con ciudadanos y de políticos entre sí, y muchas veces se menosprecia al ciudadano-solo-votante. Muchas veces en Argentina lo individual o los intereses de un grupo se anteponen al bienestar colectivo.

En otros países (no busquemos el ejemplo de los de primer mundo, atendamos sólo a los pueblos vecinos, con historia común a la nuestra) es pauta de vida el respeto al ciudadano vecino, a las buenas costumbres y ¡a la ley! Para comprobarlo, sólo hay que cruzar fronteras entre naciones.

Los habitantes de esos países -personas hechas del mismo material anatómico que los nuestros- usaron la sencilla fórmula de establecer como requisito esencial preferir el bien común al de sólo una persona o grupo, cosa fácil de concretar con el simple -y tan al alcance- recurso de poder ejercer la voluntad . Si el objetivo es bueno y favorece a la mayoría de las personas, DEBE y puede realizarse y, por lo tanto, la superación de una persona o un grupo, NO es una utopía.

Cuando alguien -por sí o representando a un sector- argumenta que tal o cual alternativa que significa una mejora o solución permanente “es una utopía” se explica porque: o no comprende debidamente el problema, o no le interesa o no le atañe directamente la cuestión, o porque, motivado exclusivamente por su conveniencia personal (o de grupo), NO quiere que se cambie nada.

Autor: Redacción

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