Por Hugo Borgna
Algunos títulos de obras parecerían buscar su sitio en la escritura hasta que, completamente conformes con el lugar ideal, se hacen cargo de su tarea de comunicar sensaciones.
Y contagian a más de una autora, que se reúnen para concretar esta emoción en forma de libro, identificadas con una de las empresas más bellas: la escritura alimentada por el amor.
La obra se llama “La lágrima del ceibo”. Contiene una novela así llamada que firman Analía Marzioni y Stella Maris Meolans, y poesías de la autoría de Graciela Bertaina.
El amor es, en esta armoniosa idea de conjunto autoral, protagonista absoluto.
No el amor que se podría llamar “clásico”, por la preminencia del ideal romántico.
En este caso supera la novela la idea de la abstracción sentimental. Las primeras ochenta páginas relatan desde un punto de vista ligeramente neutral las circunstancias románticas que se apoderan de la vida diaria de una pareja, con un fuerte contenido de compromiso y responsabilidad. No la que es alimentada y sostenida en novelas de este género donde una dosis de suspenso -solo aplicable aquí a la situación puntual- crea el interés por saber cómo se resolverá el tema de intereses contrapuestos.
El amor en esta novela libra a la historia básica de puntas y aguijones que pudieran herir o lastimar principios de vida preconcebidos. Acompaña. Podría decirse que ilumina.
En el cierre físico del libro las poesías de Graciela Bertaina hacen, dentro de una descripción diferente a lo habitual, la misma tarea de informar y emocionar con lo más intenso de la piel. Dan un mensaje en la misma-diversa dirección. Se ama con intensidad física, con el alimento profundo y que implica la entrega total: la que surge natural sin preguntas y, sin explicar, transcurre.
Es el mismo amor en los dos casos. La participación activa y generosa y la presencia del poder del sentimiento.
“La lágrima del ceibo” está disponible en librerías. Atrapa desde una bella imagen floral.
Analía Marzioni y Stella Maris Meolans ya conocen la emoción indescriptible de generar libros, las dudas y certezas y la emoción de esperar a que el lector (punto final del círculo virtuoso) haga conocer su veredicto.
Igualmente, Graciela Bertaina, compañera de obra creativa, ya lo debe presentir, y esa es una sensitiva manera de participar. El hecho de abrir un libro con el propio nombre de quien lo ha escrito es irrepetible y único para todos los autores.
Esta lágrima puede hacer llorar hacia adentro y después nacer. Nueva, emotiva. Única