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Los olvidados: antiguos comerciantes de Rafaela

Los primeros oficios en

Rafaela-Pueblo fueron ejercidos por humildes y laboriosos personajes

de los cuales nada queda, ningún nombre o apellido: se los conocía

habitualmente como el lechero, el panadero, el colchonero, el

hielero, el afilador, el verdulero, etc. y el sistema tenía la ventaja

para quien no quisiera salir de su casa, que la mercadería se le

entregaba en su propia puerta. Eran vendedores ambulantes que

recorrían diariamente el pueblo ofreciendo su mercadería, elaborada

por sus manos en su casa o en su taller y fueron los que

abastecieron al pueblo por muchos años.

Recuerdo al laborioso

verdulero que tenía su quinta sobre calle Arenales frente a la

Capilla de Pompeya y era quien habitualmente nos surtía de las

verduras frescas, recién cosechadas de su prolija y extensa quinta.

Creo que se llamaba Corró si no me falla la memoria.


Otro

artesano era el colchonero que venía habitualmente a escardar los

colchones (que en esa época eran de lana) y que con su habitual

instrumento y en el patio de baldosas con paciencia y pulcritud

desarmaba colchón por colchón pasando cada vellón por el cardal.

Luego volvía a armar los colchones, cosiéndolos prolijamente y si

era necesario cambiaba los forros sin mayores dificultades.

Este

hombre -como tantos otros- primeros hacedores de oficios, cumplían

una función en tiempos difíciles cuando faltaba de todo y suplían

con habilidad y destreza esas carencias, poniendo su empeño para

superar los inconvenientes de una vida semi rural.


Antes

de que existieran los colchones, ¿qué se usaba? Había catres, y

estos se revestían con cueros o simplemente con tiras de cueros

entrelazados y así durmieron nuestros antepasados.

Todos

estos artesanos, no sólo gozaban de la confianza de sus clientes,

sino que conformaron un especial folclore comercial que fue

desapareciendo paulatinamente, a partir del año 1940 por varias

razones. Entre ellas la prohibición de la circulación de carros

tirados por animales y la exigencia de nuevas normas higiénicas para

el tratamiento por ejemplo de la leche y otros productos.

En un

artículo anterior me había ocupado de los lecheros que venían por

las mañanas, con su vaca lechera y casa por casa ordeñaba el animal

para entregar la cantidad de leche solicitada. La medía con un gran

jarro de metal en donde se señalaban litros, medio litro, etc. A

partir de ese momento la leche en la cocina de cada vivienda se

sometía a un largo hervor y si mal no recuerdo hasta que la leche

hervida subía tres veces por lo menos, antes de ser guardada en las

heladeras -en ese entonces de hielo-, no se consumía.


Al

hablar de todos ellos, ¿alguien recuerda el nombre de alguno de ellos?

Por eso los llamo “Los olvidados” y han pasado a la posteridad -sin nombre ni apellido-. Eran obreros escondidos detrás de un oficio

y callada y silenciosamente han pasado a la posteridad.

Gente

de gran confianza, clientes y comerciantes mantenían una relación

amistosa y que perduró a través del tiempo, hasta que las

circunstancias y la modernidad los hicieron desaparecer.

Autor: Blanca M. Stoffel

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