Quién viene siguiendo la trayectoria de Jorge Bergoglio, desde antes de llegar a la cima de la Iglesia Católica, siente como el misterio de la fe, construye, edifica, pero se manifiesta sólo cuando Dios quiere y cómo Él quiere. El pontificado del papa Francisco es una muestra cabal de que Dios tiene sus tiempos, tiempos que los hombres muchas veces no comprendemos o pretendemos acortar. Francisco, es lo que muestra, tiene luz propia, es ejemplo de humildad, de generosidad, de respeto y de una gran franqueza, pero todo lo que él dice es tan natural, que nunca se podría recibir como un juicio, ni una sanción, sino como la inducción a una reflexión profunda, que facilita el encuentro con Cristo desde una fe más genuina, que fijará los soportes de una vida guiada por la luz.
El pontificado de Francisco llegó en un momento de crisis en el mundo y a la que obviamente no escapó la Iglesia. Personalmente siento como si el mundo hubiese estado aletargado como en el cuento de la "bella durmiente", que espera la llegada del príncipe para que con su amor todos vuelvan a cobrar vida... y eso hizo el Papa, con su enorme amor y su increíble ternura, renovó la esperanza, restauró la fe. Esta renovación que está generando el papa Francisco le hace bien al mundo que intenta levantarse y transitar un camino de esperanza que posibilite a todos caminar pausadamente hacia un futuro promisorio.
En la encíclica, el Papa señala que "la fe se ha visto así como un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás como luz objetiva y común para alumbrar el camino". Este tramo me llenó el espíritu porque reafirma que la fe es un regalo que Dios da a cada uno en particular , para que cada uno la haga brillar para el mundo desde el lugar en que le toque estar, así todo el mundo ganará cada vez más “profetas de la fe”.
También el papa Francisco asegura que "cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal..." y esto es claro que está afectando a la humanidad que pareciera que con tal de sentirse mejor es capaz de aferrarse a cualquier luz por tenue que sea, pero hay que saber distinguir que la “luz de cristo” no es cualquier luz, es una luz brillante que ya no nos hará sentir solos jamás.
El papa Francisco nos invita a renovar nuestra fe, pero no desde cualquier lugar, sino desde un encuentro profundo con Cristo, única fuente inagotable de amor, que acompañará al hombre en todo momento y sin distinción de ninguna clase, ya que Él es maravillosamente misericordioso y capaz de acogernos en un abrazo de padre bueno a pesar de nuestros múltiples pecados. Somos nosotros que a veces sumidos en nuestras faltas y avergonzados, no damos el primer paso para ese encuentro, único encuentro capaz de modificar radicalmente el rumbo de nuestra vida.
Francisco es la señal más clara y más cabal de que Cristo quiere darnos una nueva oportunidad de construir el reino entre todos... amándonos desde el corazón y sin discriminación de ningún tipo. Es la luz de la esperanza para un mundo que pareciera haber perdido el rumbo.