Por Miguel Pettinati. - Marcos 9, 38-41, Juan le dijo: maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre para expulsar demonios, y hemos tratado de impedírselo porqué no anda con nosotros.
Jesús contestó: no se lo prohíban, ya que nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí.
El que no está contra nosotros está con nosotros, y cualquiera que les dé de beber un vaso de agua porque son de Cristo, yo les aseguro que no quedará sin recompensa. Palabra de dios, gloria a ti Señor Jesucristo.
IGLESIAS SEPARADAS
Mientras Jesús formaba a sus apóstoles, a quienes quiere confiar su Iglesia, hay otros que predican el evangelio y expulsan demonios. Lo mismo ocurre hoy, al lado de la Iglesia Católica, la Iglesia de los apóstoles, hay otros que predican el evangelio, sanan enfermos y se agrupan en iglesias de diversas denominaciones.
Esta evangelización paralela a la Iglesia o "rival de la Iglesia", le presenta un desafío. Si otros evangelizan, tal vez se deba a que nosotros lo hacemos muy poco y Dios quiere que otros actúen en lugar nuestro. Pues, demasiados católicos no salen de sus prácticas o de sus pequeños grupos, y muy a menudo se han acostumbrado a no tomar iniciativas, dejando que los sacerdotes y religiosas lo hagan todo, y debido a eso la Iglesia está ausente en muchos lugares, especialmente en las poblaciones suburbanas (el papa Francisco habla sobre las periferias).
Las iglesias separadas y la multiplicación de las sectas cristianas son para la Iglesia Católica un llamado a que se reforme.
Está paralizada por falta de un espíritu verdadero de pobreza (el papa Francisco nos dice que la Iglesia tiene que ser pobre y para los pobres misionera) y sus estructuras pesadas no permiten que la gente sencilla encuentre en ella el aire fresco y unificante del evangelio.
En tales condiciones, ¿cómo podríamos condenar a quienes por su acción misionera, hacen que gran número de hombres y mujeres encuentren a Cristo en comunidades acogedoras, aún si en esto no todo es auténtico?
Al decir esto no olvidemos las riquezas de la tradición cristiana que han perdido muy a menudo los que abandonaron la Iglesia, en particular la convicción de que toda la realidad humana tiene que ser rescatada, lo que significa no condenar al mundo ni encerrarse en los problemas de su Iglesia; y la forma humilde de creer y de hacer la voluntad del Padre, de la que María, la mamá de Jesús y de los creyentes, es el símbolo.
Si bien el hecho de que cada Iglesia o secta trabaje por cuenta propia favorece las desviaciones de la fe, más grave todavía es que con esto se desobedezca la voluntad del Padre, que quiso que fuéramos en el mundo un signo de unidad (el papa Francisco nos dice que la Iglesia tiene que estar unida para que el mundo crea), pues el deseo no desinteresado de tener más adeptos lleva a usar medios de propaganda que riñen con la práctica del evangelio. Tampoco es un signo de unidad criticar, desacreditar a la Iglesia Católica o cualquier modo de vivir la fe y evangelizar, en vez de entrar en el ecumenismo, es decir, el diálogo entre las diferentes iglesias (el papa Francisco dejó los caminos abiertos al ecumenismo).
Pero no por eso debemos olvidar nuestras propias fallas. no hay lugar para el odio o envidia, es decir, cualquier cosa que nos divida para vivir en plenitud todo el evangelio. Amén.
¿Cómo podríamos perjudicarnos si hacemos la voluntad de Dios?