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Malasia, el mejor té del mundo y las Torres del tucumano Pelli

NOTA VIII 


Después de cierta frustración durante la visita a Vietnam porque me negaron la circulación por tener una moto de alta cilindrada, retorno a Laos y me dirijo a la frontera con Tailandia. La jurisdicción norteña devela compacta vegetación y cedo prioridad a pesados elefantes.

Semioculto aparece Sukhotai, considerado el primer reino tailandés independiente. Emergió cuando moría el imperio Jemer en el siglo XIII y gobernó durante 150 años, creando un conjunto de templos.

El río Chao Phraya, venerado en todo el país, es la savia de la región conectando más al sur con Ayutthaya hasta desaguar en el golfo.

Ayutthaya, la ciudad legendaria, la ciudad caída, representa la cúspide de la ancestral historia de los thai, que llegaron a dominar toda la zona. La ciudad se levantó en la confluencia de tres ríos (el Mae Nam Lopburi, el Chao Phraya y el Pa Sak). Los ríos formaban una barrera natural contra los invasores y una invitación al comercio, conjunción que permitió que esta ciudad-estado llegara a convertirse en una nación desde 1350 hasta 1767. Aunque los reyes tailandeses consiguieron librarse de las injerencias de las potencias occidentales, fueron los birmanos quienes sitiaron la urbe y terminaron con el reino en 1767 tras dos años de contiendas. Después, los tailandeses restablecieron su centro de poder cerca de la actual Bangkok.

Todavía hoy se ven los estragos de aquella guerra en las ruinas de la ciudad anciana poblada de templos y estupas. Innumerables imágenes de Buda decapitados testimonian la brutalidad que imperaba en aquellos tiempos.

Una cabeza de Buda aprisionada entre raíces tentaculares es una de las imágenes más icónicas de Ayutthaya. Nadie sabe con certeza porqué está allí…

Con definitivo rumbo sur, bordeo el golfo de Tailandia. Playas con palmeras, aguas de bonitas tonalidades, apacibles pueblos costeros y ocasionales adoradores del sol que suelen emigrar a islas vecinas.

El istmo de Kra une el continente asiático con la península de Malaca, y Tailandia empieza a fundirse con Malasia.

Las cúpulas de las mezquitas despuntan sobre la arboleda y los velos cubren los rostros de las mujeres. Malasia es musulmana, pero también fue colonia inglesa, lo que explica el volante a la derecha, la blancura de los edificios coloniales y los carteles bilingües.

Pero además es una sociedad multirracial en la que conviven malayos, chinos e hindúes con sus oratorios, credos, idiomas y sabores.

Si esto no alcanza para abrumar, habrá que observar su bandera, igual a la de Estados Unidos pero, vaya paradoja, con una sola estrella y una medialuna en homenaje al islam; toda una síntesis del espíritu ecléctico.

Recorro la frenética Ipoh, una ciudad con marchitas mansiones tropicales, un animado “padang” (campo-parque) y muy buena comida. Entre las especialidades gastronómicas están el “char kway teow” (fideos de arroz fritos) y el café blanco hecho con margarina de aceite de palma y servido con leche condensada.

A escasa distancia se abre un oasis de la madre naturaleza; una jungla con un milagroso clima fresco gracias a la altura de la montaña, las Cameron Highlands. Descubiertas en 1885 por el inglés William Cameron, cuando Malasia sólo era una colonia del imperio británico, estas colinas se convirtieron inmediatamente en tierra fértil para cultivar el producto más codiciado de la era colonial inglesa; el té.

Con la mano de obra barata de los trabajadores indios y chinos, los ingleses inauguraron la primera plantación de té y la bautizaron Boh Tea, aún en pie.

Y a dos mil metros de altura, entre plantaciones, rodeados de helechos gigantes, lianas e insectos increíbles, todavía sobreviven los bungalows de los primeros pobladores y las mansiones estilo Tudor de los británicos. El té que aquí se produce es uno de los mejores del mundo.

A unos 150 kilómetros, la panorámica podría ser el marco de un filme futurista; torres que se clavan en el cielo, autopistas en altura, edificaciones de todas las formas. Kuala Lumpur, la pujante capital de Malasia se multiplica y juega a los espejos con sus superficies vidriadas. Su moderna arquitectura muestra la economía floreciente de uno de los “tigres de Asia”. Pero basta con bajar la mirada para descubrir los ecos y matices de tradiciones arraigadas, en un país en el que el multiculturalismo es mucho más que una expresión de moda.

Todo hace pensar que estoy lejos de cualquier vestigio de argentinidad, pero estirando el cuello veo las torres Petronas diseñadas por el arquitecto tucumano César Pelli. Sus 88 pisos lo colocaron en el podio de los edificios más altos, y aunque ya haya sido destronado, no se puede negar que impresionan tanto su dimensión como su diseño, con motivos de influencia musulmana.

Hacia el sureste doy con Malaca, histórica población fundada en el siglo XIV por un príncipe hinduista de Sumatra, que luego paso por varios dominios.

En medio de una espesa vegetación, donde se presienten las hipnóticas rayas y el sigilo del tigre; llego a Mersing, lanzadera a la pequeña, selvática y escasamente habitada isla de Tioman. Sus idílicas playas son un elixir para el cuerpo y alma.

De vuelta al área peninsular, inexplicablemente no hay ferries para vehículos hacia Sumatra. Luego de muchas idas y venidas, y previa conciliación económica, cargamos a pulso la motocicleta sobre una barca en Port Klang.

Las agitadas aguas del estrecho de Malaca hacen estragos en mi estómago. Finalmente, atracamos en Tanjung Balai, humilde muelle en la isla de Sumatra -Indonesia-. Pero esta historia continuará...



Autor: Adrián Volpato

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