“La tierra firme” es el nombre de la novela de 140 páginas que está poniendo a consideración Matías Aimino, producida por Baltasara Editora y terminada de imprimir en mayo del presente año.
Si bien la acción se ubica en el siglo XVI durante la conquista española de América y en la franja territorial que abarcaron las poblaciones de Asunción, Santa Fe de la Vera Cruz y sus intermedias y que el lenguaje es, muy aproximadamente, el que se habría usado, hay que destacar la universalidad de la obra en cuanto a que el hombre es el dueño exclusivo del resultado de sus actos, más aún que el entorno en que se desenvuelve.
La historia argumental refiere, del modo cronológico, hechos que parecen fotografías animadas pobladas de dolor, descarnadas escenas de una ficcionada realidad; muestra la difícil (¿por qué no decir imposible?) buena convivencia entre conquistadores y nativos, sazonando la acción con abundantes conflictos originarios, provenientes de uno y otro lado del océano. El relato en tiempo presente, con información dada en pequeñas dosis y en bellas pinceladas llenas de poesía, ayuda a que al mismo tiempo se sienta intensamente, y en cada hecho cotidiano, el drama de superficie y de raíz, y simultáneamente se goce una escritura impecable: de este modo, los dos elementos (la historia y el modo de relato) fluyen armónicamente, componiendo una paradoja impensada.
“…que una mujer criada entre pescadores no haya visto jamás morir a los peces”, “debería estar en uno de esos buques, pero me han impedido zarpar”
Matías Aimino es un gran creador de climas, el lector siente el palpitar de los personajes, a los que ha poblado con sentimientos extremos y a quienes hace actuar según el ardor de su sangre; la sensualidad en los cuerpos y en la relación con la naturaleza, es protagonista y causa de los hechos que van transcurriendo.
El autor, consciente de que está escribiendo una novela, dosifica cuidadosamente los hechos creando con ello un suspenso, que es cada vez mayor. El diálogo es escueto y más que decir, sugiere dentro de una obra que tiene localización y temporalidad precisas y transparencia narrativa: todo sale a la luz nítidamente y con los necesarios detalles.
En todo su desarrollo abundan las frases felizmente concretadas (“la virtud es borrar de un plumazo todo hecho escandaloso y seguir mirando hacia adelante como si nada hubiera ocurrido”, “la piel encolada de los muros”, “…una luz azul y rasante tan fría que corta los pies” )
Es interesante el uso de la repetición, tanto en palabras como en frases largas, demorando temporalmente el relato y aportando riqueza poética a la prosa, dentro de un entorno donde se advierte la profunda interrelación hombre-naturaleza, como origen y consecuencia.
El autor hace jugar en el relato su intrínseca formación de escritor “…recuerda la cara del teniente de gobernador cuando le confesó que hacía versos” “…solamente admiran sus dotes para escribir actas, decretos, anuncios…” “son incapaces de apreciar la belleza de su poesía, el ingenio de una frase, la fluidez de una cadencia…”, “¿no es cierto que (se) escribe para sí, para los que vendrán…?”
Matías Aimino ha publicado también -entre otras obras- “Agón” (2007), “Versiones de la tan sombra” (2009, en coautoría con Santiago Alassia y Franco Rosso), y “Archivos de Altazar” (2015). Asimismo, su obra de teatro “La fianza” fue representada por el grupo Alas en 2007.
Aimino intenta exitosamente en toda su obra la búsqueda de la originalidad, del camino que está abriendo. Sus textos son de alto valor sensitivo y profundo mensaje de pensamiento. Es capaz de volar por sobre los convencionalismos que permanentemente está creando –y muy a su pesar- la escritura. Sabe que la literatura y el acto creativo son a veces mucho más intensos que la propia vida.