NOTA III
El ingreso a Irán, acarrea complicaciones, originadas por ciertas irregularidades en mi Carnet de Passages (documento que permite la importación temporal de vehículos).
Luego de cuestionamientos y una larga demora, el funcionario decide hacer una excepción motivada en parte por una nueva apertura del país y otro tanto porque soy coterráneo de Messi, a esta altura un indiscutido embajador argentino. Sin dudas, un salvoconducto que me arroja Dios -Alá, por estos lares-.
Irán, la antigua Persia que estudiábamos en la clase de historia, fue uno de los grandes imperios del pasado y siempre ha mantenido una identidad cultural propia dentro del mundo islámico, conservando su idioma y su singular etnia persa, no árabe.
Se habla farsi, que tiene su propio alfabeto, parecido al árabe, dicen, y aunque algunas indicaciones están en inglés, la sensación de estar perdido es permanente.
Me sorprende la noche en plena carretera, con una tormenta avecinándose, y para colmo la moto manifiesta ciertas fallas de encendido. Mala combinación, en particular tratándose de un país al que acabo de ingresar y aún no conozco.
Afortunadamente, alcanzo un poblado y consigo alojamiento.
Luego del descanso, constato que el problema en la motocicleta se debe al CDI o “caja negra” en la jerga popular, es decir el cerebro electrónico. Fue reparado tiempo atrás en Etiopía -África-, y ahora parece que vuelvo a estar bajo la misma “espada de Damocles”.
A poco de andar, descubro la amabilidad del pueblo iraní; que se esfuerza por saludarme en las rutas -es fácil detectar que soy extranjero-, por la atención en las gasolineras, e inclusive abundan las invitaciones para hospedarme en sus propios hogares. Esto nunca me había ocurrido en ninguna otra parte del globo.
El concepto de mesa como tal, no existe. Los hombres comen sentados en el piso, sobre alfombras, y las mujeres lo hacen en un sector diferente. La barrera idiomática, aunque no infranqueable, es dura.
En medio de una enorme área desértica, con elevadas temperaturas, arribo a Isfahán, la tercera ciudad más grande de la nación.
Lo que Estambul a Turquía, es Isfahán a Irán; y puede definirse como la urbe más hermosa del país. Cuando Shah Abbas I la convirtió en capital en el siglo XVI reunió a los mejores arquitectos y artesanos de Persia y otros países asiáticos. Nació entonces “Naqsh-e Jahan”, la plaza de Isfahán -declarada Patrimonio de la Humanidad-, sólo superada en tamaño por Tiananmén, en Pekín, y con tantos atractivos que parece una ciudad en sí misma. En un dilatado rectángulo rodeado por un excelso zoco de artesanía surge refulgente y azul la “Mezquita del Shah” con sus cuatro minaretes y profusión de puertas y salones; o la “Mezquita del Jeque Lotf Allah”, sin patio ni alminares elevados pero con el interior más precioso de todo Irán y quizás de todo Medio Oriente; o el “Palacio de Ali Qapu” que cuenta con pinturas magistrales.
Pero Isfahán es mucho más que su plaza, ya que uno puede recorrer kilómetros de galerías en un bazar que no tiene final. Más alejados se encuentran el “Palacio de las 40 columnas”, el barrio armenio de Jolfa con su gran catedral, y unos puentes que surcan el río Zayandeh convertidos en verdaderos castillos de cuento.
Isfahán se disfruta mezclándola con el aroma de los kalyam -pipas de agua o shishas-, con sus tiendas de artesanos del siglo XVI y la belleza de una joya urbanística que merece dedicarle varios días.
El credo islámico marca a fuego el comportamiento de la gente, y especialmente respecto a las mujeres. El Corán es su libro sagrado. Está totalmente prohibido beber alcohol. La ropa femenina siempre es oscura, con túnicas y velo como señal de recato. Y la ausencia de vida nocturna deja tiempo para buscar el rastro de Alejandro Magno o los orígenes de los zoroastrianos.
El desierto está allí, parece dormido, pero es eternamente movedizo, sus arrugas se extienden hacia el infinito. Y desperdigadas, sus moradas.
Meybod, con su fortaleza que ronda los 2.000 años y un depósito donde se almacenaba hielo; Yazd, un laberinto de adobe con callejuelas estrechas y homogéneas, y la presencia infinita de badgirs o torres de viento para ventilación natural, y torres del silencio donde los feligreses del zoroastrismo –religión monoteísta más antigua de la Tierra y aún viva- dejaban a sus cadáveres a expensas de los buitres; Kharanaq junto a su hammam –baño árabe de vapor-, milenaria, abandonada, diluyéndose con una sospecha de humanidad agotada.
Cae la tarde y pretendo pernoctar en un olvidado y derruido caravasar -albergue destinado a caravanas y pieza clave en la antigua ruta de la seda-. Castigado insensiblemente por el viento, se alza rígido y grotesco, como un cadáver empecinado que se niega a morir.
Al amanecer, sólo tengo ante mí, el desierto vacío y su misterio escalofriante atesorado entre dunas. Pero más allá, el sol juega tretas de espejismo y creo vislumbrar una lejana columna marchando…
Al sureste, Bam, una anciana ciudadela, la mayor edificación realizada con barro moldeado del planeta, construida con anterioridad al año 500 a.C., deslumbra por su grandeza y mística.