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Mujeres valerosamente predestinadas...

Si nos atenemos al título tratando de dilucidar el rol de la mujer en la sociedad, no nos alcanzaría la edición de este diario para comenzar el análisis sobre la enorme importancia de la misma. Pero tomando una definición del diccionario español que nos dice: "mujer de su casa, la que tiene gobierno y disposición para mudar y/o ejecutar los quehaceres domésticos y cuida de la hacienda y familia con exactitud y diligencia", nos acercará más al objetivo perseguido en la nota, cuyo comentario versará sobre aquellas mujeres que conformaron familias de inmigrantes, pobladoras primarias de estas feraces tierras pampeanas, siendo en muchísimos casos nuestros antepasados femeninos.  

Suele oírse aún hoy día expresiones, comentarios y opiniones calificando a aquellas generaciones femeniles de sometimiento por parte de sus parejas, de sumisión y trabajo en aquellas soledades, donde sólo de cuando en cuando recibían esporádicas visitas de los escasos pobladores establecidos. Pero aquellas heroicas compañeras, la mayoría (o todas) habían atravesado los mares para llegar a América junto a su hombre, a sus familias, viniendo quizás predestinadas desde alguna ignota galaxia del universo, a ofrendar sus fecundos vientres en pos de una heroica epopeya de colonización americana, amamantando a una generación de laboriosos y enérgicos campesinos, que transformaron este yermo natural, en fértiles campos de cultivo, alcanzando niveles de producción insospechados, al extremo que nuestra patria se transformó en gran productora de alimentos.

Y ellas, madres, esposas, hermanas fueron las forjadoras, educadoras, protectoras de aquellos infantes que crecieron y fraguaron sus vidas al amparo y contacto con la naturaleza, imponiendo su coraje e ímpetu bravío a las exigentes condiciones que demandaba la agreste e indómita llanura, aún virgen e improductiva.

Sin ninguna duda que al tomar contacto con la tierra que cobijaría de allí en mas sus sueños y su existencia toda, acomodaron sus pocas pertenencias y comenzaron a trabajar en pos de un gran ideal (¡su gran ideal!) La familia. No tuvieron ni tiempo, ni espacios, ni medidas a elegir. Las exigencias cotidianas de su disposición de esposas y madres le reclamaba orden, disciplina, continuidad y trabajo. Y ellas, sin ser quizás conscientes de esa enorme tarea ultraestelar, entregaron cuerpo y alma al servicio del supremo universo que camina a la par del humano mortal, cuando este cumple con la misión cósmica que las potencias encomiendan a porciones de humanidades determinadas.

Quizás la felicidad no siempre acompañó aquellas solitarias horas, pero sí podemos imaginar con benigna idea que la serenidad, el placer de vivir en paz y en familia, el cotidiano trabajo doméstico, sin el cual nadie cumple con el "ganarás el pan con el sudor de tu frente" (única escalera por la cual el hombre se purifica y asciende en la escala evolutiva), fueron el sublime aliciente que llenó sus corazones de placer y serenidad.

Y luego, fueron quedando en el camino. Sus cuerpos cansados se inclinaron

definitivamente hacia la madre Tierra que tanto habían laborado; no así sus espíritus libres, emprendieron el vuelo hacia ese infinito, del cual partieron un día con una consigna divina a cumplir... ¡Y vaya si la cumplieron!

Después vinieron otros días./ Los brazos se le hicieron cuna/ para arrullar ese otro trigo/ con que la sangre se pronuncia.

Su canto alegre de muchacha gringa/ se le cayó por la cintura./ Ahora, un transatlántico invisible/ la lleva a navegar entre las brumas./ En primavera, aquí, las golondrinas/ cantan sobre su tumba. Del poema "Muchacha gringa" de Mario Vecchioli.

Autor: Antonio Fassi

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