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Natalina o la historia de un matriarcado

El sábado 5 de octubre se estrenó la obra “Natalina” de Patricia Suárez interpretada por el elenco del Centro Ciudad de Rafaela; Virginia Tessio, Stella Zagrodnik y Arturo Gentilini encarnaron los personajes de esta pieza que dirige Lito Senkman. Tras un intenso trabajo los tres interpretaron con expresividad y precisión a Natalina (la madre), Angélica (la nuera) y Fiore (el hijo) que viven en una casa de campo de la Pampa Gringa. La convivencia en ese espacio casi aislado genera vínculos intensos y casi enfermos. El pequeño poder que significa el manejo de la casa y el campo cobra en este caso un lugar preponderante. Someter al otro, evitar que se supere, anular el crecimiento personal parecen ser objetivos constantes. El maltrato como lenguaje cotidiano, sin privilegiados, todos contra todos y sin límites si es necesario.

La propuesta de Senkman enfrenta a los actores con el texto, todo lo demás es accesorio. “Natalina” fue una obra premiada que le valió a Suárez nada más ni nada menos que el reconocimiento de Argentores, uno de los más prestigiosos que se otorgan en nuestro país y del que participan cerca de doscientos dramaturgos aspirando al codiciado galardón. 


INTIMIDAD NECESARIA

El reducido espacio de la sala Luis Remonda autorizó el lugar para encerrar entre los ajustados interiores de una cocina sitiada por utensilios que acompañan al quehacer doméstico y cotidiano, una ritualidad encajada en una puesta que supo aprovechar y maximizar los pequeños detalles. Un par de calabazas cortadas al medio junto a la disposición de las naranjas que entran y salen de un cesto de mimbre, otorgan un tono anaranjado que acompaña algunos trapos que hacen de repasadores, ollas, cuchillos, platos y vasos, destinados a formar parte de una mesada que durante la totalidad de la escena, esconde los secretos más íntimos y las palabras más groseras que tres personajes ensimismados y por momentos egoístas no mezquinan en dejar de pronunciar. 

Natalina, madre de Fiore, posición que a su vez la ubica como nuera de Angélica y abuela de nietos evocados que nunca aparecen, es la presencia que a lo largo del relato desestabiliza y desarmoniza un espacio que con el correr del tiempo se vuelve cada vez más lúgubre. Su insensibilidad y maltrato constante construye de una vieja casa de campo el escenario ideal para que ninguno de los personajes que la habitan puedan hacer otra cosa con sus vidas que repetirse incansablemente. Cada uno detenido en sus mismas imposibilidades, demuestra la intimidad acotada que los contiene, Fiore entre su madre y su esposa, no puede aunque deseos no le faltan, progresar o imaginar un futuro distinto, acorralado por las directivas de Natalina queda atrapado en su propia vida y, sometido sin desearlo ni quererlo a los andares de un círculo que los años se empecinan en viciar. Angélica, acostumbrada a las labores cotidianas de la casa que vienen con el aditivo de una suegra severa, quien la desestima permanentemente, intenta “leer” en un ambiente hostil donde nadie puede entender o siquiera preguntarse para qué sirven los libros. 


CIERTA TENDENCIA

Las relaciones se sitúan en un contexto donde los personajes mantienen condicionantes del naturalismo francés, corriente literaria surgida a partir del realismo, cuya referencia instala al individuo fuertemente determinado por la herencia genética y el medio social en el que nace y vive, a tal punto que le resulta imposible superar esa situación de origen. Patricia Suárez parece tomar algunos elementos de esta corriente literaria donde los sujetos de clases sociales desfavorecidas ineludiblemente transitarán una existencia signada por la pobreza, la marginación y la violencia. Sólo que aquí a diferencia de contextualizar un realismo poblado de urbanismo, hacinamiento y desprotección fabril, se localiza en la vida de campo que viene a enmarcar un espacio de desolación, donde las asperezas entre los personajes son insondables e inevitables. El destino en las obras de Suárez condiciona y retroalimenta una vida teñida de instantáneas ineludibles, donde los días caen como sórdidas consecuencias de causas que alguna vez sucedieron y que no tienen ni encuentran manera de evitarse. 

La condición cíclica de la tragedia cotidiana pareciera estar enmascarada en una sociología de la cotidianeidad que la acompaña persistentemente y sin salida. Las oscuras vidas de los personajes ponen en cuestión varias temáticas donde el abuso de poder, el machismo como mandato social, la imposibilidad de progresar, la desestimación por la lectura, la brutalidad y el exceso inauguran modos que circulan una y otra vez a lo largo de la puesta. La herencia, la imposibilidad de volver a Italia, las añoranzas y las nuevas frustraciones serán algunos de los temas que guarda entre sus plumas la Aryentina, famosa gallina de tres patas idolatrada por Fiore en su reivindicación hacia su finado padre. Aryentina viene siendo mucho más que una gallina diferente, hasta que al final de la puesta una revelación vuelve a indicarle a Fiore que su carácter especial se diluye del mismo modo que la metáfora que refiere al país, un territorio que lejos de la América soñada aparece como un puñado de disgustos y trabajo incansable junto a la idea de un progreso que nunca llega.

El matriarcado de Natalina distribuye las relaciones de poder y garantiza una jerarquía de vínculos donde el dominio y el sometimiento simulan dos caras de una misma moneda, cuyo final comienza a visibilizarse. Lito Senkman vuelve a lograr como en los casos anteriores, hasta ahora con “El escorpión” y “La dificultad”, una excelente dirección de actores, donde los gestos meticulosos, el realismo de los objetos que acompañan la escena y la reducción convertida en síntesis de las convenciones situadas en la década del 50, describen con precisión las repetidas consecuencias de un destino ya escrito y sin salida.

Autor: Ana Paula Rosillo

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