Giovanni Batista es panadero. Lo fue en Italia y lo es ahora en la Colonia Rafaela. Llegó a principios de 1890 a este poblado de pocas casas alineadas alrededor de un espacio vacío y descuidado que llaman plaza y en menos de un año más que construir improvisó una panadería. Sus propias manos, un horno de barro y la leña de los montes de espinillos son sus herramientas. Harina, sal y agua del pozo las materias que, mezcladas, moldeadas y horneadas, reparte puntualmente cada mañana a unos pocos clientes. Giovanni Batista tiene una esposa, Rosina, y tres hijos; Bartolin, Marietina y Gioanin. Y fue este último quién se dio cuenta de la proximidad de la Navidad porque es el más adelantado en hablar y leer algo en lengua española. En la hoja de un diario llamado “El Colono del Oeste” descubrió la nota que trabajosamente leyó y rápidamente comentó con sus hermanos. Lo escucharon y la discusión entre ellos comenzó; Bartolin y Marietina negaron la posibilidad de tal acontecimiento dado el calor reinante en “La Rafaela” con una temperatura que en las últimas semanas venía incrementándose cada vez más. Le hicieron recordar a Gioanin que las navidades por ellos conocidas fueron siempre tremendamente frías y especialmente la última con la nieve llegándoles a la cintura. Consultaron con mamá Rosina quien pareció intentar evadir la respuesta diciendo no sé, creo que sí, y repitiendo dos veces eso de tenemos muy poco dinero para despacharlos, al fin, con un “es mejor que pregunten a su padre”.
Giovanni Batista llegó a media tarde preocupado porque sólo le quedaba bolsa y media de harina y el carrero que las traía desde el pueblo de Pilar estaba enfermo. De inmediato fue abordado por sus hijos y su respuesta fue que sí, que en dos días sería Navidad, que claro que hacía calor porque estaban en América del Sur y que era difícil que el Niño Dios pudiese traer algún juguete por aquí pero que él haría para ese día “panettone” y unas ricas golosinas azucaradas. La conclusión a la que arribaron los pequeños fue que el “Bambin Gesu” repartía sus regalos solamente donde reinaban el frío y la nieve y, por lo tanto, debían convencerlo de alguna manera para que incluyera a “la Rafaela” en su gira de la nochebuena por venir.
Muy temprano, en la madrugada del día de Navidad, Giovanni Batista prendió la lámpara de la cuadra para empezar su labor ya que los varios encargos de “panettone” navideño aconsejaban comenzar cuanto antes. Cuando la luz se hizo brillante y se dio vuelta sintió como si le faltase la tierra bajo sus pies. Se aferró a la mesa para no caer al contemplar, atónito, el más fantástico espectáculo que jamás se le hubiese ocurrido que llegaría a ver. Todo era blanco; mesas, bancos, sillas, pisos y paredes, las ollas, el horno y hasta el lomo del perro que dormitaba ajeno a todo. Lo único negro, destacándose sobre el blanco, eran tres pares de botitas cuidadosamente alineadas. En una madera escrita con carbón en mal castellano decía “Bambin Gesu perdón, no conseguimos frío” y a un costado yacían, acusadoras, dos bolsas vacías de harina.
Por eso fue que al salir el sol no humeaba el horno de Giovanni Batista. Debido a esa “nevada” ni en la Colonia Rafaela ni en las chacras vecinas hubo “panettone” fresco en las mesas y tres niños no tuvieron sus golosinas azucaradas esa Navidad.
EL SOTANO DE LA NONA CATI
Yo soy María y me gusta mucho escribir. Les cuento que mi prima se llama Ana y en este año de 1932 las dos tenemos ocho años. Yo vivo aquí, con mis padres, en la vieja casona de la abuela Caterina (Nona Cati para nosotros) mientras que Ana vive en el barrio Recreo, cerca de la Placita Honda. Mi casa es enorme y está a pocas cuadras de la plaza 25 de Mayo, en una ancha calle adoquinada, poco transitada y sombreada por plátanos que le dan al barrio ese aspecto de paz y tranquilidad que realmente tiene. Por eso, durante las vacaciones, jugamos en la vereda casi todo el día menos a la hora de la siesta, que es una obligación que nos imponen los padres pero que jamás cumplimos. En realidad es el momento en el que esperamos que los mayores se duerman para iniciar nuestras más fantásticas aventuras y esas maravillosas exploraciones en un mundo que, durante esas horas, es absolutamente nuestro. Y todas las historias que imaginamos terminan siempre en el fresco sótano que la abuela llama “La cròta”, no sé porque. Allí, a la difusa claridad que entra por las ventilas enrejadas que dan a la vereda, inventamos las más estrambóticas historias, la mayoría de fantasmas, hasta que, sugestionadas por el ambiente, terminamos corriendo a nuestro cuarto para refugiarnos bajo las sábanas protectoras. Nunca se nos prohibió el acceso a “La cròta”. Hoy sí. Mamá nos dijo que por unos días, quizás hasta después de la Navidad, no debíamos entrar al sótano so pena de un castigo ejemplar. Dio como razón que debían prepararlo especialmente porque en esta Nochebuena el Niño Jesús les había pedido descansar allí por un momento en su recorrido por el mundo para reponer fuerzas y recargar sus bolsas de juguetes. Y por supuesto, no debíamos intentar verlo pues nos dejaría sin juguete alguno si lo hacíamos. Una orden de ese tipo sólo logró aumentar nuestra curiosidad y avivar nuestro espíritu de aventura. Es por eso que en horas de la siesta previas a la nochebuena estábamos abriendo sigilosamente la puerta de “La cròta” y descendiendo los anchos escalones de madera sin hacer ruido. Y era cierto; vimos allí, en la penumbra, lo que nos pareció una gran cantidad de juguetes nuevos como ser un sulky-ciclo y una muñeca Marilú además de algunas otras cosas primorosamente envueltas en papeles multicolores esperando a que el Niño Dios pase a retirarlas para seguir repartiéndolas por esta parte del mundo. Un ruido extraño en algún lugar de la casa provocó nuestra inmediata huida sin poder interiorizarnos de más detalles de lo que allí había. Ya en la habitación juramos no decir nada de nuestra visita al sótano ni de los juguetes que allí vimos y, además, desistimos de espiar al Niño cuando pasara a buscarlos por la noche. No sea que se entere, dijimos, y nos deje sin siquiera uno.
Pero al parecer sí que se enteró de nuestra aventura… porque esta mañana de Navidad, al pie de las camas, encontramos el sulky-ciclo y la muñeca Marilú. El Niño Dios castigó nuestra falta entregándonos solamente aquellos juguetes que habíamos visto a escondidas. Bueno, no eran lo que habíamos pedido pero al menos algo nos dejó… señal de que un poquito nos perdonó. Pero quizás cuantos y que maravillosos juguetes nos hubiese dejado de no haber desobedecido a mamá.
TIEMPOS MODERNOS
Hace unos poco días compartían un “pijama-party” tres niñas primas entre sí. El tema de real importancia para ellas y que se trataba en esa reunión secreta, privada y cuchicheada, era la Navidad y la carta a Papá Noel. Valentina, la mayor con nueve años cumplidos, decía que hoy, una carta escrita a mano, a las apuradas, con errores de ortografía y puesta en un sobre sin estampilla, era posible que se pierda y no llegase a tiempo al lejano Círculo Polar Ártico donde, en algún lugar, vive Papá Noel. Emilia de seis años comentó que ayudada por mamá le había enviado un saludo por “whatsapp” con el “smartphone” de papá y había recibido en la “tablet” un mensaje del propio Papá Noel llamándola por su nombre. Y más aún, luego por celular la llamó para agradecer su mensaje. Fue entonces que la más chiquita de las niñas, Luisina de tres añitos, señaló la computadora y les dijo que allí, adentro mismo de “la compu”, estaba Papá Noel. A las dos mayores se les hizo la luz; el pedido debe hacerse por “Internet”, se dijeron, mediante un “e-mail” o quizás por “facebook” Pero… y la dirección electrónica ¿cuál sería?. Pidieron permiso para usar la “notebook” y comenzaron una investigación; Valentina en teclados y mouse, a su lado Emilia emitiendo un villancico tras otro con su “tablet” para ambientar la búsqueda y Luisina, en principio, queriendo mirar los dibujitos de “Peppa Pig” y después nombrando en voz alta todos los cientos de juguetes que iba pedir, se sumieron en una navegación electrónica que las mantuvo despiertas casi hasta la medianoche cuando, cansadas, se dispusieron ir a dormir sin haber encontrado la anhelada dirección. Ya en sus camas fue otra vez Luisina quien, casi a punto de rendirse al sueño, les dijo aquello de pedir juguetes al Niño Dios. Valentina le contestó que tampoco tenían su dirección digital pero Emilia le aseguró que no hacía falta; si ella hablaba directamente con Jesusito, que así se llama el Niño Dios, pidiéndole que la protegiese tanto de noche como de día y lo hacía sin teléfono de por medio. Y les contó que su mamá y su papá le habían dicho que, cuando eran chicos, fue siempre el Niño Dios quien les trajo juguetes en las Navidades. Valentina dijo que como quedaba poco tiempo ya mismo debían hablar entonces con el Niño Jesús sobre lo que querían recibir. Y a poco las tres, arrodilladas al pie de sus camas, hicieron el pedido con la promesa adjunta de portarse más que bien si se cumplían sus deseos. Por la mañana las niñas contaron a sus padres sobre que juguetes habían pedido “a la antigua”, sin cartitas, sin teléfono ni “e-mail”, simplemente hablando con el Niño Dios.
Esa nochebuena en las casas de cada una de ellas el Niño Dios cumplió al pie de la letra con sus pedidos sin equivocarse, tal como lo había hecho tantas veces con sus papás y sus mamás. Valentina y Emilia comentaron cuanto más fácil fue el trámite y Luisina, abrazada a su nuevo muñeco Stuart de los Minions preguntó, mirando al cielo; Papá Noel, vos ¿también nos vas a escuchar sin teléfono?...