Por Analía Culasso. - Todos los días el hombre se levanta a las seis. Su cabeza lo llama. La conciencia de las obligaciones hacen lo suyo. No usa despertador, quedó vintage, y no va con su estilo. Tampoco celular, probó todos los sonidos posibles y termina odiando cualquier estilo musical que suene a esa hora. Mientras se baña, piensa que esa rutina pegajosa lo va a matar. ¿Y si mañana explota el mundo? Se compara con una hormiga, tanto esfuerzo, tanto trabajo para llevar la hoja y de pronto ¡plaf!, el tipo sale a regar el jardín.
Prepara el desayuno para tres. Lleva a los chicos al colegio. La calle se endureció hace mucho.
Y de allí se encamina a su pequeña empresa.
Siempre imaginó otra vida, donde trabajo y vocación anduvieran de la mano, y cada momento se disfrutara. En cambio, lo inundaba con frecuencia el sabor amargo de sentir que la vida se le estaba escapando. Porque al fin y al cabo vivir era lo único que importaba.
Por eso amaba los domingos. Sólo ahí se sentía como si fuera él. Tomar unos mates con la gordi, ver a los chicos correr por el patio... El de tanto sacrificio. Adornos, más piedritas, más césped cortado, lo inundaban de vitalidad.
Pero ese domingo no lo pudo disfrutar. Había que pintar el portón. Roxana ya había comprado todo y a él le tocaba agarrar la lija y el rodillo.
Empezaron a la siesta y terminaron tipo ocho. El domingo se fue, pero quedó el cansancio junto al dolor de cuello. La única satisfacción era ver que su casa, su mundo, su pequeño paraíso, iba mejorando. Y que él era responsable de eso.
A las pocas horas la rutina del lunes comenzó otra vez. Cuando entraba y salía del garaje un pequeño orgullo lo invadía. Era padre de familia, cuidador, empresario, y también pintor malhumorado...
Claro que la vida se le filtraba, a hurtadillas, por los rincones. Eran tantas las obligaciones. Pero especialmente lo notó aquella mañana, al ver cómo alguien dañó su obra. El portón apareció pintado, mejor dicho arruinado, con letras y figuras que él, tan entendedor, no comprendía.
Para colmo su naturaleza analítica le jugaba también en contra, y se preguntaba por qué alguien tendría deseos de estropear su trabajo, su dedicación, su domingo renunciado.
Lo tomó como algo personal, cuando en realidad podría haber sido de otro modo.
Se le vino a la mente toda la sociología junta, la marginalidad, la exclusión, la maldad, el resentimiento de los otros. Nunca lo vio como arte urbano de seres que transitan la noche y buscan sólo diversión. No. Era mucho más que eso. Había todo un trasfondo.
Pero ninguna explicación le alcanzaba, y la tristeza se le amontonó ante la sola idea de pensar que otra tarde de domingo no iba a disfrutar de su paraíso. Desamparo. Eso sintió también. Ninguna autoridad, ningún estado, lo cuidaría a él. Ni tampoco a su sacrificio, grande y pequeño a la vez.
"Después de todo era sólo un portón -dijo Roxana al ver la bronca de su marido- los chicos están bien, no nos robaron, se pinta de nuevo y chau". Pero el sabía que era mucho más, era todo un símbolo, igual que los que estaban ahí, negro sobre el gris acerado.