Luciana me dijo: No sé porqué cuando llueve así los recuerdos se me ofrecen con más nitidez. ¿Será que la lluvia lava la bruma que produce el olvido en la memoria? Yo no supe qué contestarle. Entonces siguió hablándome bajito como en un rezo. Y me contó la historia de Negrucho.
Con mi marido nos sentimos conmovidos por un mail que informaba de dos perritos que daban en adopción en condiciones de extremo sufrimiento, sus nombres eran Blakie y Pompón, los dos estaban ciegos. No tuvimos que hablar mucho para decidirnos a adoptar uno y nos fuimos en moto a buscarlo. Cuando llegamos nos informaron que a Pompón ya lo habían adoptado. Era un osito de peluche, un verdadero Pompón, y quedaba el negrito Blakie. Ni nos miramos con mi esposo para decir: lo llevamos. Volvimos a casa los tres en la moto, yo llevaba ese montón de pelos sucios que rodeaba un lastimoso trozo de carne con huesos que latía en mis brazos. Luciana detiene su relato para mirar la foto, pienso que lo que la interrumpe es un llanto que no quiere dejar asomar. Me mira, intenta una sonrisa forzada y me dice: Lo llamamos Negrucho. Porque no era negro del todo, gris tampoco, ni marrón. Para combatir su añeja y casi crónica sarna lo tuvimos que bañar todos los días durante dos semanas enteras con un champú indicado por el médico veterinario que lo atendió. Y dos semanas más día por medio. Los baños, la comida, y el amor con que lo tratamos convirtieron a Negrucho, en un bonito mestizo de pelo azabache brillante, gordito y simpático que cada vez que hacíamos comida al horno asomaba su cabezota como preguntando ¿qué hay de rico hoy? Y sin visión en sus ojitos neblinosos apuntaba derechito a la boca del horno. Nació nuestra hija y solíamos decir entonces con mi marido que en casa éramos cinco, nosotros dos, la nena, la perrita (Luciana no me dijo su nombre, claro, aquí el protagonista es Negrucho), y el muñecote glotón nuestro querido Negrucho. Cuatro años nos acompañó. En julio de 2008 lo habíamos ido a buscar.
Aquí Luciana detuvo el relato. Respiró hondo, y siguió: El pasado mes de diciembre marcó una fecha definitoria en la vida de Negrucho. Sus patitas traseras hacía unos meses habían perdido fuerza y se arrastraba para llegar a la comida y al agua. Lo llevábamos afuera para que tomara solcito, y escuchara los pájaros, y sintiera la frescura verde de las plantas. Y él lo agradecía, (esto lo dice Luciana totalmente convencida de que es así), porque nunca hizo pis ni caca en su colchoncito, esperaba que lo sacáramos al patio. Negrucho nunca fue juguetón, no tuvo tiempo de que creciera en su corazoncito de perro bueno la felicidad total. Pero su silenciosa y mansa compañía nos dejó un hueco grande y lo extrañamos mucho. Porque así, en silencio, una suave tarde de diciembre pasado, Negrucho se fue al cielo. Pienso que al trotecito como a él le hubiera gustado, y con los dos ojos bien abiertos y brillantes como dos estrellas para no perderse nada del paraíso donde ahora sí iba a empezar a jugar como Dios manda a los animalitos buenos.
Al terminar su relato Luciana quiso pedirme disculpas por su llanto, pero no hizo falta, yo también lloraba. Aunque estábamos extrañamente felices, Luciana porque había desahogado su duelo, y yo porque estaba agradecida de esta especie de confesión personal de una mujer, quien acompañada por sus amores, supo sostener con paciencia y con mucho cariño una adopción, que dolorosamente en muchos casos, se resuelve con otro abandono. Cuando volví a mi casa, recordé el breve escrito que encontré una vez, guardado entre las hojas de un libro que había retirado de una biblioteca pública y que decía: “haz todo el bien que puedas, por todos los medios que puedas, de todas las formas que puedas, en todos los lugares que puedas, todas las veces que puedas, a todos los seres que puedas, tanto y como puedas”. Gracias Luciana.
"Negrucho se fue a jugar" es un relato de la vida real, quien me lo contó se llama verdaderamente Luciana, y su historia nos redime a los humanos de tantas caídas en el menosprecio por los animales no racionales. Hay gente buena y de firme decisión por salvar y recuperar un animalito descuidado, y merecen nuestro respeto, nuestra adhesión, y nuestra comprensión, la que tenemos que manifestar sin timidez ni sonrojo. Por gracia de Dios, somos cada vez más quienes así lo hacemos.