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Otra vez a madrugar

Por Sebastián A. Ríos. - La cuenta regresiva está por llegar a su fin -el inicio de clases es inminente-, y hay una escena que en estos primeros días de marzo se multiplica en miles de hogares. Padres e hijos enfrentados por la necesidad de que los relajados horarios de las vacaciones cedan ante la estricta rutina escolar. Es que durante los próximos 9 meses, llueva, haga frío (o mucho frío), haya luz o todavía sea noche cerrada, habrá que madrugar. En la casa de Mariano Juárez Goñi, a partir del próximo miércoles, el despertador comenzará a gritar a las 6:15.

"En estos días cambia la rutina de toda la familia -admite Mariano, abogado de 41 años y padre de dos niñas y un varón-. Cuando empieza el colegio todos empezamos a cenar más temprano y tratamos de que los chicos se vayan cada uno a su cama a las 21:30, que se queden leyendo o haciendo algo, pero que apaguen la luz lo más temprano posible, porque sabemos que si se acuestan un poco tarde, a la mañana siguiente es complicado levantarlos. Y más todavía a medida que el año transcurre, y los chicos que empiezan el año con energía se van cansando y les cuesta cada vez más madrugar."

Pero ¿por qué es importante que los chicos se levanten tan temprano? ¿Rinden mejor en la escuela, aprovechan mejor el día, o es sólo costumbre o, incluso, una necesidad de los padres? En épocas en las que la flexibilización de los horarios laborales permite que muchas personas entren más tarde al trabajo (o incluso no tengan horarios fijos), algunas escuelas privadas se suman a esa tendencia y cambian los tradicionales horarios de entrada de las 7:45 o las 8, por las 8:30 o las 9.

La necesidad del (hasta ahora) inevitable madrugón escolar comienza incluso a ser cuestionada desde algunos sectores de la salud; basta con mencionar que expertos en medicina del sueño en un reciente encuentro científico en Estados Unidos recomendaron que las escuelas secundarias atrasaran sus horarios de entrada para proteger a los adolescentes del cansancio crónico que suelen padecer.

"Un chico que descansa poco no rinde, es básico: si dormimos mal no rendimos al otro día", advierte la psicopedagoga Elvira Giménez de Abad, para quien el problema no es que los chicos entren al colegio a las 8, sino que el ritmo de vida de las familias no concuerde con la rutina necesaria para cumplir con ese horario. "Los chicos hoy se acuestan tarde, hay televisor y computadoras en los cuartos, e incluso los padres también se acuestan tarde, y el resultado es que a la mañana siguiente cuesta sacarlos de la cama, todos irritables y a las corridas."

Comprender las verdaderas necesidades de sueño de los chicos y los adolescentes (que no son las mismas) es el punto de partida para reflexionar sobre hasta qué punto es positivo o negativo el madrugar que implica el horario escolar habitual. "Tomando las actuales pautas de la Sociedad Argentina de Pediatría, podemos decir que un chico de 3 a 5 años debe dormir unas 12 horas; un chico de 6 a 12 años, entre 9 y 11 horas, y un adolescente, de 8 a 9 horas", explica la doctora Lucila Fernie, jefa de pediatría del Hospital Británico, que aclara que lo normal es un rango de horas, "ya que cada chico es único y que de acuerdo con su medio social, su personalidad y sus características individuales necesitará dormir más o menos horas a una misma edad".

Para un chico en edad escolar que debe levantarse a las 7 de la mañana, continúa, "para tener 10 a 12 horas de sueño, debería acostarse entre las 8 y las 9 de la noche. Pero lo que estamos viendo es por el hecho de que, en muchas familias, ambos padres trabajan todo el día o tienen horarios más flexibles, la rutina vespertina del hogar ha cambiado: les es muy difícil a los padres mantener el hábito del baño, la comida en familia y la rutina de sueño para esa hora. Indefectiblemente se atrasa. En esos casos, vemos que muchos padres optan por mandar a sus hijos al colegio a la tarde y aquellos que van a jornada doble tienden a sufrir cansancio crónico. Los colegios que están atrasando su horario de ingreso se están adaptando mejor a esta realidad y favorecen a los chicos a rendir mejor".

Los horarios de sueño de los adolescentes tienen sus bemoles, y más allá de la actual interferencia que pueden generar los celulares que no se apagan durante la noche o de la oferta de programas televisivos "familiares" que empiezan cada vez más tarde (a las 21, a las 22, a las 23), tratar de que se vayan a dormir temprano no sólo es una tarea casi imposible, sino que incluso va contra su naturaleza.

"El ciclo natural del sueño en la adolescencia hace que se acuesten 1:30 a 2 horas más tarde que los chicos de menor edad, por lo cual en nuestro país un adolescente saludable no se duerme, en general, antes de las 23. Para dormir ocho horas como mínimo, se tendría que levantar no antes de las 7. Si requiere nueve horas para sentirse bien, debería poder dormir hasta las ocho. En general, esto es inviable", dice la especialista, que señala que "en el Congreso de la Academia Americana de Pediatría, de Estados Unidos, en 2012, expertos en sueño recomendaron especialmente que fueran las escuelas secundarias las que atrasaran su horario de ingreso, ya que al entrar al colegio al mismo horario o incluso más temprano que las primarias se está favoreciendo el cansancio crónico de los adolescentes".


ROMPECABEZAS

Pero entre lo ideal y lo posible se interponen no sólo los hasta no hace mucho incuestionables horarios de entrada fijados no más allá de las 8, sino que están los cada vez más extensos tiempos de viaje; los horarios de trabajo flexibles algunos, otros no; las actividades extracurriculares, y una infinidad de factores que de una u otra forma condicionan el madrugar de chicos y adolescentes.

"Es un rompecabezas", dice Carola Tellas, docente de 42 años, al referirse al entrecruzamiento de los horarios y de las actividades de los distintos miembros de su familia, que dan inicio a las 6 de la mañana, cuando suena el despertador. "Mi marido se despierta a las 6 y mi hija, a las 6:30, y salen a las 7:15 de Olivos hacia la escuela, que está en Belgrano, y de ahí mi marido sigue su camino en auto hasta el trabajo, en el centro -relata-. Yo me levanto a las 7, despierto a mi hijo, a las 7:20, y salimos unos minutos antes de las 8 para llegar al colegio, que está a unas cuadras de casa, y de ahí sigo en auto al trabajo, en Palermo."

No hay tiempo para un desayuno familiar ni completo: los chicos desayunan cada uno por su lado, en distintos horarios, y los grandes, se llevan un café para tomar en el auto, en lo que dure el viaje, que cada día es más largo... A la salida del colegio están las actividades extracurriculares -hockey, guitarra, básquet-, por lo que la cena familiar es alrededor de las 21:30. Los chicos se van a la cama no antes de las 23 y los grandes, mucho después: "Hay que firmar los cuadernos, preparar la vianda y dejar listos los uniformes para el día siguiente, si no a la mañana es imposible".

"Preguntarnos acerca de la hora de ingreso al colegio es pensar en temas muy profundos, es integrar la familia, escuela y sociedad -reflexiona la licenciada Eva Rotenberg, psicóloga especialista en familia y autora de Familia y escuela, -límites, borde y desbordes-. Los niños de hoy se duermen más tarde para poder ver a sus padres y en las familias, por suerte, se prioriza el contacto emocional. Pero, al mismo tiempo, cuando padre y madre llegan del trabajo, el encuentro con sus hijos se convierte en sobreexigencia, una demanda contra reloj: hacer la tarea, bañarlos y cenar para dormir temprano y poder levantarse para llegar puntual al colegio."

Así, prosigue, "por la mañana comienzan los gritos, enojos con los hijos y entre los padres. Y se comienza a caratular al «holgazán», al «irresponsable» o «al buen hijo», que es el que intenta evitar el nerviosismo de sus padres".

Para la especialista, "la interrogación sobre del horario escolar nos conduce a la pregunta acerca de la transmisión de la calidad de vida, sin menospreciar la importancia de la formación curricular, que también debe ponerse en el tapete: en España algunas escuelas comienzan a las 9 y, sin embargo, estudian tres idiomas y tienen tiempo para deportes y ciencia".


PREGUNTAS AL

DESPERTAR

En la casa de Pablo Lowenstein, arquitecto de 38 años, el despertador suena a las 6:40; podría ser más temprano, pero la distancia que lo separa del colegio es mínima. "Levanto a cada uno de los tres chicos por separado, los ayudo a vestir y les preparo el desayuno. Van como zombis hasta el televisor y así están hipnotizados durante todo el desayuno: recién en el auto, cuando estás llegando al colegio, empiezan a despertarse..."

Pablo reconoce que, en invierno, despertar a sus hijos es incluso más difícil, pero aún así está convencido de que madrugar es una buena elección. "Cuando los estoy levantando, lo sufro: «Pobres -me digo- no hay derecho que a los 6 años los esté levantando a las 7 de la mañana». Pero creo que más adelante van a entender que al levantarse temprano aprovechan más el día. El trabajo es así. Por otro lado, me permite la posibilidad de tener ese tiempo con ellos, como cuando mi viejo me llevaba al colegio. No creo que levantarse media hora más tarde sea un cambio significativo."

Mariano Juárez Goñi, por su parte, piensa que estaría bueno que la flexibilización que se observa en el plano laboral llegue a las escuelas, aunque duda de si es el horario de entrada lo que hay que cambiar. "Me parece que estaría bueno que los chicos salgan del colegio un poco más temprano; de hecho, en el colegio al que van mis hijos, que es doble jornada, pusieron un horario de salida más temprano -dice-. Sino los chicos salen del colegio y entre que hacen la tarea, meriendan y se bañan, tienen muy poco tiempo libre."

"Para mí, el problema no es arrancar temprano, sino todo lo extra que hay durante el resto del día -opina Carola Tellas-. La realidad es que la escuela doble jornada y sus horarios tienen que ver más que nada con la necesidad laboral de los padres, no una necesidad académica. Son muchas las horas que los chicos pasan en la escuela, pero después cuando analizamos el tema de las actividades extracurriculares, los chicos tampoco quieren perdérselas..."

"Estamos entrando en una flexibilización de los horarios que responde al tipo de vida que llevamos, pero todavía falta mucho -opina Giménez de Abad-. Creo que hoy es fundamental que los docentes puedan visualizar al chico que está cansado y sugerirles a los padres que se organicen, que busquen cierto orden que ayude a los chicos."

Pero si sólo cambia el horario de entrada, y las distancias y las rutinas y la vida en general siguen siendo tan avasalladoras, ¿cambia algo? Sólo levantarse más tarde, reflexiona Mariano, "¿no hará que los chicos se acuesten más tarde?".


Fuente: diario La Nación, 1/3/2014.

Autor: REDACCION

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