Muchas flores típicas son difíciles de encontrar hoy en día, a no ser que se las halle, a veces descoloridas y marchitas, entre las páginas de un viejo libro. De aquellos viejos patios en los que se lucía una colonial magnolia de nuestros abuelos, aquellos patios alegres, asoleados, de paredes pintadas a la cal, sobre las cuales se destacaban el Jazmín del país, el jazmín del Paraguay, extendidas glicinas adornando los viejos tapiales y esperando el agua generosa y refrescante del aljibe centenario, sólo van quedando recuerdos.
De los patios han desparecido los parrales y las más conocidas flores: campanillas, junquillos blancos y amarillos, claveles y clavelinas, violetas, alelí de perfume blando y dulce, jacintos, nardos, diamela, taco de reina y pensamientos.
Muchas flores típicas son difíciles de encontrar hoy en día a no ser que se las halle, a veces descoloridas y marchitas entre las páginas de un viejo libro.
En tiestos y macetas, en lata o en otros recipientes, aun en las casas más pobres , una cacerola agujereada , el balde de lata viejo, todo se utilizaba, y cuando un tiesto ya no servía para su primitivo destino, decían “para poner una planta está bueno”.
Flores que llevaron un mensaje de amor terminaron entre las páginas de un libro, recuerdo permanente y eterno de un amor, de un encuentro, de un poeta que en la flor dejó presente un sentimiento, un mensaje cifrado a través de una rosa o de una violeta durmiendo entre las páginas de un libro.
Y el tiempo seguirá pasando día tras día, dejando atrás recuerdos, sentimientos, emociones, dolores y penas, ternura, afecto y amor. Y las flores se irán secando, feas y arrugadas entre las páginas de un libro que las tuvo cuando estaban frescas y lozanas, en un tiempo que ya pasó.