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Piropos endulzan o edulcoran

La chica adolescente le dijo al novio que se fijara en “esa señora joven de azul que está entrando en la casa” y le pidió que esperara cerca para que, cuando ella saliera, la siguiera por un trecho no muy largo piropeándola. Le aclaró enfáticamente que debían ser elogios respetuosos. El chico cumplió con el pedido y más tarde, le envió un mensaje por teléfono a su novia, preguntándole además el motivo de ese raro pedido. Es fácil de entender, contestó la chica, es mi profesora de química y tiene que estar con buen ánimo porque mañana me va a tomar examen.

¿Piensan ustedes, lectores, que este procedimiento hacia la profesora no fue “limpio”?

Para hacer mejor la pregunta, y a fondo ¿cuál creen ustedes que es el objetivo del piropo? ¿Elogiar porque sí o con el objeto de tomar una ventaja?

Antes de responder piensen –si son varones- en las veces que piropearon. En el caso de ser mujeres, qué sintieron al recibir el halago. Ahora sí, ambos ya tienen interiormente la respuesta o al menos una punta de iceberg de la difícil cuestión de la naturaleza del piropo y de su dosis de “verdad”.

Para empezar, la comparación con la montaña de hielo no es acertada; siempre el piropo nació de un sentimiento muy cálido, destinado a derretir el Sector Antártico, o al menos una parte de él.

“¡Qué hermosa blusa azul tenés!”, dice el hombre, y ella siente como si un árbol le estuviera vaciando su contenido de clorofila y llenando de verde su sentir, percibe el elogio desde lo más hondo porque comprende que para ver el color de su blusa primero ha debido mirarla bien.

¿Cómo reciben las mujeres los piropos que apuntan a su anatomía? Hay tantas respuestas como situaciones, desde la clásica de pasar por una obra en construcción donde el voltaje supera ampliamente los 220, hasta la del novio o esposo –en este caso siempre bien recibida y esperada- que confirma que ese día ella está “bien arreglada”.

La mujer está siempre preparada para recibir piropos (una de ellas dijo una vez “no debo estar bien arreglada porque hoy no me dijeron nada”). El hombre, obrero incansable del amor que vive sembrando, nunca los espera. Si su mujer lo elogia, él -como acto reflejo- tocará su bolsillo y hará un rápido cálculo para ver si tiene suficiente dinero para el pedido que seguramente vendrá, y si no llega y el elogio llegó como expresión pura de un sentimiento se sentirá como un villano por haber pensado tan mal de su pareja. En los dos casos abrirá la billetera por lo buena y dulce que es ella.

Hay piropeadores creativos y los que repiten el repertorio tan conocido: algunos piropos, a pesar de que no sean del agrado de la destinataria, igual logran que la mujer se lo guarde bajo la piel. Si se ha lanzado un elogio común, previsible y sin esperanza, a todo cuanto ser femenino presentable circule, igualmente logrará provocar una sonrisa, la que estará siempre debidamente disimulada por la destinataria.

Por supuesto, los piropos siempre tienen un objeto. Nunca son porque sí, o porque tenemos ganas.

¿Son siempre “justos”? Por supuesto, es una cuestión que decide cada uno pero, de cualquier modo, es una forma de comunicar un buen sentimiento hacia alguien apreciado, que es recibido en lo más profundo en un viaje sin escalas, y termina generando primero sonrisas y, finalmente un estado de ánimo que supera al que la mejor tarjeta de crédito pueda dar, y dejará en el aire esa inesperada sensación de bienestar y aire fresco que nunca viene mal.







Autor: Redacción

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