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Por los templos de Angkor, en el antiguo impero Jemer

NOTA VII

Enfilo hacia el cálido corazón del sureste asiático, Camboya. Tramito el ingreso y trato de ignorar a los cambistas de moneda, mientras vigilo a posibles amigos de lo ajeno. Proceso común, en muchos pasos fronterizos.

Battambang tiene una seductora mezcla de sosiego y arquitectura colonial francesa de principios del siglo XX, y tal vez es el mejor sitio en Asia para obtener un visado vietnamita.

La vieja estación de trenes, conserva un caudal de cobertizos de reparaciones, depósitos y material rodante. Y están los ingeniosos “trenes de bambú” o “norry” en idioma khemer, toda una leyenda de los viajes por Camboya. Se trata de un armazón ultraligero de bambú impulsado por un motor de gasolina de 6 HP, y el artilugio resultante recorría la alabeada vía férrea de época francesa cuando las carreteras eran casi inexistentes y peligrosísimas por las minas sembradas por los Jemeres Rojos y continuas inundaciones.

El lado oscuro del ser humano forma parte del país, donde un experimento social idealista, la dictadura de los Jemeres Rojos entre 1975 y 1979, desembocó en agitación y genocidio sumiendo a la nación en absoluta pobreza y aislamiento.

En la cima del Phnom Sampeau se divisa una agrupación de templos. A mitad de la subida, dos piezas de artillería aún apuntan al oeste. Una escalera lleva a un submundo perdido de estalactitas, enredaderas, murciélagos y a las cuevas de exterminio. Miles de personas fueron asesinadas a golpes por los Jemeres Rojos y arrojadas por el hueco que hay en lo alto.

Cerca de Siem Reap, se halla el extraordinario complejo de los templos de Angkor. En ningún otro lugar de la humanidad existe tal concentración de riqueza arquitectónica. Abarca el mayor edificio religioso del orbe -Angkor Wat-, innumerables templos y una vasta ciudad amurallada abandonada hace mucho que posiblemente fue la primera población del sureste asiático, mucho antes de que apareciera Bangkok y Singapur.

Los cientos de templos que hoy quedan no son más que el sacro esqueleto del magno centro social, religioso y político del antiguo imperio Jemer. En su apogeo, Angkor era una ciudad de un millón de habitantes; por aquel entonces Londres solo tenía 50.000.

Las casas, servicios públicos y palacios de Angkor eran de madera (desintegrada hace tiempo), pues solo los dioses tenían derecho a habitar en construcciones de ladrillo o piedra.

Suprema fusión de ambición creativa y devoción espiritual. Sus dimensiones son dignas de la Gran Muralla China; su detalle y complejidad, del Taj Mahal; y su simbolismo y simetría, de las Pirámides.

Hacia el noreste, las llanuras con plantaciones de arroz y palma de azúcar, dan paso a ondulados y exuberantes bosques. Por aquí corre el Mekong, largo río que nace en la cordillera del Himalaya fluyendo en dirección sur por 4.880 kilómetros, a través de seis países (China, Myanmar, Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam), hasta desaguar en el mar de la China Meridional.


RUMBO A LAOS

En Kratie, abordo un bote y la providencia me permite observar algunos delfines de Irawadi, rara especie en peligro de extinción que solo habita en aguas de tres ríos del sureste asiático.

Sigo el curso del Mekong, y me adentro en Laos. Aquí, el río discurre entre miles de bancos de arena con palmeras, creando un bello archipiélago de infinitos islotes.

Se suceden arrozales, somnolientos poblados ribereños y las ruinas jemeres de Wat Phu –sin ser comparables al formidable Angkor-.

La meseta de Bolaven, colmada de densas selvas y alabada por sus cascadas, se eleva 1.500 metros por encima del valle del Mekong. Su rústica serenidad atrapa.

Más adelante, entre junglas perdidas y formaciones rocosas de ensueño, topo con la cueva de Kong Lo, un túnel de 7,5 kilómetros en una inmensa montaña caliza.

A medida que se avanza río arriba con la barcaza, la gran boca de la cueva subterránea roba el aliento, y la luz se pierde en la distancia. Sombría y enorme, el haz de la linterna descubre una maraña de estalactitas y estalagmitas. La experiencia es única, impactante.

A pesar de esgrimir el visado obtenido en Battambang, los funcionarios vietnamitas me retienen en Cau Treo.

Llegar a Vietnam es una impresión fuerte. A la historia milenaria de Indochina hay que agregarle la que se grabó a sangre y fuego en el siglo XX. Primero fue la independencia de Francia y luego, la Guerra Americana, como la llaman aquí, que dejó tres millones de muertos y secuelas que aún perduran.

Sin embargo, este no es un país deprimido, todo lo contrario. La vida en Vietnam -como en otras regiones asiáticas- pasa en la calle. Basta pisar la misma para que afloren los bocinazos, con incontables motos, muchas cargando las cosas más inverosímiles y de la manera más extraña.

Y eso es todo lo que me puedo llevar de Vietnam, puesto que como mi máquina supera los 150 c.c., finalmente me niegan la circulación. Un verdadero sin sabor.



 

Autor: Adrián Volpato

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