Solía decir con acierto un viejo maestro que si para algo servía el 7 de junio era para ponerse al día de aciertos, recuerdos, chismes del rubro y desgracias. En esas semana, los periodistas se juntaban el día adecuado para decir las mismas cosas que todos los años, aunque a partir de 1978 fue frente al monumento a Mariano Moreno, donde el presidente del Círculo de la Prensa decía las palabras de ocasión; o sea, los ideales inoxidables de Mariano Moreno, la patria y los servicios probos que el sector aportaba a la sociedad.
Llegaba luego el turno de la autoridad que complementaba los dichos y terminaba con el recuerdo de los que habían partido con la no menos clásica -aunque siempre vigente- palma que se colocaba al pie del bronce, obra escultórica de don Antonio Terragni, un poco el inventor de estas cosas de la farándula y pionero de la tarea en la ciudad.
En alguna época fue don Antonio quien le propuso a este, por entonces, novel colega ir acumulando datos y anécdotas de la vida de la prensa en el pueblo. Por esos pecados de juventud del cual nadie está exento, uno se lo dejó guardado al primer o segundo intento y el tiempo se lo devoró en la maraña de papeles.
Sin embargo, la memoria guarda con especial cariño la primera referencia, contada por el mismo Antonio, que decía que el motivo por el cual nació el querido Círculo de la Prensa (del cual he sido presidente y secretario, se aclara) fue que el presbítero Emiliano Cerdán aprovechó su condición de fundador/editor del periódico “La Cruzada” para juntar a los colegas que andaban medio a los chispazos por culpa de los avatares de la política.
Y lo logró, aunque con esfuerzos, según dan cuenta algunos detalles como por ejemplo una mancha de aceite en los libros de actas originales de la entidad; según la misma fuente, por torpeza a la hora de pasar el vital elemento para la ensalada; según otras por el viaje de la aceitera por los aires con destino de cabeza enemiga. Dicen. No hay constancia.
Tampoco se puede soslayar como clásico de la ocasión la convocatoria del Centro Comercial e Industrial, traducida en una invitación a cenar con los directivos luego de su habitual reunión de los días lunes. Cómo olvidar esas tenidas donde oficiaba de anfitrión y presentador la figura seria de D. Homero Defagot.
No debe dejar de mencionarse las invitaciones del Club de Leones y del Rotary Club, no faltando – según la época y las monedas – alguna otra entidad, aunque el premio mayor se lo llevaba el agasajo de una cooperativa desde donde se partía con algunos chacinados hacia el vehículo, en cajas que han superado en ocasiones las dimensiones internas de un glorioso Fiat 600, de propiedad de este escriba (como solía decir Carlos Beceyro) conocido en el ambiente como el “Móvil Perlífero”, aunque alguna vez bautizado - por imperio de las circunstancias- como “El auto fantástico”, en referencia a la ocasión que se desfondó el piso al comerse un bache frente al palacio Municipal y quedar su conductor escondido en el piso con el vehículo en movimiento. Hay constancia.
Sería injusto continuar la mención evocativa sin recordar al padre Normando Corti. El querido “Gordo”, más que sacerdote era un sicólogo social y calmador (SIC) de aguas por excelencia. El Día del Periodista ofrecía unos canelones espectaculares en la parroquia, con tortas caseras como postre y nadie quería faltar, pero el párroco de Santa Rosa era un pícaro de aquellos, siempre se sentaba entre los que tenían algún roce en ciernes y sellaba la paz con un brindis. Un grande Normando. La plaza del barrio, nominada en su homenaje, rinde justicia a la gratitud de su obra.
También ha sido necesario el aporte del periodismo a la reconciliación. Don Emilio J. Grande convocó una vez a comer un asado a su casa a dos jugadores símbolos del momento futbolero: uno del “9” y el otro de Atlético que se habían peleado feo. Lo que se dijo allí, quedó entre ellos, aunque el diferendo quedó superado. Haré un lugar para un recuerdo personal que considero justo: a Francisco “Pancho” Buffelli, un tipazo que era el primero en saludarnos en fechas como esta; y a Miguel Buffelli, ambos en otro plano y compañeros de tantas vivencias.
Deberé pedir perdón al lector ya que la idea y el propósito de estas líneas era recordar y saludar a los colegas, pero hay tantas historias que un libro sería escaso, ni qué hablar de una colección en fascículos. Por eso considero imprescindible recordar a dos artistas que nunca faltaban: Juan Pablo González que recitaba “La casada infiel” y Alberto Larrué (inolvidable juglar) que cantaba sus tangos hasta que la noche se convertía en el nuevo día.
Caramba con esto de hacer de periodista. Cuánta historia para contar. Cuántas memorias para instalar. Gracias a la vida y a la profesión que me ha dado tanto.
Feliz día, muchachos y muchachas.