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Púlpito, tranvías, trolebuses y mateos

Hace pocos días firmada por Blanca Stoffel se publicó en estas páginas una nota titulada “Una foto olvidada”, referida al púlpito de nuestra Catedral, del que se había quitado su parte importante, antes elevado y desde entonces bajado a nivel del piso, vaya a saber por qué razón, por el primer obispo de la diócesis de Rafaela.

Los turistas en visitas de cabotaje y cuando viajan al exterior, creyentes y no creyentes, al llegar a ciudades de cierta importancia, con más interés a las capitales, entre los atractivos que los atrapan, además de museos y otros centros culturales es conocer los templos religiosos de los distintos credos.

La citada Stoffel con nostalgia recuerda al púlpito que existió en el templo mayor de la Diócesis, construido con madera de roble americano, del que hoy sólo queda el ambón, desde el cual se pronuncian principalmente las lecturas de la Biblia, las homilías y se hacen los rezos fúnebres.

Las partes que se quitaron del púlpito tenían talladas por el recordado carpintero Bautista Anesa, figuras de Jesucristo y de los cuatro evangelistas, de excelente valor artesanal.

Quizás monseñor Vicente Zazpe también haya padecido la fiebre que singulariza a tantos argentinos con poder de decisión -a nuestro entender, sin dudas equivocados- de fogonear lo moderno desvalorizando lo antiguo, esto que no sucede hasta en los principales países del mundo, donde siguen vigentes con gran aceptación de las poblaciones los ferrocarriles, las calles empedradas, los trolebuses, los tranvías y mateos, carruajes estos últimos tirados por caballos que en la Argentina también precedieron al servicio de taxis y servicios fúnebres.

Los mateos, ahora medios de transporte en su mayoría de pasajeros turistas, suelen ser presentados en estados impecables. Los más atractivos los apreciamos en la ciudad de Indianápolis, cercana a la famosa pista de las 500 Millas de Estados Unidos.

Allá la tracción está a cargo de imponentes ejemplares de la raza Percherón, con algunos detalles para destacar: los vasos los tienen pintados y las clinas coloridamente trabajadas, mientras que en la parte trasera de los carruajes, un cajón recoge el material cuando los animales hacen sus necesidades y de esa manera no se ensucia el piso, evitando que los peatones al cruzar la calle anden gambeteando para evitar pisar la desagradable suciedad del calzado.

Finalmente, coincidimos con Blanca Stoffel: si las partes de madera quitadas del púlpito -pienso yo, no se usaron para un asado y están guardadas-, ¿no se podría tratar de ubicarlas y reponerlas y así devolver a nuestro máximo templo ese elemento que resaltaba junto a un pilar de la nave central?

Autor: Emilio Grande (h.)

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