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Recordar sirve para no olvidar

“Debemos permanecer en todo momento vigilantes frente a la intransigencia, las ideologías extremistas, las tensiones comunitarias y la discriminación de las minorías”. (Fragmento del mensaje del Secretario General con ocasión del Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto).

El pasado 27 de enero se celebró en todo el mundo y bajo el auspicio de las Naciones Unidas, el “Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto”. La fecha elegida es el aniversario de la liberación de los campos de exterminio nazis y tiene como fin que los Estados miembros trabajen en el desarrollo de programas educativos que ayuden a prevenir en el futuro actos de genocidio.

Tras los horrores acontecidos en la Segunda Guerra Mundial, nacieron las Naciones Unidas con el fin de que se cumplan los derechos humanos en todo el mundo sin hacer diferencia de etnia, sexo o creencia religiosa y fomentar la educación basada en el respeto.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis construyeron los campos de concentración para exterminar a los judíos con diferentes métodos de tortura y muerte violenta. En total se estima que en los campos de exterminio murieron alrededor de seis millones de judíos. Este día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto fue proclamado por las Naciones Unidas el 1 de noviembre de 2005 en la Resolución 60/7 y en ella se condena sin reservas todas aquellas manifestaciones contra la intolerancia de origen religioso, étnico o de sexo.


MIRANDO ATRAS

La vida en los campos era una expresión de deshumanización y degradaciones permanentes. Cuando el prisionero arribaba al campamento, debía entregar su ropa y efectos personales, sus cabellos eran rapados y recibía como vestimenta un uniforme a rayas de prisionero y un par de zuecos de madera; se le asignaba un lugar en las barracas y en algunos campos se le tatuaba un número en el antebrazo, método con el cual se intentaba destruir su identidad y condición humana. Los prisioneros de los campos de concentración no tenían el menor poder de decisión. Las SS (policía Nazi) les asignaban exactamente lo que debían hacer durante el día. Si un prisionero no obedecía una orden era severamente castigado con azotes, confinamiento, privación de alimentos o alguna otra forma de tortura.

Todas las fuerzas del prisionero se invertían en superar las distintas etapas de esa rutina diaria: amanecer temprano, arreglo de la litera, formación, marcha al trabajo, labor extenuante, espera de la comida diaria -consistente por lo general en una sopa insípida y media hogaza de pan alimentación insuficiente para quienes realizaban pesadas tareas- regreso al campo, formación vespertina y así sucesivamente. En los campos de concentración y los trabajos forzados se realizaban actividades culturales, religiosas e incluso reuniones políticas clandestinas. Acciones que manifestaban una manera de resistir para sobrevivir.


UNIENDO

EXPERIENCIAS

Sin embargo como latinoamericanos nos une hacia las desapariciones un sentimiento que no queda muy lejano de estas atroces situaciones. En 1973 en Chile y en Uruguay y, en 1976 en Argentina se producen golpes de estado de nuevo tipo. Los regímenes que se establecen realizan actos como asesinatos, torturas, implementan campos de concentración, desaparición y secuestro, que se consideraron inéditos y novedosos en la historia política de estos países.

Rastreando la importancia en la reconstrucción de la memoria, Beatriz Sarlo en su libro “Tiempo Pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo”, plantea que “desde antes de las transiciones democráticas, pero acentuadamente a partir de ellas, la reconstrucción de esos actos de violencia estatal por víctimas-testigos es una dimensión jurídica indispensable a la democracia.” Que además fueron la base probatoria de juicios y condenas al terrorismo de estado en Argentina y por este motivo hace años, el testimonio se ha convertido en un relato de gran importancia dentro y fuera de la escena judicial. En este sentido, plantea la autora que la narración de la experiencia está unida al cuerpo y a la voz, no hay testimonio sin experiencia, pero tampoco experiencia sin narración.


TESTIMONIO

DE MASAS

Un dato interesante se impone a partir de la apertura hacia el “testimonio de masas” de 1914 a 1918 indicando un comienzo importante. “La verdad del campo de concentración es la muerte masiva, sistemática y de ella sólo hablan los que pudieron escapar a ese destino; el sujeto que habla no se elige a sí mismo, sino que ha sido elegido por condiciones también extratextuales”. En este sentido, plantea la autora, los que no fueron asesinados no pueden hablar plenamente del campo de concentración; hablan entonces porque otros han muerto en su lugar. De modo radical, no se puede representar a los ausentes y en esta imposibilidad se alimenta la paradoja del testigo: “el que sobrevive a un campo de concentración sobrevive para testificar y toma la primera persona de los que serían los verdaderos testigos, los muertos”.

En este punto el testimonio de los salvados, se convierte en la materia prima de sus lectores o escuchas, que deben hacer algo con eso que se les comunica y que es, precisamente porque logró comunicarse, sólo una versión incompleta. Sabemos que los que se salvaron de una tragedia no pueden sino recordar y así como su misión reside en hacer memoria otorgándole al recuerdo un tinte de compromiso social y político, nuestro compromiso, el de quienes escuchamos, también conlleva un recurso innegable y un compromiso inalterable, primero oír con respeto y después escuchar para hacer de ese gesto una memoria que nos impida olvidar.

Autor: Ana Paula Rosillo

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