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Recuerdos de mi ciudad La Cuevita

Todos los muchachos de la barra lo conocimos, así, con ese nombre, a este boliche tan tradicional... aunque algunos creo que lo llamaban distinto. Lo cierto, que fue un lugar popular en la esquina de Blas Olivero y Falucho, en pleno corazón del viejo barrio San Martín, el barrio “Di Coi”, como aquellos viejos italianos lo bautizaron.

No fue un boliche cualquiera, por sus mesas gastadas por el tiempo, los ajenjos y el “Escolazo”, desfilaron personajes ilustres de aquella época rafaelina. Lo recuerdo siempre, en el fondo el mostrador lleno de bebidas; detrás, el “bolichero”, un gordo pelado, con las mangas arremangadas; piso de madera, paredes revocadas en grueso, donde se notaban las manchas de humedad, y el incomparable “olorcito” de los boliches de antaño. Lo frecuentaban, por lo general, parroquianos del barrio, jugándose un “tute”, mientras los más jóvenes se “trenzaban” en una Loba y otras “yerbas”.

Era el “reducto” de los Moscardo, de mi amigo, el recordado “Carita” Bodini, “Batata” Boggio, los Daperno y muchos que ya no recuerdo. Eran tipos buenos, trabajadores, pero la cosa no era fácil... A menudo concurría gente del centro, que se “pasaba” un poco y entonces se armaba la “rosca”, salían a pelear a la vereda, después, te imaginás... iban a parar todos a la “cana”, que estaba a la vuelta. Pero en general, todo era tranquilo.

Para los meses de invierno, ahí comenzaban aquellos famosos y tradicionales premios al Truco. También para el 1º de Mayo, cuando se conmemoraba la fiesta del barrio, eran infaltables. Se disputaban por “rondas” y duraban meses. Llegó a constituirse en algo muy tradicional, venía gente de toda la ciudad y hasta “parejas” de pueblos vecinos. El premio era tentador, el pozo que se acumulaba noche a noche era muy importante. Pero ir a jugar el “Premio”, como se decía, a la “Cuevita”, no era para cualquiera.

Yo vi desfilar famosos de la “uña”, habilidosos con el naipe, que noche a noche, se jugaban partidos inolvidables y que quedaron en el recuerdo y el comentario de los “truqueros” nostálgicos de la ciudad. No me puedo olvidar cuando una noche los acompañé a mis amigos, el “Gordo” Nevado y el “Rulo” Solari. Yo era como el representante pero casi nos matan a los tres... los muchachos hicieron de las “suyas” y los descubrieron... bueno, alcanzamos a disparar...

Fueron anécdotas, pero antes no te perdonaban. Yo quiero rescatar de esta evocación, cómo era la vida, las costumbres y diversiones en aquellos tiempos pasados. Como dice el tango “Epoca de Guapos y Entreveros”. Pero de frente y los amigos eran de “Fierro”.

Después, la ciudad se hizo grande, mucha gente nueva, las costumbres cambiaron y todos esos momentos tan caros para los viejos rafaelinos, poco a poco se fueron perdiendo...

Por el boliche desfilaron algunos dueños, pero sin éxito, hasta que cerró definitivamente. Se cumplió una etapa pero también fue un poco de la historia de Rafaela, como tantos lugares populares, humildes, escondidos en una esquina de un viejo barrio. Siempre que pasaba lo veía cerrado, abandonado, con el clásico cartel “Se Alquila”.

Y a veces nos cuesta aceptarlo, pero aunque nos duela, la vida es así. Los otros días pasé por la esquina, casi no lo vi más, lo habían demolido, sólo quedaban algunos escombros e hierros retorcidos. Casi sin querer, me senté en su vereda, miré todo, con mucha pena, como si una parte de mi vida se hubiera derrumbado también con el progreso... Recordé muchos momentos, mi nostalgia volvió a los años de mi juventud, era sólo un “boliche”, nada más... pero cuántas horas gratas nos brindó a todos. Quise, en ese instante, retener en mi memoria todo aquello, para llevarlo para siempre en mi corazón. Tal vez me emociono con estos pequeños recuerdos, quizás sea un poco soñador... pero así, puedo volver a las cosas tan lindas del pasado.

Y con una sonrisa volví a recordarlos, al “Gordo” y al “Rulo”, gritando “envido” con “33” de “mano”, en una carteada. Me fui caminando, solo, silbando bajito mi tango, el de Troilo: “Un boliche como hay tantos, una mesa como hay muchas”. Carajo, ¡¡¡qué cosas que tiene la vida!!!


Escrito en noviembre de 1999

Autor: Oscar Pautasso

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