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Relaciones geográfico-espaciales

Por Ana Davicino - (Especial para LA OPINION) - Las producciones del grupo Madi, Soto y Cruz Diez se inscriben en un contexto más amplio: el desarrollo que el arte abstracto tuvo a mediados del siglo pasado en toda Latinoamérica (especialmente en Venezuela, Argentina y Brasil). El arte abstracto, que venía explorándose en Europa desde el final de la Gran Guerra se convirtió en la tendencia dominante del escenario cultural de nuestro continente, no solo como un fenómeno de expansión centro-periferia, sino también como resultado de la realidad política y social de estos países. Así la abstracción incorpora puntos de referencia europeos y norteamericanos, y el enriquecimiento con creaciones originales y formas particulares. 

Pero, en este período, no solo los artistas utilizaron el riguroso vocabulario de la abstracción como forma de expresión, sino que la representación de líneas y estructuras geométricas fue mucho más allá del terreno del arte y apareció en la vida cotidiana, a través de afiches, murales, diseño de objetos, modas, etc. En estos años podemos ver como lo abstracto se convirtió en sinónimo de moderno y la meta a alcanzar por aquellos que querían ocupar un lugar en el nuevo orden mundial.

Temporalmente, el grupo Madí es anterior al desarrollo de la obra abstracta de Cruz Diez y Soto, pero sus relaciones y puntos de encuentro son un aspecto importante a tener en cuenta. Los tres crecieron y se formaron en países que afrontaban importantes transformaciones y en los que las tensiones entre tradición y cambio alcanzaban su punto máximo en los proyectos nacionales de modernización. No podemos ignorar que la cuestión de la “identidad” jugó un rol importante en la historia del arte en América Latina. Estos artistas, desde sus producciones, enfrentan esta situación de una manera particular, siempre se reconocen parte de un lugar y un tiempo al que quieren transformar; tienen una visión utópica desde la que crean/inventan; aunque producen mirando/desde Europa. La producción de estos artistas supera la idea de centro-periferia y nos habla de la aspiración de ir más allá.

Estos artistas, tanto los del grupo Madi como los venezolanos, tuvieron un fluido contacto con los artistas de su época. Cartas, revistas, viajes permitieron que obras e ideas circularan en América y entre América y Europa. Si bien cada artista fue parte de su realidad geográfica, también lo fue de un todo más abarcador.

El cambio y el movimiento forman parte central de sus preocupaciones. Pero no es un movimiento aislado y aséptico, sino uno que requiere la participación activa del receptor, que no existe sin él. Ya en Royi, transformación, movimiento y participación del receptor toman protagonismo y una década después los venezolanos seguirán ese camino, ya sea en busca del movimiento real o del virtual: los tres apuntan a un receptor que se mueve, manipula, circula, entra, sale, recorre, tanto un proyecto de ciudad hidroespacial, un penetrable o sendas peatonales de color.

Otro contacto entre ellos es un rico proceso heurístico, una producción múltiple, no solo plástica, poesía, música, diseño que se integran, se alimentan y enriquecen, sino, también, una producción teórica importante, una reflexión crítica sobre su hacer y las implicancias conceptuales y técnicas del mismo. Una búsqueda constante de establecer relaciones entre arte y ciencia y un norte marcado por Leonardo da Vinci.

Fluir, vibración, música y agua son hilos conductores en la obra de estos artistas que produjeron, teorizaron, vivieron en un período histórico en que los países latinoamericanos pelearon con su tiempo y con sus formas un lugar en una modernidad que agonizaba.

Autor: REDACCION

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