La primera definición quedaría como título para una película testimonial. Rojo, solitario y testigo.
El viejo buzón ubicado sobre la vereda de calle Moreno continúa marcando el paso del tiempo desde hace décadas. Es casi seguro que en algún sitio, de esos donde las telarañas anidan sus tiempos, quede algún testimonio de su emplazamiento inicial y su tiempo; o quizás, no, apenas una referencia más en medio del colorido ruido de la zona céntrica.
Está allí. Firme, rojo intenso, con la boca abierta mirando al sur, con alguna muestra de desidia y agresión urbana en forma y manifiesto de afiche mal pegado. Sobre la boca misma casi como un bigote, aparece la leyenda de quien debe haber sido su fabricante: “Vasena SA”, reza el metal.
Lo importante es que sigue prestando servicio, recibe cada día sobres estampillados que buscan destinos ignotos o cercanos. Y lo llamativo es que el vértigo de los tiempos informatizados no le ha quitado la confianza de la gente, del ciudadano que lo ama, que lo ha visto estar allí, estoico, firme, derecho, viejo.
Un incipiente óxido que se trepa a sus cimientos desde la vereda noble le recuerda que el tiempo es infinito, que sólo la eternidad resiste sus ataques. Igual, en los noventa se bancó la mudanza y la soledad que le propinó el capitalismo salvaje.
Cuando el correo cambió de local, se quedó haciendo el aguante, la persistencia de lo noble ante el materialismo poco ateo, la nobleza ante la patota prepotente de políticas demasiado claras.
El viejo buzón resiste. Se la banca, como dicen los pibes; se siente sostenido por muchos años de ser el dueño de la esquina, el vigilante sin gorra que se tragó novedades de todo tipo sin dejar escapar nunca un secreto.
Curioso. A pocos pasos, casi a un espanto de zapatos remendados, está la escalera. Y la escalera principal del correo – mejor dicho, del edificio- no es poca cosa. Lanzarse por el tobogán que facilitan los mármoles es como un certificado de niñez, una constancia de infancia feliz aunque no abunde en juguetes, un tiempo sin retorno de eterno recuerdo.
Y lo más llamativo de todo esto es que el buzón guarda los testimonios y todas y cada una de las generaciones que por allí pasaron: alegrías, golpes, sopapo de mami por pantalón roto, lágrimas; el desliz eterno que nunca termina.
Algún día llegará el final del querido buzón. En ese momento, señores que deciden, no lo destinen a un oscuro rincón o al final del metal corroído, que alguien lo guarde, le haga un lugarcito en el patio y lo comparta, porque llegará el momento en que esa bocaza enorme se abra y deje salir tantos recuerdos bellos que tiene guardado.
En el mientras tanto, sigue firme, decidido, solitario, vigilante, teñido de rojo historia; de la nuestra, de la mía, de la suya. De todos.