Se debe el debate
por Raúl Vigini
El mensaje simplista puede decir para justificar que “hay para todos los gustos” como habitualmente se expresa en estos casos. Pero la meditación merece ir más allá de esta mera mención. Cosquín se debe un debate como corresponde. A la altura de las circunstancias. Para que muchos opinen y tantos más reflexionen. Con voces autorizadas. Para que quede claro -o al menos se intente una definición y un camino señero- qué es folclore. Atahualpa Yupanqui decía: “Para que vivan los nietos no hay que matar a los abuelos”. Por eso, a algunos, los bombos tradicionales les aburren el alma, pero para otros los bajos eléctricos y las baterías de generosas dimensiones abusan de los decibeles y alteran el género folclórico. No obstante, hay ejemplos que valen la pena tener en cuenta. El Festival del Chamamé de Corrientes que se desarrolla en simultáneo con el de Cosquín, tiene en el escenario una pléyade de artistas de renombre también, muchos de los cuales actúan en ambas ciudades esos días. Y no todos provienen del ritmo del litoral que los convoca. Pero notamos una diferencia: en Corrientes los músicos se adaptan a las condiciones de la organización cantando ¡chamamé! Siempre. Así lo justificaba Federico Galiana, fundador de Opus Cuatro, grupo que tiene 48 años de vigencia, y este año para ir por primera vez al festival correntino, aseguró que ¡Prepararon un repertorio de chamamés, temas que nunca habían cantado antes! Por lo que se ve Cosquín no pone condiciones y contrata sin considerar la dignidad de ese lugar sagrado para la música popular. Entonces en nombre del folclore se dice y se hace cualquier cosa. El rock tiene su propio momento en otro lugar de Córdoba, y la música tropical también en todo el país. Ni hablemos del pop que llena estadios todo el año con un solo cantante. Que el Festival Nacional de Folclore de Cosquín vuelva a darle lugar a los que se identifican con el criterio de entregar el mensaje de digna autenticidad. No por el bombo legüero que debe seguir estando sin dudas, sino por la estridencia y lo frenético -que nada tienen que ver con esa modalidad y ese repertorio- de quienes se sienten dueños de un espacio demasiado importante para defender la música popular de raíz folclórica solamente porque un contrato de actuación lo determina. Y más de una vez se llevan reconocimientos, premios y condecoraciones en nombre del folclore.