Horacio Ferrer vio que el semáforo que había diseñado para “Balada para un loco” le disparó sorpresivamente tres luces celestes. Miró entonces la hora. Eran las seis en punto y no dudó: empezó a escribir su propio silencio, sabiendo que es la más conmovedora poesía que pueda producir un hombre, conociendo también que estaba componiendo una obra inédita para siempre, surgida de un acto de nueva vida, con una mezcla sin límites de última y primera obra.
Es posible que la feliz unión artística de Horacio Ferrer y Astor Piazzolla haya sido influida por el mismo rayo misterioso que conectó a Gardel con Le Pera. A partir de esas dos hermandades, poesía, música, y sentimiento tuvieron un generoso ámbito para llegar a un público sensible, con ganas de cantar.
En el caso de Piazzolla y Ferrer, hubo un nuevo elemento: la libertad creadora, esa misma que se manifiesta entre líneas en “Balada para un loco”: el loco del tango que intenta seducir a una posible pareja, le ofrece libertad para ser y pasar por encima de todo lo creado hasta entonces. Por eso, las metáforas despegadas de la lógica creadas por Ferrer, como la que habla de un semáforo que da tres luces del color del cielo; por eso también la golondrina en el motor para encarar el vuelo.
Ferrer fue un poeta por sobre todas las cosas. La dolorosa realidad de cada día le inspiró para “Chiquilín de Bachín” unas imágenes que se saborean artísticamente, aunque obliguen a conmoverse ante la pobreza cotidiana. Allí construye Horacio Ferrer la profunda y descriptiva metáfora y la desgarrada expresión de un deseo que no se cumple (Cada día en su tristeza,/ que no quiere amanecer/ lo madruga un seis de enero/ con la estrella del revés/ y tres reyes gatos roban sus zapatos/ uno izquierdo y el otro también) (Cada aurora en la basura/ con un pan y un tallarín/ se fabrica un barrilete/ para irse y sigue aquí).
Queda como testimonio de su obra haber retratado una sociedad con lo sublime y lo marginal, -no hay que olvidar que estamos hablando del ambiente donde se nutre el tango- y donde una música libérrima acompañaba su ideario alado que tuvo como máxima expresión la cotidianamente presente “Balada para un loco”. Queda asimismo una enorme cantidad de obra que puede considerarse lírica, donde creó un personaje que es casi tangible como “María de Buenos Aires”.
“Balada para mi muerte”, sensitiva, profunda, inolvidable, es una de las creaciones de mayor alcance en lo artístico y sensible. Dice allí Ferrer: “Llegará tangamente mi muerte enamorada/ yo estaré muerto en punto cuando sean las seis” y agrega un pedido conmovedor “Abrazame fuerte que por dentro/ oigo muertes, viejas muertes,/ agrediendo lo que amé”.
Horacio Ferrer siempre entendió y aceptó filosóficamente la muerte. La lamentó en su poéticamente descriptiva “Fábula para Gardel”; fue una presencia permanente que no le impidió ser alguien que transmitía buen humor y daba trato amable. El también entendió mucho de “un asunto muy sumamente serio, que es morirse”. Y si para mostrar eso hay un color, no eligió el trágico negro, sino el tres veces celeste del semáforo.