Por Narciso Caracuel Luque. - Estos días parece como si todo cambiase, la rutina diaria se convierte en procesión, incienso, cera, cofradía, oración, vivencia; pero a la vez, para algunos, en vacaciones, playa, viaje, excursión, relax.
La Semana Santa, como vivencia, como sentimiento y como fe; nos trasladamos a España, Andalucía, Córdoba, La Subbetica Cordobesa, Carcabuey, un puntito pequeño en medio de Andalucía, mi tierra, mis raíces, el lugar donde nací y donde quiero morir, un pueblo que, con poco más de dos mil ochocientos habitantes, ha sido capaz de tender lazos, ya inseparables, con la tierra Argentina.
Lazos que comenzaron a fraguarse en los comienzos del siglo XX, gracias a un puñado de valientes que, venciendo sus miedos, decidieron dejar esta tierra, que no les arropaba, y recalaron en Argentina, más en concreto en la zona de Rafaela; hoy, gracias al coraje de aquellos valientes, Rafaela tiene una colonia de descendientes de Carcabuey.
El coraje que, no sólo se manifestó en el hecho, ya de por sí atrevido, de abandonarlo todo en Carcabuey, y emprender un viaje, que sabían sin retorno hasta Argentina, sino además en el haber mantenido vivas sus raíces, sus recuerdos, su cultura, sus tradiciones, su gastronomía y sobre todo, el habérselo sabido transmitir a sus descendientes.
El pasado verano Carcabuey y Rafaela quedaban hermanadas; aquel viaje de aventura sí tuvo su retorno más de un siglo después, los descendientes de aquellos valientes, pisaban Carcabuey reconociendo y recordando emocionados lugares, comidas, músicas, imágenes, tradiciones, las que siempre les contaron y les cantaron los abuelos de la diáspora, todo les era, de alguna forma, familiar, gracias al tesón de sus antepasados por mantener viva la llama de sus raíces en el corazón de sus descendientes.
Nada como la Semana Santa, para marcar recuerdo en el corazón de aquellos valientes que un día vieron a su Nazareno subir por las veredas del nuestro calvario entre un mar de encinas y una primavera recién estallada, para encontrarse, cara a cara, con su madre en ese “Consejito” popular en plena naturaleza; o ese Miércoles Santo en que, El Cristo de Animas de Alonso de Mena recorre la madrugada de Carcabuey, grabando su silueta en la cal blanca de nuestras fachadas; o la bajada por la calle Castillo en un Jueves Santo de incienso y cera de La Virgen de Los Dolores.
Todo eso que son imágenes y recuerdos viajó con ellos hasta Argentina convertido en deseo y añoranza; fue su mejor tesoro, el único que se pudieron llevar guardado en ese rinconcito del corazón donde uno pone lo que más quiere. Allí permaneció para siempre, vivo y añorante, y así lo transmitieron a sus descendientes.
Para mí la Semana Santa de Carcabuey, es, desde que tengo uso de razón, algo que he vivido siempre desde dentro, desde el corazón y desde los sentidos, porque nuestra Semana Santa es, a la vez sentimiento, estética y sensibilidad.
Después de un Domingo de Ramos estallado en primavera, pletórico de colorido, de niños acompañando a Jesús en La Borriquita, de luz, de olores, de música, vivimos un Lunes Santo de recogimiento y belleza, el Crucificado de Alonso de Mena subía al calvario entre encinas y naturaleza a recibir los últimos rayos de sol y regresar a San Marcos entre un mar de antorchas.
El cautivo en un Martes Santo de pasión llena las calles de Carcabuey de esperanza, de fe, de amor.
Es la pasión de un pueblo, que une en el recuerdo y en la añoranza corazones, porque es sentimiento, es tradición, es cultura, es calor humano, y es lo nuestro, lo que compartimos y lo que nos hace sentirnos cerca, es Semana Santa, es Carcabuey.