Por Hugo Borgna
Cuando escuchamos por primera vez “Siete notas de amor”, cantada por el ameno “Trío Los Panchos”, nos encantó esa curiosa integración de nombres de notas musicales entre un verso y otro de la parte cantada (“Doquiera que tú vayas -DO SI: Si te acuerdas de mi -MI LA: La pena quete invade LA SOL: Sol se ha de convertir- SOL FA: Fatalidad ya no existe -FA MI: Mi recuerdo será – MI RE: Resplandor en tus noches -RE DO: doquiera que tú vas -DO LA: la escala musical DO SI: siempre te ha de cantar – todas las cosas bellas – que a ti te han de gustar”).
Más todavía: cuando en esas noches de Tertulias de los domingos (no hace falta decir de que club) nos recibía en la vereda el canto Pancho con el motivador “Caminemos” o el melódico “Desandando voy por la vida...”, era una invitación ineludible a los sentidos por lo que sabíamos -odeseábamos- encontrar).
Sonaba el canto -reflexivo en algunas canciones- de “Los Panchos”- y entrábamos a un ámbito amigo; el del miembro más “independiente” de la familia, que nos acompañaba también por radio con placentera frecuencia diaria.
Nos convertimos desde y hasta siempre en especialistas en ese Trío. Habíamos memorizado esos nombres de los integrantes del grupo descubierto y empezado a desandar nuevas preferencias.
Decíamos con la mayor soltura y fórmula de degustación “Gil, Navarro y Albino”. A partir de allífueron y son bien recibidos.
Sin duda, los habíamos descubierto, instalado como canto favorito del resto del mundo y de nosotros y poco a poco se nos abrieron todos los libros. Era el momento de oro de Los Panchos pero solo Argentina. Esa preferencia incondicional les alcanzó hasta hoy, tantos años después.
Fueron como textos de libro que se abrían generosamente antes de conocer otros comienzos.
Dice su historia no discutida que hubo otros momentos de oro y que solo después de varios cambios en su formación ocurrió el momento del puertorriqueño Johnny Albino. Que tampoco fue la última primera voz de Los Panchos; estuvo desde 1981 el mexicano Rafael Basurto Lara hasta el fin del Trío, con un éxito internacional llamado “Si tú me dices ven”.
Creíamos haber descubierto un tesoro oculto, pero nos faltaba percibir otra época de oro (según los propios Panchos fue la primera, con el canto de Hern
Hernando Avilés.) Lo recordarían con nostalgia posteriormente, cerca del final del Trío.
Descubrimos, al destapar la historia, que el verdadero origen estuvo en 1941 en la esquina de Séptima Avenida y calle 51 de Nueva York. Allí se conocieron los mexicanos José de Jesús Navarro Moreno (Chucho) y Alfredo Bojalil Gil (el güero, apodado así por ser su piel blanca). Ellos en 1944 fueron contratados para cantar en un club nocturno (“el Chico”) después de haber convocado al número 3 del trío: el nombrado y siempre honrado por los fundadores Hernando Avilés.
Sí. Efectivamente. No se desarrollaron en la América de habla hispana, sino en la emblemática Nueva York. Posteriormente la vida y el canto los llevaron a México y al sur del continente, oportunidad en que estuvieron varias veces en Argentina, debido al éxito aquí de “Siete notas de amor”.
La parte del trío que más lucía era la primera voz. En esa búsqueda agotaron recursos y contactos.
En esa decisiva función estuvieron, históricamente, el ya nombrado Avilés y sucesivamente Raúl Shaw Moreno (1951- 52), Julio Rodríguez (Julito), entre 1952 y 1956; otra vez Avilés (1957-58) y,casi finalmente, Johnny Albino (1958-66). En una sexta etapa lo integró Enrique Cáceres (1966-72),
luego Ovidio Hernández (1971-76) y, finalmente, desde entonces hasta que se conoce la historia, Rafael Basurto Lara. Fue ésta la una octava secuencia de primeras voces. El tema éxito que consagraron fue “Si tú me dices ven”, mediante el apoyo a una poesía de Amado Nervo.
También se recuerda especialmente el apoyo, como primeras voces, de figuras internacionales, dejando en todos los casos grabados uno o más discos long play. Fueron Eydie Gormé, Gigliola Cinquetti, Javier Solís y las nuestras Estela Raval y María Martha Serra Lima.
¿Qué nos quedó de Los Panchos?
La expresión de sensitivos músicos que primero la sentían y después la hacían pentagrama: era autenticidad al ciento por ciento. Como ejemplo habrá que decir que Chucho Navarro debía convencer a una mujer de la sinceridad de sus sentimientos. Teniendo en cuenta la volatibilidad de los miembros del trío (no había excepciones, además todos eran activos participantes de fiestas improvisadas con mujeres, en las habitaciones de los hoteles) por lo que era más que esperable
que ella dudara de la exclusividad sentimental de Chucho: él prefirió el método que mejor conocía: componer una canción al caso y así nació el bolero “Lo dudo” (“Lo dudo, lo dudo, lo dudo, que halles un amor más puro, como el que tienes en mí”).
Volviendo ahora al momento de nuestro “descubrimiento” en Argentina del Trío, coincidiendo (u originado) con el ingreso de Johnny Albino, Alfredo Gil incorporó el requinto, con sonido más rico que la guitarra, lo que enriqueció la parte instrumental. Antes, la estructura básica del Trío se apoyaba totalmente en el canto. Con el aporte del requinto, se generó una sonoridad con más variantes, hacía que descansara la primera voz. Notábamos nosotros esa diferencia. Afirmábamos, seguros de nosotros mismos, que “desde que ingresó Johnny Albino, suena mucho mejor”.
Se podría decir que Los Panchos, (llámense así o “Trío Los Panchos, su nombre oficial”) nos dejaron una sensación profunda, nos llenaron de notas espontáneas y frescas y esparcieron un recuerdo dulce, emotivo, integrado desde las primeras notas.
Para decirlo en pocas palabras, Los Panchos nos alegraron la vida para siempre.