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Sensaciones y sentimientos: Peter Falk es Columbo

Columbo, el particular investigador.
Crédito: Amazon.com

Por Hugo Borgna

El caballero de modales finos acabó su misión, ejecutada con rapidez y seguridad. Se aprestó a retirarse del lugar, tratando de no dejar huellas que avisen de su presencia. Antes de salir notó que sobre una mesa había restos de una “picada” de fiambres y queso. Sin interés especial, tomó algo como un cubo irregular, lo mordió y dejó, junto a los demás residuos comestibles y el queso. Después de todo eso dejó el lugar sin ninguna emoción especial. Se perdió en las cercanías de la habitación y, después, en la calle.

Podría dedicársele buena cantidad de páginas a la limpieza de su acto, pero hay que tener en cuenta que acababa de cometer un homicidio, habiendo golpeado reciamente con tres golpes de su bastón en la cabeza de un ser que hasta hacía poco tiempo gozaba de la vida.

En el cuadro siguiente de esta historia, de notable originalidad -teniendo en cuenta que se describe una serie de televisión de los años 60 y un poco más- aparecía el investigador Columbo dialogando con el caballero que con tanta eficacia y estilo había quitado la vida a un hombre. Columbo notó la presencia del resto de queso dejado y comenzó a hacer preguntas generales o inocentes sobre el hecho de haber encontrado el cadáver, resultado de la pericia del asesino.

La acción de la serie se fue concentrando cada vez más en el accionar del hombre del utilitario bastón. Columbo le hacía preguntas cercanas -tal vez molestas- pero el sospechoso no perdió el dominio de la situación hasta que Columbo, con el resto de queso en la mano, le preguntó si últimamente había tenido un tratamiento de odontología.

El inculpado lo reconoció, y también haber comido de ese trozo de queso, que denotaba una mordedura única proveniente de un tratamiento dental muy poco común.

El sospechoso, imputable asesino casi perfecto, no tuvo presente o no supo que los minúsculos detalles son mayormente útiles a los investigadores. Especialmente los insignificantes esos que solían referir a su esposa y a su suegra, interrumpiendo continuamente con ellos.

Columbo desde el comienzo acosaba con método propio al posible asesino (solo el espectador lo sabía), permitiéndole creer que no lo tenía como sospechoso y que, solo en el momento final, cuando la evidencia era terminante, le hacía ver que lo había descubierto y que las pruebas demostraban con suficiente claridad su responsabilidad en el caso.

“Un pedazo de queso”, dijo Columbo al asesino. “¡Un pedazo de queso!”, dijo el inculpado admitiendo la ironía de la situación, peso probatorio y filosofía rotunda del trozo alimentador.

El destino juega con los seres vivos, eficiente y seguro como la ciencia que ayuda a los odontólogos. Esa podía curar una dentadura permitiendo que un paciente termine en prisión.

Nada es perfecto. Lo que es bueno podrá ser demostrativos y no lo defenderá de los actos indignos cuyas consecuencias hacen perder la libertad.

Columbo era una serie de ingenio, y lo poco que había de violencia casi no era necesaria, aunque Columbo pasaba situaciones de peligro real. El armado de la serie recurría a la sutileza y filo de los diálogos. Columbo, el personaje, respetaba el método y el orden en sus, a veces, humorísticas acciones. Los que mataban, por su parte, pertenecían a la alta sociedad o rango. Imperturbables, educadamente soberbios, miraban con desprecio al investigador. No era rico, no tenía brillo social ni poder económico. Lo percibían a Columbo, como a una persona de personas de escasa capacidad de generar peligro ni molestias: un perfecto nadie que ni siquiera se preocupaba en presentarse a un nivel no tan común.

En la serie el espectador era sorprendido continuamente por situaciones inesperadas, que atravesaban la lógica. Causaba placer seguir las historias donde no aparecían miembros de la familia del pintoresco investigador, por más que él los nombrara, como invocándolos. Añadidos al necesario suspenso, eran lo que abundaba. Los escenarios mostraban variedad de costumbres, artes o conocimientos específicos, todos interesados compañeros de entretenimiento de los televidentes: si bien quedaba en claro quien había matado, hacía que la platea del hogar apostara a descubrir por sí sola los detalles restantes, anticipándose al momento en que lo señalarían los guionistas de la serie.

Columbo permaneció en pantalla, hasta el año 2003.

Original en todos los detalles, se constituyó en el elemento que moviliza ahora la nueva nostalgia de los que, ahora, esperan que la televisión ya no exhiba lugares comunes a una audiencia fácil de entretener. Se sabrá que llegó ese momento porque una explosión inesperada borrará un color de la pantalla y, en las esquinas imposibles, la mayoría de los vehículos participantes llegarán en buen estado. Por lo menos hasta la mitad de la película.

Peter Michael Falk nació el 16 de setiembre de 1927, medía un metro y 68 centímetros y se notaba en la pantalla. Vivió 83 años, a pesar de su accidentada salud desde la niñez (también era evidente su dificultad en un ojo), y no afectó su capacidad.

Sigue creciendo en la admiración de la gente y en la complacencia de ellos por recibir una historia creciente, donde Columbo algún día revelará secretos de recursos, el hallazgo y desarrollo de ideas nuevas (o de siempre, pero que sólo él las mostrará), dentro de las posibilidades donde compiten en mostrarse lo casual y lo muy elaborado.

Mejor no. Cierta dosis de falta de prolijidad hace también al interés.

Sí se le puede pedir a los espectadores que, si descubrieran alguna “inocencia culpable”, por parte de los Columbos sobrevivientes, lo justifiquen diciendo que ese dato les fue proporcionado por la virtual esposa de Columbo.

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