Niños: comienzo sistemáticamente programado. Ancianos: idéntico final. Así queremos autotitular este pequeño análisis sobre los extremos de nuestro paso por este terrenal planeta, donde buscamos encontrar algo parecido a eso que llamamos felicidad, en especial en lo referente al comienzo, donde es fundamental la formación mental del parvulito, a fin que el mismo encuentre el buen camino de la vida, y luego, allá lejos en el tiempo, alcance la etapa final preparado convenientemente a fin de afrontar de la mejor manera el delicado período senil.
Pero si se nos permite, nos explayaremos en algunas similitudes análogas entre ambas orillas.
Cuando niños, buscamos, analizamos, elegimos como padres la manera más práctica y efectiva con qué ubicar a nuestro infante en alguna institución, escuela, jardín, a efectos de lograr que el mismo padre-madre laboran, desarrollan actividades y funciones acordes a la vida adulta, y no disponen de mayores períodos de tiempo completo a fin de transmitirle lo que solamente ellos pueden entregarle, (la afectuosa, benévola y única experiencia de la vida paternal-matrimonial hogareña), falencia que el niño siente en lo más profundo de su limpio, inmaculado y casto corazón, quedando luego reflejado en el desarrollo de la adultez.
Y cuando llegamos al final de este periplo, que no es otra cosa que nuestro fugaz y efímero paso por este eterno e imperecedero Universo Cósmico ¿no ocurre lo mismo en nuestra perenne y longeva ancianidad?.
En el común de los casos, la persona anciana, padre-madre, fue formador-forjador de un hogar con descendencia, lo que significa años de duro sacrificio a fin de formar seres útiles a la sociedad, que hoy se encuentra tan atareada, y no puede dedicarle algo de tiempo a aquellos que tal vez dedicaron todo aquel ciclo para beneficio de hijos que hoy, ¡no tienen tiempo de acercarles una visita, o compartir una comida y agradecerles con su presencia aquellas felices horas del pasado!
En fin, saque usted sus propias conclusiones, que tal vez las mías no le resulten provechosas, pero, ¡no olvide aquellos agradables y buenos tiempos del pasado, cuando esos, hoy ancianos, nos sacaban las "castañas del fuego", y que hoy, en el atardecer crepuscular de su presencia física en la Tierra, reclaman aquellas figuras tan queridas a sus sentimientos!.
Similitudes y semejanzas existen en abundancia. Valioso, significativo y afortunado quien pueda verlas y ponerlas en práctica.