Días atrás (viernes 25 de abril) en la Sala Lasserre, se pudo escuchar un recital de música folclórica, a cargo de dos grupos con cierto grado de diferenciación; uno integrado por cuatro hombres y el otro por tres mujeres.
Primeramente, como quien prepara el terreno para una fecunda siembra, Germán Ochat y su grupo abrieron el primer surco musical de la noche. Y a medida que avanzaban con su trabado sonoro, fueron ganando la apreciación del público, a favor de una buena elección del repertorio, y una afiatada interpretación, acorde a los preceptos y mandamientos que el género folclórico necesita, a fin que esa puesta en escena sea realmente auténtica. Así lo presentó el cuarteto masculino y así lo entendió el auditorio que premió cálidamente cada interpretación de este buen grupo local.
A continuación, el trío femenino (Aymama) continuó sonorizando el imaginario terreno ya desbrozado, desgranando con su siembra un repertorio auténticamente folclórico, esparciendo en sus armonías, efluvios sonoros que grandes maestros de nuestro arte nativo perpetuaron a través de pentagramadas hojas, y que estas tres niñas supieron acercar a los atentos y asombrados oídos de los presentes, en cada acabada y sutil interpretación puesta a consideración sobre el escenario.
Magnífico espectáculo donde la gran ganadora fue la hoy tan vapuleada música folclórica, llena de ruidos, estridencias y destemplados gritos de quienes pretenden hacer de arte tan sublime, un espectáculo desculturalizado e incoherente. Sin embargo, exposiciones sonoras como la ya señalada, alientan y estimulan el pensar que aún perduran grupos de ciudadanos músicos que trabajan en defensa de nuestras manifestaciones vernáculas.
En este inolvidable viernes 25 de abril, el hecho experimentado demostró fehacientemente (a través del trabajo puesto en escena) que existen organizadores, preparadores, compositores, jóvenes intérpretes, suficientemente preparados y criteriosamente dispuestos a hacer que el alma musical de nuestro pueblo mantenga su genuina autenticidad.
Lo lamentable (como siempre) fue la poca asistencia de público (unas 100 personas) que asistieron al espectáculo. Y Rafaela tiene mucho más que un centenar de músicos y amantes del buen arte melodioso, que por lógica necesitan comprender mejor este difícil arte de hacer música en buena forma.