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Tres pastillas azules para Navidad

Hacia el año 2080 el MTM (Ministerio del Tiempo Mundial) dictó una ley ampliatoria de la existente en la que se autorizaba a efectuar viajes en el tiempo a quienes habían cumplido dieciocho años de edad poniendo fin a aquella que regía solo para mayores de veintiún años. Por supuesto que no estaba abierta esa posibilidad para cualquiera y menos para estos últimos candidatos a viajeros; ellos debían cumplir un previo entrenamiento de un año de duración y presentar luego un informe detallado referido a la época de destino y cuál era el motivo esgrimido para visitar el pasado (los viajes al futuro en Argentina estaban reservados solo a políticos y científicos). Una vez aprobada la solicitud se les daba el plan de viaje; en él se indicaba el valor del pasaje, los precisos movimientos que debían hacer durante su estadía en el tiempo elegido, el comportamiento al contactar con los antepasados y el equipo que debían portar. Todo eso era para evitar el peligro de contaminar con tecnologías extrañas la época a visitar y modificar la historia, lo que tendría fatales consecuencias para el viajero que ya no podría volver nunca más al punto de partida original.

Ziro había cumplido los dieciocho años, era dueño de una cuantiosa herencia familiar y de una nueva y cuidada barba oscura, se sentía seguro de sí mismo y sabía muy bien lo que se proponía hacer; iba a transgredir las leyes de viajes en el tiempo. Tenía un muy importante motivo para retroceder al año 2018, más precisamente al día en que, en aquellos tiempos, se celebraba la Navidad. Gracias a los viajes temporales el año, el día y la hora del Gran Nacimiento había sido determinado con exactitud y ya no era el de entonces. Pero Ziro había calculado las coordenadas de la antigua data del 24 de diciembre y determinado una hora, las 12:00 del mediodía. Cumplió con todos los requisitos y dio a la Estación Rodante de la “TempoTour S.A.” - unidad que arribó puntual a su domicilio de SFeRafaelaRA - todos los datos necesarios. Llegó el momento de cumplir con su breve viaje ya que el mismo fue programado con una duración de apenas quince minutos y con destino a esta misma ciudad (llamada por entonces Rafaela a secas) y a un punto muy específico de ella. No cargaba equipaje alguno y había declarado en su informe solo querer dar un vistazo a sus antepasados, pero, en un compartimiento oculto de su cinturón, llevaba algo ilegal; una cajita transparente. Ziro se dijo; esto será un grandioso regalo de Navidad para algunos… y más para mí.

El trámite se cumplió con rapidez y excelencia, Ziro se vio de pronto parado frente a la casa que tantas veces había visto en viejas fotografías. Pero no había alegría en ese hogar y sabía bien porqué. La documentación que había llegado a sus manos y los relatos transmitidos de boca en boca refiriéndose a la historia de la familia, antecedentes que había estudiado meticulosamente, decían que el día 15 de diciembre de 2018 había nacido en Rafaela Pedro Juan Mossetti al que pocos días después se le detectó un crecimiento de células anormales en el cerebro de carácter inoperable que en poco tiempo más serían de fatales consecuencias para el bebé.

Tocó el timbre y esperó con cierto nerviosismo a que lo atendieran. La cajita transparente, ahora en su mano, mostraba en el interior tres brillantes pastillas azules… y eran ellas toda la razón de su viaje. Abrió la puerta una mujer con la tristeza pintada en su rostro que se quedó mirando a Ziro. Este saludó titubeando y, extendiéndole la cajita, dijo que se la enviaba el doctor del bebé quien, antes de salir para un viaje imprevisto, le dejaba dicho que le hiciera tomar al niño la primera pastilla de inmediato y las dos restantes cada hora. Aunque algo extrañada la mujer agradeció comprometiéndose a hacerlo y Ziro, sonriendo, retrocedió unos pasos, saludó, y luego con premura se dirigió a un portal cercano donde, fuera de la vista de la gente, desapareció en medio de un leve fulgor de luz ambarina. Su tiempo en el pasado había terminado.

Al día siguiente, día de la Navidad de 2018, se conocieron asombrosos hechos. En poco tiempo se creó un aluvión de tinta y palabras en los medios y lo provocó el relato de aquella madre cuando dijo que un barbado desconocido, supuestamente enviado por el doctor de su bebé, le había dado tres pastillas azules. Descubierto el engaño y al ser revisado el niño, notaron que su mal había desaparecido totalmente sin dejar rastro físico alguno y los análisis no detectaron ningún tipo de medicamento extraño en su organismo. Desconcertados doctores e investigadores buscaron en vano el porqué de la rápida curación y examinaron con curiosidad la cajita de un raro material traslúcido. Todo fue inútil… no llegaron a ninguna conclusión y al hombre de la barba oscura jamás se lo pudo encontrar. Alguien dijo que fue un milagro y otros opinaron que había sido el mismo Jesucristo quien había traído las tres milagrosas pastillas azules

Ziro había aguardado un tiempo prudencial desde su regreso del pasado y con alivio vio que nada se había alterado en su mundo del año 2080. Su secreto sería entonces el de saber que ese regalo de Navidad había salvado vidas en el pasado… y la suya propia. Porqué en los viejos papeles dejados por sus antepasados había encontrado la historia del bebé, de las tres pastillas y el desconocido barbado. No tardó en darse cuenta que ese hombre tenía que ser él mismo y dedujo que si estaba vivo era porque la aventura que pensaba emprender al pasado resultaría exitosa. Y así fue… el haber llevado la recién descubierta medicina inhibidora de células malignas sesenta y dos años atrás en el tiempo, permitió que Pedro Juan Mossetti, su abuelo paterno recién nacido, pudiese salvar su vida para que, después de algunos años, engendrara a su padre y, a su tiempo, existiese él.

¡Vaya regalo de Navidad el que se hizo!... pero lo que Ziro no quiere ni preguntarse es ¿y si el bebé hubiese muerto?



Autor: Orlando Pérez Manassero

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