Un viejo coche conduce por la periferia de la ciudad. Sigiloso con los faroles apagados, es apenas visible entre la oscuridad de la noche. El río invernal parece ser el único que transita solitario las desoladas calles. El sujeto A conduce el automóvil y aprieta el volante con sus temblorosas manos. Parece estar impaciente, no logra encender su último cigarrillo. Disminuye su marcha hasta detenerse en medio de un desvalido suburbio.
El sujeto C se encuentra leyendo. Nada más confortante y acogedor que un buen libro en noches frías como esta. Aparenta estar disfrutando de la lectura en medio de la oscuridad. Sobre la mesa una taza humeante de té de un color que se asemeja al de manzanilla. Sobre el platito reposan tres terrones de azúcar aún no vertidos dentro de la taza. Sujeto C escucha un ruido proveniente del exterior, es ese mismo ruido el que interrumpe su lectura. Aparenta tratarse del crujir de las bisagras al abrirse.
Sujeto A desciende del coche dejando la puerta semiabierta. Se dirige a la parte trasera del auto antes de echarle un vistazo al lugar. Decide terminar con su cigarrillo al arrojarlo a varios metros de distancia. En el mismo momento en que abre la puerta del baúl del auto, dirige su mano a su cintura para empuñar un arma.
El sujeto B es forzado agresivamente a bajar del baúl. Su cabeza se encuentra cubierta por una capucha negra que le imposibilita su visión. Aparenta estar débil ya que apenas logra mantenerse en pie. No emite palabra, sólo se logra escuchar un resignado sollozo. Camina un par de metros hasta caer derribado y quedar de rodillas.
Sujeto A aferra el arma con ambas manos. Al encontrarse juntas el temblor parece potenciarse aún más. Lentamente extiende sus brazos en el aire y exhala por su boca un extendido suspiro color blanco. Lleva el dedo índice al gatillo en el mismo momento en que algo parece distraerlo y voltea su cabeza hacia una casilla próxima.
Tiene incertidumbre, percibe que algo está sucediendo allá afuera. Sujeto C enciende las luces de su casa. Con su libro en mano se dirige junto a la ventana. Se ubica detrás del cortinado para poder saber qué ocurre. Sin darse cuenta del peligro al que se exponía.
Sujeto A continúa con sus brazos extendidos manteniendo su dedo sobre el gatillo del arma. Observa con inquietud la silueta del aquel hombre que se encuentra a muy escasos metros observando la escena. Algo de lo que no estaba planeado.
Se continúa escuchando un leve sollozo por debajo de la capucha. Sujeto B continúa de rodillas, sin poder ver y sin entender lo que pasa. La demora no hace más que acrecentar su tortuosa espera. Su cabeza cubierta no deja de experimentar un sacudido temblor. Lo sabe, no tiene ninguna duda de que se acerca su muerte; sin poder verla llegar.
El sujeto C, quien hasta hace pocos minutos se encontraba leyendo plácidamente un libro, ahora se encuentra de alguna manera involucrado en un posible homicidio. Corre las cortinas y abre su ventana. Parece no temer y afrontar su nuevo rol de testigo.
Con una mirada sumamente impaciente no sabe cómo responder al imprevisto. Sujeto A analiza a sus dos adversarios. Si mediar palabra, los observa a uno y a otro irritado, sin bajar el arma.
Sujeto B sigue sin entender qué es lo que sucede. La espera ya le es insostenible, decide romper el silencio con una fingida carcajada diciendo:
¿Qué sucede? ¿No tenés las agallas para hacerlo? Hazlo de una vez...
Desde la ventana el sujeto C continúa impávido, inamovible.
El sujeto A parece haber tomado una decisión, decide cargar el arma. Luego el accionar del gatillo.
Un llanto desgarrador detrás de la capucha y el sonido del disparo. Una perforación ensangrentada sobre la tela negra que lo cubría.
Un segundo disparo sobre el sujeto C lo desploma. Queda tendido junto a su libro.
Antes de marcharse algo lo lleva al sujeto A a ingresar en la casilla. En su interior encuentra tendido el cadáver, y junto a éste un libro. Al abrirlo su rostro fue de un punzante estupor.
Se encuentra sentado dentro del coche. Mientras con su mano izquierda sostiene el libro, su derecha se posa sobre las hojas ensangrentadas. Las yemas de sus manos recorren los bajorrelieves de las palabras cecografiadas. Suavemente sus dedos se deslizan mientras la percepción de su tacto parece sensibilizarlo. Era la primera vez que posaba sus dedos sobre un sistema braille. No recordaba haberlo hecho nunca.
Aún estupefacto, el sujeto A enciende el motor y se marcha del lugar dejando dos muertes a oscuras...
Nota: seudónimo Marcus Jowen. Autor Claudio Damián Marcucci (Rosario), primer premio género cuento en el concurso literario “Elda Massoni”, 2013, de ERA.