Por Henry Altare. - Todos los años celebraban la Pascua en familia. Los abuelos eran los encargados de comprar y regalar los huevos de chocolate. Los chicos tenían que hacerle cartitas y dibujos a todos los adultos. Los padres se encargaban de que todo estuviera perfecto, ellos tenían que encargarse de preparar la mesa y la comida. Para esa ocasión la madre se lució con una entrada fría de lujo y con un postre que hacía tiempo no comían, un flan casero espectacular. Como el padre era el encargado del plato principal decidió hacer cordero a dos fuegos.
Cuando se sentaron a la mesa el domingo al mediodía la más chiquita, con una sonrisa tierna y pícara al mismo tiempo, sorprendió a todos diciendo: ¿quién va a bendecir la mesa?
Los abuelos se asombraron y dijeron: nosotros estamos de visita, tendría que hacerlo alguien de casa.
La madre dijo rápido: ¿de dónde sacaste eso? Yo no tengo idea cómo hacerlo.
Los hermanos más grandes dijeron: ¿qué es la Pascua?
El padre comenzó a recordar lo que le habían contado de chico. Lo tenía grabado en la mente como si hubiera sido ayer que lo había escuchado. Y aunque era un hombre de pocas palabras, comenzó a contar la historia como el mejor narrador.
Hace mucho tiempo un pueblo estaba sufriendo porque lo tenían esclavizado. Los hacían trabajar muchísimo y hasta les obligaban a matar a sus bebés recién nacidos. Este pueblo pidió desesperadamente la ayuda de Dios y Dios les dio libertad. La última noche de esclavitud todas las familias de ese pueblo tenían que matar un corderito, cocinarlo y comerlo dentro de sus casas, sin salir afuera. Esa noche iba a ser muy especial. Tenían que pintar con la sangre del corderito, como si fuera una pintura, el marco de la puerta de sus casas. Esa noche, un ángel pasaría por todo el territorio castigando los hogares que no tuvieran pintado con la sangre del corderito el marco de la puerta, pero pasaría de largo el hogar de los que sí lo habían pintado.
Interrumpió la madre: ¿vamos a apurarnos que hay hambre?
El hermano mayor preguntó: ¿y eso qué tiene que ver con nosotros?
El padre se emocionó y respondió: alguien tuvo que derramar su sangre para salvar nuestra familia. ¿Cómo dijiste? Dijo la abuela.
Jesús, el hijo de Dios, vino a morir como un corderito para que nosotros seamos perdonados y en la cruz derramó su sangre para que nosotros no seamos castigados.
Así que, hoy le vamos a pedir que salve nuestra familia y le vamos a agradecer por darnos libertad.
¿Libertad de qué? Volvió a decir el hermano mayor.
Hay algo que se adueña de nuestra mente y corazón y que nos aleja de Dios y de los demás. Como si fuera poco nos lleva a tratarnos mal y a tomar decisiones equivocadas. Contestó el padre.
Sólo hay un remedio para tener perdón y recuperar la libertad, y ese es Jesús. Continuó el padre diciendo: tanto nos ama Dios que entregó a su Hijo para que todo aquel que cree en él no se pierda y tenga vida eterna. Qué bueno!!! Dijo la abuela, y siguió diciendo: la verdad que le tengo un poco de miedo a la muerte y cuando me hablan de vida eterna me da esperanza.
Volvió a hablar la más pequeña: qué bueno es vivir para siempre y conocer al que se entregó en la cruz por nosotros, la verdad que me encanta el chocolate, pero este regalo que nos da Dios es mucho más dulce. Todos coincidieron con ella y tomados de la mano, rodeando la mesa, dijeron: gracias por venir a salvarnos, perdón por olvidarnos de algo tan importante, te damos gracias por tu amor.
Después se dieron un beso entre lágrimas y comenzaron a comer. Fue una Pascua inolvidable.
También puede serlo para vos y tu familia.
“Porque Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (San Juan 3:17).
El autor es pastor de la Iglesia El Refugio.