Antes llegaban solamente los bien elegidos. Esos artistas a quienes les tocaba el lugar destacado de reconocimiento por los designios del destino al recibir el beneplácito del público que los consagraba sin que se lo proponga algún premio estipulado de antemano. Todo era más natural y genuino, pareciera. Ahora da la sensación de que está pautado previamente. Esta edición le toca a fulano porque el año pasado lo obtuvo mengano y perengano ya lo recibió antes. Con el paso de los festivales se sumaron las productoras artísticas y las empresas discográficas indicando por dónde debía ir la cuestión. Y se desvirtuó como es lógico. Ya dejó de llegar a la exposición masiva el mejor, porque los inferiores venían apadrinados y podían más que los demás. Y los medios de comunicación, inflaban historias y realidades. No importaba la calidad sino la audacia de querer ser a cualquier precio -literalmente hablando- lo que permitió que cualquiera -no estamos diciendo “todos” sino cualquiera, que no es lo mismo- llegaran al disco o tuvieran una gran empresa detrás que le permitía lo impensado con tal de ver el éxito. La cuestión era instalarse en la vidriera irrespetuosa que canta el discepoleano Cambalache. Tiempos distintos a los que nos cuenta Roberto Chavero -el Coya- hijo de Atahualpa Yupanqui cuando lo entrevistamos, de cómo vivió la popularidad en familia: “La exposición no era lo que hoy para los artistas. No había televisión. Y cuando la hubo no generó en casa una expectativa por esa situación. Se vivía como algo natural, no como algo extraordinario. En casa mis padres le daban importancia a otras cosas. No existía el concepto de ‘carrera’ artística, de éxito. Cualquier cosa fuera del arte o del pensamiento profundo representaba algo banal. Mi padre agradecía los premios y reconocimientos pero todos estaban guardados en los placares y en los cajones del escritorio. La popularidad no era un objetivo. Esto le permitía andar por las calles como cualquier persona, tomar colectivos, andar en subte, etcétera”. Hoy la parafernalia de la tecnología nos lleva a la confusión de lo espectacular que poco tiene que ver con la entrega del artista. Menos aún que esa actitud reemplace la autenticidad de su oferta. No debe ser el mejor camino aquel que nos lleve a la desorientación. Cuál es el sentido de llegar con una propuesta similar a las demás, más de lo mismo, sin otro valor agregado que la espectacularidad con distractores de contenido efímero. Se corre mucho y frenéticamente por los escenarios, se gesticula demasiado y se canta poco la mayoría de las veces, menos es que se interpreta, desde ya. “Ser un artista para mí es otra cosa, que cautiva, que conmueve, es mucho más que ser un buen músico, es otra faceta” me dijo un día Perla Argentina Aguirre. Hay que valorar y respetar al público, ofreciendo algo genuino, auténtico y original con contenido de verdad. Cuanto más se cumplan esos valores, más perdurará la trascendencia. Y de eso también deben dedicarse algunos minutos para reflexionar los cantores y los músicos populares que están desesperados por ser famosos. Y no se dieron cuenta todavía que la fama es puro cuento.
Raúl Vigini