"Por lo que debemos luchar ahora es por la unidad de todos los argentinos". La frase, sacada de un contexto que tuvo mucho más de mensaje proselitista que de la verdadera esencia de la exhortación, fue pronunciada por la presidenta Cristina Kirchner el miércoles pasado en el Luna Park, en ocasión del lanzamiento de la corriente del campo kirchnerista que tiene al frente al ministro Julián Domínguez, quien de paso, buscó posicionarse para alguna candidatura de las que aún deben definirse dentro del oficialismo, y que comenzarán a caer como perlas de un collar una vez que la propia Cristina confirme su postulación. Según dicen, Domínguez podría ser impuesto a Scioli como vice en el fórmula bonaerense, o bien algunos más aventurados arriesgan que podría estar acompañando en la dupla presidencial.
Pero bueno, se trata al fin y al cabo de algunas cuestiones muy en boga por estos días, ya que en todos los niveles se está trabajando por lo mismo, buscar estrategias, alianzas, acuerdos, pero por sobre todas las cosas, tratar de afianzar candidaturas. Claro, cada uno la propia, y si es dentro de un plano que tenga escasos riesgos para el objetivo, muchísimo mejor.
Lo que en realidad nos dejó pensando, como muchos suponemos, fue este llamado a la unidad de la Presidenta. Además de las palabras encomilladas, argumentó con elementos irrefutables, recordando que siempre que "los argentinos estuvimos desunidos, nos ganó la frustración, el desorden, en definitiva el fracaso". Y es cierto, la aspiración es válida y confortable si es que tiene un sentido que va más allá de lo electoral, algo difícil de discernir en estos tiempos de tanta bambolla electoralista.
Es que, por un lado tenemos entonces la propuesta válida, pero por el otro aparece la aspiración hegemónica que avanza desde todos los flancos. Si la unidad es sostenida con libertad, disenso, diálogo e intercambio de ideas, bueno, estamos en un camino transible. Pero si en cambio la unidad consiste en alinearse lisa y llanamente con el pensamiento único que está imponiendo el kirchnerismo, entonces todo es muy diferente. Tal vez haya que esperar algunas nuevas apreciaciones, y más que eso acciones, para ir definiendo de qué se trata.
La verdad es que tanto el pasado reciente, como el presente -no aventuramos a convocar el futuro- no son muy halagadores que digamos. Ahí tenemos, como claro ejemplo, el avance ante las empresas, la enorme presión sobre los medios -aun cuando la libertad de expresión no se encuentre comprometida-, el control sobre muchos estamentos de la justicia, por mencionar apenas algunos. Hace pocos días nos anoticiamos de la puesta en vigencia en 45.000 escuelas del país de 350.000 ejemplares de un manual "educativo" contra el campo, por su directa participación contra el medio ambiente, apuntando a la sojización como causante del deterioro ecológico.
En realidad, cosas como estas sorprenden de manera grosera, tal como si estuvieran destinadas a aleccionar a los chicos contra el campo, como causante de algunos de nuestros males. Si vamos por la parte económica, tal vez se esté olvidando el Gobierno que esta bonanza que le permite moverse con solvencia financiera, tiene que ver en gran medida con los recursos que vienen desde el campo; y si vamos al meollo de la cuestión, lo ecológico y mediomabiental, debemos recordar que es el Estado el que tiene todos los mecanismos para una regulación, de modo especial es el desmonte y la deforestación.
Veamos el caso de Salta, donde hace poco el gobernador Urtubey ganó por amplísimo margen. Nunca hubo deforestación como en estos últimos años, o tal vez debamos recordar la tragedia de Tartagal, donde el desmonte de las laderas de las montañas produjo una catástrofe. No es cuestión de culpar a los agricultores, que tal vez responsabilidad también tengan, pero para frenar este avance, el Estado tiene todo en sus manos para hacerlo.
Pero si aún tratamos de ampliar un poco más en esto del medioambiente y la deficitaria participación del Estado, no debería dejarse de recordar el veto presidencial a la ley de glaciares, el libre albedrío de la minería a cielo abierto -esa misma que se lleva montañas enteras hacia el exterior, como vemos en trenes que pasan por aquí en Rafaela y que vienen desde "La alumbrera" con destino al puerto-, o el escaso cuidado de los cursos de agua, donde con citar el Riachuelo basta y sobra, ya que ni la Corte puede hacer cumplir compromisos asumidos. Aspectos que, sin duda, son aún más graves que la sojización.