Economía

Viajar con hijos de vacaciones: una inversión que no figura en el Excel

A LA PLAYA. A veces, ir de vacaciones con los chicos no tiene precio por la felicidad que genera.
Crédito: FOTO ARCHIVO

Por Guillermo Briggiler

Durante años, viajar fue presentado como un premio individual para el descanso, el consumo y un escape de la rutina. En esa lógica, los hijos aparecieron muchas veces como un “costo adicional”: más gastos, menos comodidad, menos libertad. Sin embargo, los invitamos a repensar el viaje no como gasto, sino como inversión. Y no cualquier inversión sino una que no cotiza en mercados pero rinde a largo plazo. No rinde dinero, pero vale la pena.

Desde una mirada económica clásica, viajar con chicos parece ineficiente. Se gasta más, se descansa menos y se resigna optimización. Como dice un amigo en broma, gastas el doble y te divertís la mitad, ja! Pero la economía moderna ya no mide solo flujos monetarios. Mide capital humano, capital social y capital emocional. Y es ahí donde el viaje familiar empieza a mostrar retornos invisibles, pero reales.

Viajar con hijos es una forma concreta de inversión en capital humano. Los chicos aprenden fuera del aula materias como geografía vivida, historia tangible, diversidad cultural, adaptación al cambio. Aprenden a esperar, a compartir, a resolver imprevistos. Son habilidades blandas que ningún sistema educativo logra transmitir del todo y que, sin embargo, el mercado laboral del futuro valora cada vez más.

También hay una inversión clara en capital social. Las experiencias compartidas fortalecen vínculos, construyen confianza y generan memoria común. En términos económicos, una familia con lazos sólidos es una unidad más resiliente frente a crisis, cambios de ingresos o incertidumbre. Donde hay confianza, hay menor costo de conflicto. Y eso, aunque no figure en ningún presupuesto, tiene impacto real.

El tercer retorno es emocional. Viajar con hijos crea recuerdos que funcionan como activos intangibles. En contextos de estrés económico, esos recuerdos amortiguan frustraciones y sostienen proyectos. No es casual que, en épocas de restricción, muchas familias ajusten en bienes durables pero intenten preservar al menos una experiencia compartida. Intuitivamente, saben que ahí hay valor.

Este enfoque también interpela al turismo como sector económico. El turismo familiar no es solo hotelería con camas extra. También es infraestructura, servicios, transporte y propuestas pensadas para la convivencia intergeneracional. Es un turismo menos ostentoso, pero más estable y menos volátil. Menos ligado al lujo y más al sentido.

Viajar con hijos, además, introduce una ética económica distinta. Obliga a desacelerar, a planificar, a priorizar. Cambia la lógica del “todo ahora” por la del “esto vale porque lo vivimos juntos”. En un mundo dominado por la inmediatez, esa es una decisión profundamente contracultural.

Tal vez el mayor aporte de este tipo de mensajes no sea turístico, sino económico en sentido amplio: recordar que no todo lo valioso se mide en dólares, pero todo lo verdaderamente valioso termina impactando en cómo una sociedad produce, ahorra, consume y proyecta su futuro.

Viajar con hijos no es un lujo irracional ni una concesión emocional. Es una apuesta de largo plazo. Una de esas inversiones silenciosas que no garantizan rentabilidad inmediata pero que explican, años después, por qué algunas personas y algunas comunidades logran sostenerse mejor cuando el contexto se vuelve adverso.

Al final, gastás más, pero te divertís el doble y generás activos intangibles para el futuro propio y de los miembros de la familia.

#BuenaSaludFinanciera

@ElcontadorB

@GuilleBriggiler

Autor: 482384|

Estás navegando la versión AMP

Leé la nota completa en la web