Hallábase Alberdi, compartiendo un café, con su amigo José Guerrico, cuando de pronto aparece San Martín, sombrero en la mano, con la modestia de un hombre común. Fue en París el 1 de septiembre de 1843.
A partir de entonces, nos deja Alberdi una descripción de aquel hombre que era "la patria caminando" y dice: "Yo le creía un indio como tantas veces me lo habían pintado y no es más que un hombre de color moreno, más bien delgado, sus cabellos blancos, no usa patilla ni bigote, sus ojos aún llenos del fuego de la juventud".
Me llamó la atención el metal de su voz, notablemente gruesa y varonil; habla, sigue Alberdi, como nosotros hombres de América.
A los pocos días de aquel primer encuentro, recibe Alberdi la invitación para pasar un día en la casa de campo del General en Grand Bourg, a 17 km de París, allá fue en tren y relata que sería uno de los días más importantes de su vida; diciéndole entre otras cosas que se retiró a la vida obscura, dejando a su colega Bolívar, la obra que él casi había llevado a su fin, que era la destrucción total del poder militar de los españoles en América.
Sigue el relato de Alberdi, diciendo que a su pecho sembrado de escudos, cabe agregarle el de la "modestia", no hay ejemplo que el General haya facilitado datos ni notas para servir a redacciones que hubieran podido serles muy honrosas, prefirió siempre "la modestia".
El Rey de Francia, insistió por todos los medios para que lo visitara en su Palacio, pero aquel hombre rechazó la invitación; sostenía que nada tiene que hacer con los reyes, no ambicionaba distinciones humanas.
Alberdi termina su crónica escrita varios años después de los hechos, contándonos como el General San Martín recuerda con precisión y cariño a su Patria y cierra con una cita que dice: "Felizmente el pasado no muere jamás para el hombre, bien puede olvidarlo, pero él lo guarda siempre en sí mismo".
En síntesis fueron charlas, del uno el genio "militar y patriótico", y el otro el genio "instrumental y político".
Extractado de la revista "Viva", que me fue suministrado por mi gran amigo don Gerardo Piedrabuena.