Por Agostina Belén Ferrero.- Pocos momentos han maravillado mi vida como ese 11 de febrero de 2015. Llego a la puerta Santa Ana con el grupo que acompañaba y hablo con el guardia, luego de una búsqueda en su lista, dice a otro seguridad: “Dale nueve blancas”.
Dentro de mí pensé, que será eso de las nueve blancas, dónde estaré ubicada, seguro las autoridades serán quienes estén cerca, espero poder verlo pasar, todos esos fueron mis pensamientos en esos mágicos segundos en el que el personal hablaba.
Luego ingresé por un pasillo de grandes dimensiones donde nos esperaba una persona, muy amable y simpática, era monseñor Guillermo Karcher, el secretario del Papa, una persona sencilla y totalmente predispuesta.
Al llegar, nos nombró inmediatamente y nos tocó pasar por dentro de San Pedro, una sala hermosa, llena de luz y de paz. Después de salir de allí nos dirigimos a la Plaza San Pedro, imponente siempre, pero vista desde adentro de esas hermosas puertas era aún más bella.
Cuando nos acomodamos en nuestros lugares, la sorpresa fue aún más increíble, nos tocó un lugar privilegiado, primera fila al lado de donde él estaría, ubicadas en las pocas sillas que rodeaban el lugar donde el Papa se ubicaría.
Comenzó la audiencia, imponente San Pedro con sus miles y miles de fieles, yo ahí sorprendida, feliz. Al finalizar la audiencia quise entregar unas cartas que me habían pedido que lleve y unos objetos personales y me responden que podía dárselas al mismo papa Francisco en mano.
Los minutos posteriores fueron únicos, imposible de explicar la sensación que se siente poder hablar con él, si bien hace dos años había podido estar al lado del pasillo donde pasó con su papa móvil y la experiencia fue inolvidable, poder tocar su mano y que te dé la bendición, es algo prodigioso que no olvidaré.
Francisco es un ser magnífico, especial, un verdadero regalo de Dios, siempre sonriente, sin fatigarse por saludar a miles de feligreses, pidió a cada uno que recemos por él.
Una experiencia insuperable, el solo hecho de pensar que es la persona más importante en el mundo de la Iglesia Católica, y a su vez alguien tan nuestro, tan simple, a quien hace unos años se podía ver caminando por las calles de Buenos Aires, verdaderamente hizo que sea una vivencia aún más asombrosa y sentida. Esto indudablemente quedará guardado en mi corazón por siempre.
La autora vive en la ciudad de Sunchales.