Por Analía Ojeda
La apuesta. Destacables la formación y convicción de Conatus Group, integrado por Daiana Albanesi, Federico Boero, Fátima Beltramone, Valeria Diaz, Sahira Fontanetto, César Maldonado y Mariana Scándalo. En esta obra-debut retoman, con fresco coraje, una pieza de Bertolt Brecht, “Terror y miseria del Tercer Reich” (1938), que trabajaron en su formación en la EMAE. Jóvenes con la audaz propuesta de recuperar el teatro del distanciamiento, ese que invita al espectador a entrar y salir críticamente de los engranajes de la máquina teatral. De la máquina del sistema (ese, este). Del texto al mundo y del mundo al texto. No sin tensiones. No sin esquirlas.
La advertencia. Acertada elección del espacio escénico: la vieja usina del pueblo. En la entrada, formar fila para ser marcados en la mano con un sello numérico, despejarse de esa marca con conversaciones tibias que condensan la espera a la intemperie. Ser llamados por la voz y el cuerpo de fajina de una actriz: nos anticipa que esto es una obra de teatro; que Brecht (sin reclamar derechos de autor pero sí los del espectador) los inspira; que vamos a ser expuestos a escenas de dolor, crueldad, miseria (¿adentro, afuera?). Podemos avanzar, podemos retirarnos, pero debemos movilizarnos. El artificio se revela porque la rebelión espera. De fondo, la imponente fachada de la “Sala de máquinas” (el cartel en letras de molde, pálido y amurado, nos mira en contrapicado).
La ocupación. Si decidimos entrar, se dispara un montaje situado de olores, ruidos y silencios que se imponen por sí mismos. Abordamos una máquina del tiempo. Una usina de sensaciones despierta a la conciencia desde el “extrañamiento”. La obra fragmentada en micro territorios escénicos (un hallazgo de los actores el modo de intervención de cada espacio-cuadro en la increíble sala de máquinas) nos dirige marcialmente por un extenso recorrido de viñetas en movimiento. Somos los conducidos a las ordenadas formas del horror, la humillación, la indignidad, el cinismo, la explotación de los sujetos parlantes o silenciados. Somos los observadores sitiados por los despojos de la modernidad, cuadros vivos dentro de cuadros ardidos. Somos los sorteados para no dejar de ver.
Los procedimientos brechtianos pellizcan las percepciones, nos reclaman lucidez y posicionamiento: actores que se expresan en verso (la historia como ese relato iterativo que se descompone, esa pesadilla reincidente de la que no podemos despertar), interpelaciones directas al público, narradores alternos que nos guían (o vigilan los escondites del cuerpo, de la mirada), gestos-estertores repetidos, incisiva iluminación, audios y música como sirenas acuciantes (estremecedora decisión con “Welcome to the machine”, por Pink Floyd, hacia el final), carteles realistas y una pantalla hacia el país del “Nunca Jamás” en latente detonación, vestuario y cuerpos-objetos alineados, alienados. La memoria cruje.
La resistencia. Valorar el compromiso de estos jóvenes actores locales que hicieron de su formación en la EMAE una plataforma para la continuidad del hacer teatral, aquí y ahora. Sostener las condiciones de producción con políticas públicas. Poner en tensión aún las tensiones que ellos dejaron intermitentes en la maquinaria de la puesta en escena. Atravesar la “sala de máquinas” y salir un poco más humanos. O, tal vez, demasiado humanos.