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"Zapatitos de charol..."

ROMA (Por Marianela Grazioli). - Durante el verano italiano los pequeños pueblos de la región de Campagna celebran a sus santos: hacen procesiones, grandes cenas, espectáculos musicales, en fin, nada fuera de lo común en estas fiestas. Por eso, unas semanas atrás cuando mi novio me invitó a la fiesta de Campagna (un pueblo de 16.000 habitantes sobre una montaña) no acepté precisamente con entusiasmo. 

Tres kilómetros antes de llegar al pueblo un guarda de tránsito nos hace saber que las calles están cerradas al paso vehicular y que, por lo tanto, tendremos que caminar o subir a un bus municipal si queremos arribar a destino. Yo tengo puestos mis mejores zapatos, que no son por supuesto los más cómodos, por lo que ni considero la posibilidad de subir la montaña caminando. Miro seriamente a mi compañero desalentando la aventura de subir a pie y seguidamente nos sumamos a la fila de personas en la parada del colectivo. A mi alrededor hay una multitud de gente de todo tipo: grandes, niños, familias, grupos de amigos, todos de otras localidades, impacientes por llegar al evento. Bajo la mirada, me aseguro de que mis zapatitos sigan impecables y noto de pronto que los demás calzan ojotas y viejas sandalias. Me parece extraño, algo no cuadra, pero no me preocupa en absoluto.

Ya en el centro de Campagna, bajamos del colectivo y empezamos a seguir la corriente de transeúntes que se desesperan y empujan para pasar. ¿Qué nos espera? ¿Qué puede haber tan especial en una fiesta de éstas? Doblando en una esquina del centro histórico se nos aparece la calle principal llena de luces, la música brota desde no sé dónde, la gente baila sin escrúpulos, los pequeños juegan en la feria. Nos apresuramos para adentrarnos en el corazón de la fiesta. Es una algarabía, la gente está contenta y aunque no se conocen se comportan como familia o amigos de toda la vida. La noche es de todos colores, perfuma de algodón de azúcar y carne asada y las risas acompañan el fondo musical. Hay globos, autitos chocadores, hasta un toro mecánico. Caminamos siguiendo la caravana que destila una energía mágica. Me siento plenamente feliz de haber venido, de ser una minúscula parte de esta celebración que parece salida de un cuento con la que no había previsto encontrarme.

Los zapatos me molestan, de hecho me duelen tanto los pies que sugiero que nos detengamos un rato con la excusa de comer algo en un puesto ambulante de esos que deleitan con comidas típicas de la zona. Nos damos un banquete: bocconcini di mozzarella di buffala, porchetta y medio litro de la ancestral falanghina que es más noble que el pan. Se hizo medianoche, mi novio me pide que lo acompañe a tomar una copita de grappa al bar central y yo lo sigo. Entonces, he aquí el milagro: la calle principal está inundada, ¡hay diez centímetros de agua helada que corre por la Via del Corso! Cada año desvían el curso del río Tenza para esta celebración y los transeúntes chapotean al ritmo de la música, aplauden y cantan mientras el agua lava y bendice las calles de Campagna. Me uno a ellos sin titubear, es un espectáculo maravilloso. Parece una alabanza a la pureza del agua que nos da vida, que riega las cosechas, que refresca y que nos quita la sed.

Después de bailar una hora con los pies sumergidos me viene en mente que llevo mis zapatos mejores, pero ya es tarde, están arruinados. Nos hemos divertido tanto que ni siquiera me lamento. Como dice mi abuela, “zapatitos de charol, no para el agua ni para el sol”. Valió la pena haberlos ahogado y destruido porque lo que importa no son los zapatos sino por dónde caminamos.

Autor: REDACCION

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