Por Néstor Clivati
Escribo estas primeras notas de mi bitácora de viaje desde Miami Beach, una de las sedes del Mundial más grande de todos los tiempos, al menos desde las estadísticas: nunca antes la FIFA propuso un cupo de 48 selecciones, para disputar 104 partidos, distribuidos en 3 países que juntos, conforman el continente Norte de América, con 1.248 jugadores habilitados y los mejores estadios del planeta fútbol.
No parecen enterados los habitantes de esta exclusiva zona, donde sobresale la mítica mansión que perteneció a Gianni Versace, en Ocean Drive, hoy convertido en un hotel de lujo; tampoco los viajeros que eligen la Florida para sumergirse en las turquesas aguas del Mar Caribe, aunque por estos días el sargazo las desluzca, obligando a todos solamente, a entregarse al sol de época.
Pocos se manifiestan “futbolizados”
Sin embargo en una región que desborda por las corrientes inmigratorias, mayoritariamente centroamericanas, la expectativa por los partidos que en el espectacular estadio Hard Rock, escenario de una reciente vuelta olímpica de La Scaloneta tras ganarle la final en la última edición de la Copa América a Colombia y con el aditamento de ser la ciudad que eligió Leo Messi para terminar su carrera deportiva, nada parece igual a las indiferencias de ese primer Mundial jugado en estas tierras hace más de 30 años.
Me trae Gustavo, un cubano chofer de Uber desde el aeropuerto que aporta sus propias reflexiones sobre el Mundial y el fútbol. “Hay un antes y un después de Messi no solo en esta ciudad sino, en todo Estados Unidos para el futbol de este país; yo me hice fan del Barcelona por Leo y ahora, lo tengo aquí a la vuelta de la esquina, no lo puedo creer, se admira su nobleza, es un caballero y aquí esos gestos son mas valorados que sus condiciones para jugar este deporte”, comentó al volante del auto mientras avanzaba por las calles de Miami.
Dije para mí, el Mundial ya se está jugando aunque no lo veamos reflejado en la rutina de esta metrópolis y de su gente, aparentemente, ocupada en temas mas personales y menos frívolos, si es que el fútbol ya los empieza a conquistar, en un viaje sin regreso.
El partido inaugural y la leyenda de Diego
Todo comenzara esta tarde en el estadio Azteca, allí hace 4 décadas, fuimos felices, eternamente felices y Diego Maradona alcanzó el paroxismo en una gesta deportiva de relieves irrepetibles, en una época de pasiones exacerbadas y códigos futboleros que poco tienen que ver con los tiempos modernos.
En ese gigante supimos de batallas con connotaciones políticas de fondo, a punto tal que se convertirían con el correr del tiempo, en leyendas del deporte de todos los tiempos.
Nada más extraordinario e impactante volvió a suceder en ese terreno de juego, allí se quedaron para siempre las corridas de Valdano y Burruchaga; el frentazo del Tata Brown, la “asistencia’ del Negro Enrique y las ofensas de Diego, al reglamento primero y a los humanos, después.
En esta oportunidad el seleccionado local se enfrentará a Sudáfrica, en uno de los tantos partidos de escaso relieve que tiene un torneo armado con el apetito voraz de los brutales negocios al que marketing empuja, convirtiendo a esta edición, en un canibalismo de generoso espectro.
Aun así y a pesar de estos excesos, aquí estamos para hacernos cargo de esa pasión llamada fútbol y de nuestra propia historia de cronista de los últimos mundiales, disputados en todos los continentes y con la albiceleste con bandera de motivación.
(*) Periodista acreditado por LA OPINIÓN en el Mundial 2026 Estados Unidos, México y Canadá