Por Nicolas Bordón
El cuerpo a veces avisa. Otras veces, directamente irrumpe. Sin margen, sin tiempo, sin explicación. En la rutina de un viaje más, con la cabeza puesta en el partido, Matías Ferlini pasó de ser un futbolista concentrado en competir a convertirse en paciente en cuestión de minutos. “Estábamos viajando hacia Las Parejas y me empezó a doler mucho la cabeza, cada vez más fuerte. Primero en la sien y después se fue hacia atrás, ya era insoportable”, recuerda. Lo que parecía un malestar se transformó en alarma cuando intentó hacer algo cotidiano. “Quise agarrar una botella de agua y no podía. Me empezó a fallar la mano. Y cuando quise avisarle a un compañero, la lengua no me respondía, no podía hablar bien”. La escena, ya fuera de control, se completó con otra señal inquietante: “Cuando frenamos y quise bajar del colectivo, también me fallaba la pierna. Ahí ya me tuvieron que ayudar”. Lo que siguió fue una secuencia donde cada decisión importó. Y donde la medicina, cuando funciona, puede cambiarlo todo.
El momento crítico y la intervención a tiempo
El episodio avanzó con rapidez. La delegación detuvo el viaje y Matias fue asistido de forma urgente en el hospital de Las Parejas. Pero lo determinante ocurrió después. La sospecha de que no se trataba de algo habitual activó un protocolo que terminaría siendo decisivo.
“Cuando me empezaron a contar los síntomas, no me quedé tranquilo. Se activó la comunicación con el Sanatorio Nosti y se decidió el traslado inmediato en un vehículo particular para ganar tiempo”, explica Matías Marengo, coordinador médico de 9 de Julio. Esa decisión marcó un punto de inflexión.
“Me atendieron apenas llegué. Pasé por guardia y enseguida empezaron con los estudios. La atención fue muy buena desde el primer momento, me tengo que sacar el sombrero”, dice Ferlini, ya con la perspectiva que da el tiempo y la recuperación.
En el Nosti se realizaron los estudios clave que permitieron descartar afecciones cardíacas y avanzar en el diagnóstico, en un cuadro donde cada minuto cuenta. La coordinación, la tecnología y el trabajo interdisciplinario hicieron la diferencia.
“No es casualidad. Hace años que trabajamos junto al sanatorio. Ahí es donde se engrana el profesionalismo con la tecnología. Esa combinación, más la comunicación, es fundamental en estos casos”, agrega Marengo.
La incertidumbre y la vuelta a empezar
Lo más impactante del relato de Matias no está solo en el episodio, sino en lo que vino después. Porque la gravedad no apareció de inmediato, sino de forma progresiva, a medida que avanzaban los estudios y las preguntas. “Nunca tomé dimensión de lo que me estaba pasando. Ni en el momento, ni cuando ya estaba internado en Rafaela”, admite.
Pero una vez que el cuadro comenzó a estabilizarse, algo cambió. La preocupación dejó de ser difusa y empezó a tomar forma concreta. Y en ese proceso, emergió con fuerza la identidad del deportista. “Desde el minuto cero mi cabeza pensaba en cuándo podía volver a jugar. Era lo único que se me venía”, cuenta.
“Al principio nadie sabía decirme bien qué había pasado o de dónde venía el problema. Eso te genera incertidumbre. Pero yo traté de enfocarme en la salud, en ir paso a paso”.
El camino no fue inmediato. Hubo estudios, controles y la necesidad de descartar múltiples posibles causas. Cada instancia abría una nueva expectativa, pero también exigía paciencia. “Una vez que se empezaron a descartar cosas, me fui quedando más tranquilo. Ahí ya entendí que lo primero era recuperarme bien, y que lo otro iba a llegar solo”, explica.
La etapa final del proceso incluyó una interconsulta con un especialista en Rosario. Allí, finalmente, llegó la confirmación que esperaba: no había secuelas neurológicas ni cardíacas que le impidieran volver. “Cuando me dieron el alta fue una felicidad enorme. Después de todo lo que había pasado, poder volver a entrenar es algo que valoro muchísimo más”.
El valor de la red que sostiene
En paralelo al trabajo médico, hubo otro factor que Matias no duda en señalar como determinante: el acompañamiento.
“El club fue lo más importante. Nunca me soltaron la mano. Estuvieron en todo momento. Y la familia, que está siempre, también fue clave”.
Desde el área médica del club, esa lógica no es casual. “La salud no es un gasto, es una inversión. El club hace tiempo que trabaja en prevención y en articulación con instituciones como el Sanatorio Nosti”, sostiene Marengo, marcando una línea que trasciende el caso puntual.
Una historia que deja una advertencia
Más allá del impacto del caso, lo que queda es una enseñanza concreta. No desde el dramatismo, sino desde la experiencia vivida. “Se puede confiar 100% en los profesionales. Estuvieron siempre al pie del cañón. Y lo más importante es priorizar la salud. Después de algo así, uno aprende a valorar mucho más todo. Poder volver a entrenar, volver a estar con el equipo, hacer lo que me gusta… hoy lo vivo de otra manera”, resume Matias.
En esa recuperación hace mella la reconstrucción de una normalidad que ya no es la misma. Volver a jugar, en su caso, no es solo regresar a una cancha, sino recuperar una parte central de su identidad. Desde una mirada más amplia, experiencias como esta reafirman lo que Robert Castel señalaba en “La inseguridad social” (2004): la importancia de las redes de sostén frente a situaciones imprevistas. Cuando esas redes como la respuesta médica, la institución y el entorno funcionan, el desenlace puede ser otro. El Matías que volvió no es el mismo. Hay en esa vuelta una transformación silenciosa: la de alguien que, después de estar al límite, resignifica su presente y aprende a habitarlo de otra manera.