Por Víctor Hugo Fux
En mi primer viaje a Nueva York, compartiendo una salida grupal de Jachi Tour, me alojé en el Hotel Pennsylvania, que fue el más grande del mundo cuando se inauguró, en el año 1919.
Ubicado en la Séptima Avenida, frente al Madison Square Garden, mi intención de recorrer el estadio, tras haber realizado el check-in, se vio frustrada en esa oportunidad, en el mes de junio de 2011.
Los andamios y los típicos paños negros de plástico, delataban los trabajos de restauración que se venían ejecutando desde esa misma semana. Por estrictas cuestiones de seguridad, el ingreso estaba vedado.
Aquella vez, mi hoy amigo Carlos Becerra, un colombiano nacido en Medellín, coordinador de un city tour que nos permitió a todos los integrantes del grupo visitar los lugares más emblemáticos, se mostró generoso a la hora de repasar, con lujos de detalles, la riquísima historia del MSG.
"Estuvo en tres sedes diferentes antes de levantarse definitivamente en su actual emplazamiento", describió Carlos, para "dejármela picando". Creo que tras esa descripción, no pasó demasiado tiempo para que consulte toda la bibliografía disponible sobre un estadio reconocido mundialmente.
"Si alguna vez tengo el privilegio de regresar a la Gran Manzana, voy a saldar la deuda pendiente", le comenté. Desde ese día siempre se mantuvo viva esa ilusión.
El destino quiso, felizmente, que cinco años después pueda volver a "la ciudad que nunca duerme". Nueva York jamás deja de sorprender al visitante. En esta oportunidad, nuestra base operativa fue el Hotel Roosevelt, otro clásico, dentro de una impresionante oferta de alojamientos para todos los presupuestos.
Otra vez el city tour. Con el mismo recorrido y con Carlos nuevamente a cargo del grupo. La experiencia, no por repetida, dejó de ser atrapante. Siempre vale la pena recorrer Manhattan, su Central Park, la Quinta Avenida, Times Square, el Rockefeller Center, la Catedral St. Patrick, Chinatown o Little Italy.
Junto a otro gran amigo, Roberto Vacarone, con quien habíamos viajado a Sao Paulo para asistir a un Gran Premio de Fórmula 1 en Interlagos un par de años previos a esta salida, en una de nuestras tantas caminatas, nos dirigimos hacia aquel lugar que no había podido recorrer en mi anterior visita.
El Madison Square Garden nos esperaba, ahora sí con las puertas abiertas y la posibilidad de contratar un tour. Efectuamos las correspondientes reservas, en un trámite muy simple, pero debíamos aguardar unos 45 minutos para nuestro turno. Ese tiempo fue suficiente para compartir un almuerzo en un restaurante donde se preparan unas de las mejores pastas de la ciudad.
Luego de esa pausa gastronómica, regresamos para incorporamos a la hilera de una veintena de personas, que aguardaban para recorrer todas las entrañas del estadio, que ofrece comodidades a unas 20.000 personas.
Cada uno de sus niveles, en una visita que transcurre entre galerías de forma espiralada, impacta con sus recuerdos. En ese palacio de los deportes, Oscar Bonavena cruzó guantes con Muhammad Ali -el gran campeón que falleció, casualmente, el día que arribamos a Nueva York- y Carlos Monzón vapuleó a Tony Licata. En un lugar que varía su capacidad dependiendo de cada uno de los espectáculos que se programen, actuaron Sandro y Palito Ortega, por citar simplemente a compatriotas que dejaron sus huellas en el Garden.
Todos los números que se manejan son impactantes. Por ejemplo, una cámara frigorífica almacena más de dos mil barriles de cerveza, la bebida preferida de los americanos, que consumen entre de 20.000 y 30.000 litros en los juegos de la NBA, el hockey sobre hielo o los recitales.
Valió la pena esperar cinco años. Pero, lamentablemente, el recorrido pasó con tanta celeridad que nos quedó flotando la sensación que debió haber sido más extenso. Ese pensamiento se reforzó cuando antes de retomar nuestro contacto con la realidad exterior, pisamos en el hall las baldosas con los nombres de las estrellas que algunas vez brillaron en el MSG... al mejor estilo de Hollywood.
Después de un tour que se extendió por 60 minutos y de vivir una experiencia maravillosa, con la satisfacción de haber conocido un lugar icónico de la Gran Manzana, volvimos a mezclarnos con la multitud que se movilizaba a ritmo de vértigo por la Séptima Avenida. El sueño, esta vez, se hizo realidad.