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Información General Viernes 21 de Noviembre de 2014

100 velitas de María de Giordano

Nació en Presidente Roca. Estudió en el Colegio Misericordia con la hermana Fortunata. Vive en el barrio San Martín.

REDACCION

Por REDACCION

Hoy no es un día más en la vida María Magdalena Sara de Giordano porque cumple 100 años de vida, seguramente rodeada del afecto de sus familiares y amigos.

Vive en una casa del barrio San Martín y fue entrevistada por Elida Thiery en la sección "Rafaela y su gente" el 17 de noviembre de 2013, de donde se extrajeron los datos de esta mujer centenaria. 

Nació en Presidente Roca el 21 de noviembre de 1914, hija de Carlos Sara y Lucía Serra, en una familia con siete hermanos donde todos ayudaban en las tareas rurales, incluyendo el tambo.

“Nosotros vestíamos bien, con traje largo para ir al baile y capelina para ir a misa. Cuando yo era jovencita había lujo”, recuerda que para los días de fiesta o incluso para los encuentros de los fines de semana, donde lucía sus vestidos, de los cuales uno celeste era uno de los favoritos.

Luego de estudiar en el pueblo vecino, vino a Rafaela al Colegio Misericordia a completar su educación, en tiempos de la hermana Fortunata, a quien recuerda con cariño.

A los 22 años se casó con Andrés Giordano, con quien tuvo dos hijos, Nelvio Pedro y Norberto Andrés, para que con el paso de los años se convierta en abuela cinco veces y también tenga tres bisnietos. Andrés era su vecino en el pueblo, donde transcurrió también su juventud.

Esos años de matrimonio los vivió muy bien, con un buen marido, con quien iba a los típicos bailes de los pueblos, a disfrutar del ritmo de las diferentes bandas, eventos a los que llevaban a sus hijos también y convertían esos encuentros en acontecimientos familiares. Pero María enviudó a los 43 años y durante nueve meses siguió administrando el campo de su marido, para luego decidir quedarse a vivir en la casa de San Antonio, donde desarrolló su familia y se estableció hasta sus 80 años, cuando sus hijos la invitaron a mudarse a Rafaela. 

Su vida fue la costura. A los siete años empezó a aprender todas las labores, tejido a dos agujas, crochet y corte y confección, por la mañana en la escuela y por la tarde con otra monja, severa, pero que supo ofrecerle el oficio más valioso. “Mi vida fue coser y bordar”, dice.

Ella valora haber trabajado mucho, pero es lo que más le gustó. Trajes de novia, pero también la enseñanza a varias alumnas son lo que le quedó en el corazón como lo valioso de su legado, con el sistema Amongero. Ya no tiene aquella Singer que su papá le comprara a los 15 años, pero parece que mucho tiempo de cada jornada lo emplea en recordar vivencias de su juventud y de otros años, tantas ligadas a esas horas de trabajo, que la hicieron en su momento la modista de San Antonio.

A modo de consejo, María destaca que hay que vivir haciendo las cosas a gusto, que hay que formar una familia, pero sobre todo disfrutar de cada día.

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