Por Redacción
No hay ninguna duda y lo declaramos desde el inicio del artículo: la dosis de belleza que recibieron desde el comienzo del mundo las mujeres es abismalmente superior a la que recibió el hombre, quien debió conformarse -como máximo elogio- a que lo asimilen a un animal totalmente escaso de gracia y se diga de él livianamente que es como el oso, más hermoso cuanto más feo.
Ni siquiera va en su ayuda que, en cuanto a presencia en el mundo, indiscutiblemente se reconozca que tiene más antigüedad que la mujer, contradiciendo además el otro dicho, el que asegura que nunca las segundas partes fueron buenas.
Lo que también resulta palpablemente real es que los hombres, acostumbrados a esta situación de desventaja, fueron desarrollando algunas técnicas para sobrevivir en esta difícil sociedad y, apostando por más, destacarse cuando en materia de valoración entran los criterios mixtos, es decir de competir sin que se tenga en cuenta el sexo para lograr un puesto o un beneficio. Entre otros recursos patentaron el “verso” y el “chamuyo” y los declararon sus herramientas favoritas. Los que naturalmente tenían cierta “pinta” lograron también ser importantes en un campo donde la mujer reina por su sola presencia: la moda, sea como modelos o diseñadores.
Como cualquiera beneficiado en exceso por la naturaleza, muchas veces las mujeres olvidan ese detalle ganador que significa ser lo más lindo que se ha creado en la Tierra y compiten consigo mismas. Es muy común que cuanto más bellas sean, más defectos se le encuentren.
Resultan terriblemente dramáticos los dictámenes que les dan los más exigentes y domésticos examinadores: los espejos. Por las dudas, y porque asumen cual va a ser la respuesta, no se atreven a formularle la conocida consulta del mundo de los cuentos infantiles y, en cambio, les proponen “Querido espejito, prometo limpiarte como nunca si me dices que soy la más bella”. La cuestión es que el mínimo milímetro que aparezca cerca de la zona de sus caderas, sea visto con más relieve que el Kilimanjaro en invierno. Aún así, ellas cuentan con un movimiento salvador de situaciones difíciles: mover la cabeza hacia un costado o quitarse frecuentemente el cabello de la cara.
En algo los dos sexos coinciden y comparten: el gimnasio. Sea que ellas hagan bicicleta con una aparente indiferencia mientras leen un libro, o que ellos transpiren levantando esas pesas imposibles, mientras con disimulo comparan su desarrollo muscular con el de los otros. Cada uno de los sexos, aparentando indiferencia hacia el otro, lanza miradas con indisimulada frecuencia.
Aunque las partes del cuerpo que intentan desarrollar sean definitivamente distintas, los dos tienen el mismo desafío social: la buena presencia.
Es cierto que a las mujeres se les exigen más de esos detalles muy concretos y que los hombres, con solo presentarse “debidamente correctos” ya están cumpliendo con la “buena presencia”.
Es también verdad que la balanza es la enemiga íntima de los dos. No tiene la mala actitud del espejo que, demostrando falta de clase, muestra una imagen, pero es igual de insobornable.
Como cada uno ya ha asumido las ventajas de su sector, la convivencia con el otro sexo se hace más llevadera y se tratan, cuando empiezan a tratarse en una relación, como si la cuestión de beneficios y falencias naturales no se tratara de algo tan importante.
Que es un modo de demostrar que sí lo es.
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