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Información General Domingo 22 de Septiembre de 2013

A Juan Montrucchio, un verdadero artesano

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REDACCION

Por REDACCION

El reconocimiento de las acciones materiales de los hombres está sobrevaluado en estos tiempos de consumo fácil. Más aún, a veces se aprecia una velocidad inusitada para ese tipo de prácticas. Una moda que no sentimos representativa, porque apuntamos a otro tipo de afirmación sobre el quehacer de los hombres, aquél que desde una multiplicidad de dimensiones “dejan huella” en las conciencias, que hacen vibrar el recuerdo con emoción, que se deslizan por entre las cuerdas del amor.

Juancito era un artesano. Se fue hace pocos días a vivir otra vida, de la que tenía profunda certeza. Lo recordamos y lo recordaremos, porque con su trabajo paciente, prolijo y constante en el oficio de la encuadernación fue un maestro para muchos jóvenes que, durante años, concurrieron a su taller a aprender. El taller de encuadernación de la Fundación que funcionaba los domingos por la mañana, hace unos pocos años, para jóvenes de escasos recursos económicos. Y allí la ventaja era doble para los asistentes: con el oficio venía de yapa el ejemplo de vida.

A Juan el cuerpo no le hizo fácil la vida. Tuvo que afrontar enfermedades que lo acompañaron por años, pero como buen artesano, modeló su modo de vida a partir de los elementos con los que contaba. Trabajó sobre su carácter y generó un espacio sutil, “un clima” personal que se caracterizaba por el buen semblante, el saludo afectuoso y el trato afable, todos indicios de su buen carácter. Buen carácter trabajado a lo largo de la vida para atemperar y pulir los aspectos menos gratificantes. Y junto a eso la familia: su compañera de toda la vida, su sostén; y sus hijos y el trabajo y sus múltiples actividades.

Nunca se apartó de la Fundación y en sus últimos compromisos compartía con un grupo de hombres, en reuniones mensuales, charlas sobre distintos aspectos de la vida. Y allí estaba, otra vez el artesano, construyendo relaciones y generando vínculos de afecto que son reconocidos en el recuerdo gentil y amoroso de quienes los conocieron.

Sentimos la necesidad de decir que fue un estímulo para nosotros y alguien con quien siempre se podía contar. Construyó su impronta a través de acciones pequeñas, constantes, intangibles pero con una proyección certera que permanece en aquellos que lo conocieron.

Juancito Montrucchio demostró ser un verdadero artesano, de su propio proyecto de vida, modelado a partir del compromiso solidario, del trabajo silencioso y de un entusiasmo que delata una enorme fe en la vida y las leyes de Dios.

A su familia (Amalia, Jorge, Juan Carlos y Cecilia), a sus tantos amigos les acercamos el apoyo y el acompañamiento afectivo tan necesario ante la ausencia física.

Con Juancito como ejemplo, hacemos extensivo este reconocimiento a todos los que caminan por la vida con las mismas ambiciones, la de las microacciones intangibles que llenan de energía y de vida nuestras vidas. Preferimos el reconocimiento espiritual, sutil, cargado de energía porque es el que nos impulsa con mayor vigor en nuestros propios caminos.

Consejo de Administración Fundación Progresar

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