La noticia de la muerte de Marta Zóbboli deja en Rafaela un silencio particular, de esos que no solo se sienten en las instituciones sino también en la memoria colectiva de varias generaciones. Tenía 93 años y una vida entera dedicada a la educación, pero sobre todo a formar personas.
Para muchos, su figura se resume en una escena casi cinematográfica. Un murmullo que recorría el aula, una advertencia en voz baja —“viene Marta”— y, de inmediato, el orden. No hacía falta más. Su sola presencia imponía respeto, pero también transmitía algo más profundo, una autoridad construida con convicción, conocimiento y un compromiso inquebrantable con la escuela pública.
Profesora de Castellano y Literatura, Marta Zóbboli encontró muy temprano su lugar en el mundo. Había nacido el 1° de enero de 1933, la menor de cuatro hermanas, hija del ex intendente Octavio Zóbboli. De su hogar heredó una combinación de firmeza y sensibilidad que marcaría su estilo para siempre. Su vocación la llevó a Paraná, donde se formó como docente y, en 1957, regresó a Rafaela para ingresar al cuerpo docente de la entonces Escuela Nacional de Comercio con su flamante título. Lo que quizá comenzó como un paso más en su carrera terminó siendo una historia de pertenencia total. Esa escuela fue, literalmente, su casa.
Allí dejó una huella imborrable. Primero como docente y luego, durante casi tres décadas, como directora, cargo que ocupó primero como interina y luego como titular. Su conducción no fue tibia ni complaciente. Era frontal, exigente, a veces incómoda, pero siempre honesta. Sabía decir lo que pensaba y también sabía volver al diálogo, convencida de que la educación se construye en un ámbito plural. Bajo su gestión, la institución creció en matrícula, en infraestructura y en prestigio.
De todos modos tenía gestos con el alumnado. Hay quienes recuerdan que durante el Mundial de fútbol México 86, la Selección argentina disputaba uno de sus partidos a media tarde, en coincidencia con el horario escolar. Y que un curso tenía hora libre por la falta de un docente. Marta invitó a los alumnos a observar el partido en el televisor instalado en su oficina con la condición de que mantengan absoluto silencio pues el resto de los estudiantes estaba en sus aulas en pleno desarrollo de las clases.
Ese partido lo ganó Argentina y algunos de los alumnos sentados en el piso no pudo contener la emoción y gritó uno de los goles. Marta levantó la mirada para frenar cualquier estallido colectivo y lo logró sin mayor esfuerzo que dejar a la vista la expresividad de sus ojos. Al final del día, fue una pequeña anécdota de un grupo de estudiantes que conoció a Marta desde otro ángulo.
Pero su mirada iba más allá de lo académico. Entendía la educación como una experiencia integral. Impulsó iniciativas innovadoras para la época, como el Banco Escolar, donde los alumnos aprendían en la práctica el funcionamiento del sistema financiero, o la Bolsa de Trabajo, que vinculaba a los estudiantes con el mundo laboral. También promovió la participación juvenil con la creación de la Asociación Estudiantil, alentando prácticas democráticas dentro y fuera de la escuela.
Uno de sus aportes más recordados fue la implementación del turno noche en 1974, abriendo las puertas de la educación secundaria a quienes no podían acceder en horarios tradicionales. Fue una decisión profundamente inclusiva, que cambió la vida de muchos rafaelinos. Y también su decisión de abrir el turno mañana de la Escuela de Comercio en 1987 con un par de cursos en el edificio compartido con el Colegio Nacional entre las calles 9 de Julio, Saavedra, Aristóbulo del Valle y Las Heras.
Paralelamente, Marta encontró en el teatro otra forma de enseñar. Integró el grupo independiente “Ricardo Rojas” y promovió espacios culturales dentro de la escuela, convencida de que el arte amplía la mirada y enriquece la formación. Para ella, educar no era solo transmitir contenidos, sino despertar inquietudes.
También formó parte del grupo fundacional del Instituto Superior del Profesorado de Rafaela, contribuyendo a consolidar la formación docente en la ciudad. Incluso después de su jubilación, en 1991, continuó vinculada al mundo educativo a través de trabajos de análisis literario junto a colegas, reafirmando que su vocación no tenía fecha de retiro.
En 2011 se embarcó en un enorme desafío junto a su colega y amiga, Mirta Couthaz y el recordado Henry Milesi, amigo de la Redacción de LA OPINIÓN. Entre los tres asumieron la tarea de finalizar la novela "Querida señora", que nuestro célebre escritor Lermo Rafael Balbi no había podido terminar por distracciones, una enfermedad y la muerte. Bajo la consigna de garantizar la “fidelidad a la escritura de Balbi” avanzaron hasta concluir el libro que tuvo como una suerte de subtítulo aclaratorio "fragmentos de una novela inconclusa".
Y en 2013, la Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe realizó un homenaje a mujeres rafaelinas que se han destacado en la historia de la ciudad, en diferentes ámbitos de actuación, en el marco de los homenajes a Rafaela en el centenario de su declaratoria de ciudad.
En ese encuentro en la Legislatura de la Provincia, recibieron un reconocimiento Liliana de la Costa y Catalina Pignata, que con valor y coraje fueron las primeras compradoras de tierra en la colonia; Dra. María Inés Dellasanta, primera directora mujer del Hospital Dr. Jaime Ferré; Prof. Marta Giura de Zimmermann, desde la Municipalidad de Rafaela resignificó la gestión de lo cultural; Elda Massoni, poetisa inolvidable, activa integrante de ERA, periodista de LA OPINION; Dra. Lilian del Rosario Landa, primera y única mujer presidente del Concejo Municipal de Rafaela; profesoras Marta Zóbboli y Mirtha Coutaz, brillantes docentes e investigadoras, rescataron e hicieron trascender la obra literaria de autores rafaelinos; profesora María Inés Vincenti, destacada investigadora de la historia local y regional; Betty Flores de Beltramino, exquisita artista plástica y maestra de artistas; CPN Marta Williner, rica trayectoria empresarial, primera mujer en alcanzar la presidencia del CCIRR.
En sus últimos años, Marta Zóbboli encontró además un espacio de recogimiento espiritual, participando activamente en la difusión de la devoción a la Virgen de Schoenstatt, dejando también allí su impronta de liderazgo y compromiso.
Además, en el ámbito de su familia, escribió una suerte de biografía de las familias Zóbboli - Zanetti. Cabe recordar que Octavio Zóbboli -que nació en Rafaela en 1895- se casó con Elena Zanetti y de esa unión nacieron cuatro hijas: Beatriz, Esther, Elea y Marta.
Hablar de Marta Zóbboli es hablar de una época, de una manera de entender la educación y de una figura que marcó a generaciones enteras. Fue exigente, sí, pero también formadora, comprometida y profundamente coherente con sus ideales.
En cada aula donde aún resuena aquella frase —“viene Marta”— sobrevive algo de su legado. No como una advertencia, sino como el recuerdo de una docente que supo, con carácter y convicción, enseñar mucho más que una materia.