Por Alicia Riberi
Vivimos tan apurados, que la mayoría de las veces no capitalizamos todo lo que Dios tiene para darnos y enseñarnos, creemos que sabemos todo, que hablar de Dios es algo que se debe abordar cuando la muerte se acerca, pero para nosotros siempre está lejos, y no advertimos que está agazapada a la vuelta de la esquina. Digo esto para infundir temor…no! Sino para que aprendamos a vivir poniendo el énfasis en las cosas que realmente lo merecen. El mundo ha llegado a un punto en que debería parar, tomar un respiro y empezar de nuevo. Se han perdido valores trascendentes, el respeto, la humildad, la docilidad y ¿saben por qué? porque parece que nos creemos eternos e inmortales. Ya no siento ganas de prender el televisor, solo son bandos, heterosexuales y homosexuales, cristianos y agnósticos, peronistas, radicales, macristas, blancos y negros, pobres y ricos, pañuelos celestes y pañuelos verdes.
Qué triste que no podamos dialogar sin agresiones, sin puestas en escena, sin insultos, sin tomar temas fundamentales como el respeto por la vida y por la integridad del otro como centros de interés para lastimarnos y enfrentarnos. Y perdonen algunos, varios…periodistas que hacen sensacionalismo con temas sensibles, que hieren y dan solo malas noticias, sin esperanzas, ni alicientes…decenas de economistas que predicen catástrofes y todos distintas o perecidas y pasa el tiempo y nadie le acierta y cuando tienen el poder no hacen nada de lo que dicen. Quiero que se den también buenas noticias, jóvenes que viven ayudando en la clandestinidad a los pobres y olvidados, curas que hacen las cosas bien, trabajando en las villas, en África y en tantos lugares olvidados del mundo y no son pedófilos, médicos que atienden en la más absoluta miseria, sin importarles lo poco redituable -económicamente hablando- que sea, maestros que enseñan a niños en escuelas alejadas, en lugares inhóspitos, sin siquiera quejarse. Busquen, que hay muchas noticias que nos llenan de esperanza y hace años que en este país hay miles de pobres que viven en indigencia y miles de políticos a los que nunca les importaron los pobres ni los jubilados.
Sueño con un Adviento, en el que la ráfaga del espíritu convierta los corazones y nos haga más generosos que temerosos de perder lo que tenemos, más capaces de acompañar al hermano que sufre, que escaparle porque nos da tristeza, abrazar al que no tiene, compartiendo lo que tenemos, orar por todos sin distinciones ni de razas, ni económicas, ni políticas, ni de posturas ideológicas, que no creen ni los que las practican.
Quedé absorta, mirando el inmenso cielo bordado de estrellas y adorado con una luna radiante y vi un mundo en el que un duende travieso se escapó del cielo y puso en cada corazón, un stop para el odio y un avance para el amor y así todos vivir una Navidad distinta, sin tantas miserias humanas, sin tantas divisiones, sin tanto amor al poder y más amor al hermano que extiende su mano silenciosa y muchas veces la llevamos por delante sin siquiera advertirlo.
El Adviento es una enorme posibilidad que nos da Dios para cambiar de vida, cambiar nuestros egoísmos y dar amor sin límites al que lo necesite, no juzguemos si no queremos ser juzgados, no lastimemos si no queremos ser lastimados, no critiquemos si no queremos ser criticados…esta es la oportunidad para ser mejores, obviamente no perfectos, pero sí mejores y más humanos…
Dijo el papa Francisco: "El tiempo de Adviento sirve para construir la paz en la propia alma, en la familia y en el mundo, sin buscar excusas para hacer la guerra”.
Pensemos: quién dio todo voluntariamente para salvarnos sin pedir nada a cambio, está al llegar y merece el mejor recibimiento…y María con su sí abrió las puertas de la salvación.
Es mi deseo humilde y sincero para todos, que en este Adviento, la brisa del espíritu se haya escabullido en cada uno, ayudándolos a un gran cambio, no solo personal sino familiar…El Adviento, tiempo de espera y conversión, es para todos un regalo y no hay excepciones, es para todos…Es mi deseo más profundo, que sepamos aprovecharlo y no olvidemos, cuando levantemos la copa en Navidad, que debemos brindar ante todo por el protagonista más perfecto de esta fiesta, que es Jesús y su Madre corredentora y mediadora entre Dios y los hombres.
Deseo terminar esta nota con una pequeña parte del enorme y fructífero pensamiento de Juan Pablo II: el Adviento mantiene viva la espera de Cristo, que vendrá para visitarnos con su salvación, realizando plenamente su Reino de justicia y de paz. La evocación anual del nacimiento del Mesías en Belén renueva en el corazón de los creyentes la certeza de que Dios es fiel a sus promesas. El Adviento es, por tanto, un poderoso anuncio de esperanza que afecta en profundidad a nuestra experiencia personal y comunitaria.
Qué Dios los bendiga a todos!!!
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