Por REDACCION
Por Edgardo Peretti
Truco! – dijo la muerte.
Quiero! – respondió Moreira.
La mujer tiró sobre la mesa un siete bravo; Moreira se lo mató con un ancho de espadas. El as ganaba el duelo.
Ganaste – reconoció la perdedora.
Espero que cumplas lo que jugamos- sentenció el gaucho.
La escena corresponde a la película “Juan Moreira” -rodada en 1973 con dirección de Leonardo Favio- y representa una apuesta entre el protagonista (herido de gravedad) y la Muerte, encarnada por la actriz Alba Mujica (1916-1983). Con el paso de los años se convirtió en un ícono del cine nacional y sigue siendo considerada como una obra maestra.
En realidad, en aquel momento, muy pocos confiaron en el proyecto. Favio tenía antecedentes y valuaciones dispares con algunos filmes en blanco y negro, como “Romance del Aniceto y la Francisca” o “Crónicas de un niño solo”, que lo destacaban como un buen proyecto pero sin éxitos concretos para subirlo a los cielos de las estrellas.
Tampoco había muchas expectativas con Rodolfo Bebán, un gran actor de teatro y TV, todo un galán de ese tiempo, de quien no se dudaba de sus aptitudes actorales sino que los “especialistas” de siempre sostenían que no daba el papel “¿Dónde viste un gaucho de ojos celestes”?
Pero Favio jugaba fuerte y apostó a una obra de radioteatro, autoría de Juan Carlos Chiappe, que era un clásico de la radio. Llevarlo al cine era otra cosa. Contra todos los pronósticos, la película fue un éxito total; una expresión de arte nacional, coronada por una actuación soberbia de Bebán, una dirección magistral de LF y la música (hoy, icónica) de Luis María Serra y Pocho Leyes.
La vida le sonreía a Favio y en 1975 insistiría en el rubro con otra obra maestra surgida del radioteatro: “Nazareno Cruz y el Lobo”, donde potenciaría a la categoría de gran actor a otro galán de ese tiempo: Juan José Camero.
Dicen que alguien le auguró una maldición a esta película, que ya era una maldición en su esencia y la misma pareció alcanzar a la primera actriz, Marina Magalí, una rubia de 17 años que tenía el mundo por delante y – sin embargo- desapareció de la escena (dicen por decisión propia) sin poder volver más.
“Filosofía de vida”
Ochenta y cuatro años tenía Rodolfo Bebán, era contemporáneo de Favio y muchos otros astros de la constelación patria de actores. Vivió sus últimos años en un geriátrico y se fue en silencio, tal como había elegido vivir el final. O, simplemente, durar.
Hace algunos años tuve oportunidad de asistir a una obra que se titulaba “Filosofía de vida”, que contaba con la actuación de Rodolfo Bebán, Alfredo Alcón y Claudia Lapacó. Para quien esto escribe, quien apenas si califica como espectador con cierto grado de cholulismo aplicado, la obra no era gran cosa, pero ver a estos muñecos en el escenario pagaba la entrada y mucho más.
Alcón ya estaba herido en un ala y actuaba asistido por su personaje que se movilizaba en silla de ruedas; Bebán, no dejaba espacio donde apoyarse y toda la dinámica la aportaba Claudia Lapacó. Pero era un detalle. Escuchar a estos tipos ya era un premio.
Faltaba algo. En la mitad del primer acto un murmullo ganó la sala (no muy grande, por cierto, aunque colmada) cuando una mujer ingresaba apoyada en su bastón y ayudada por otra persona. Alcón detuvo su parlamento, se levantó de la silla y junto a Bebán se acercaron al borde del escenario: “Señores – dijo aquel-está con nosotros la señora China Zorrilla”.
La ovación ganó los cielos de la avenida Corrientes y debe durar todavía. Era una efervescencia que se trepaba por las paredes y se metía en al alma de un público que no paraba de aplaudir. Mi vecino de butaca, cuando terminó de llorar, me dijo “¿Usted se da cuenta que fuimos testigos de un hecho histórico?”
Confieso que entonces no lo entendía. Hoy, sí. Estos hombres y mujeres, como Alcón, Bebán, China y hasta Lapacó, no suelen morirse. Hacen una pausa, cambian de estadío y siguen haciendo teatro.
Morir en la trampa
Moreira sabía que la muerte no era de confiar y lo corroboró cuando llegó a su rancho y se encontró con el velorio de un angelito, de su hijo. Se dio vuelta la insultó a la mujer que sólo atinó a contestarle: “Me olvidé de decirte, Moreira. La muerte siempre gana, aunque haga trampa”.
Debe ser cierto, aunque no comprobable. Juan Moreira sigue siendo un mito, Favio es cada día más grande y Bebán ya está con Alcón en un escenario mucho más amplio y brillante, más grandioso: la eternidad, que le dicen.
“¡La pucha, morir con este sol!” (Del texto de la película instantes antes de la muerte del gaucho).
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