Por Antonio Grande
ROMA. - Escribo estas líneas con el estilo de un relato que quiere compartir algunas de las percepciones que recogí en la mañana de ayer, en la misa de clausura del Año de la Fe, en la fiesta de Jesucristo Rey del universo.
Después de varios días de lluvia y creciente frío, la celebración pudo realizarse al aire libre con buen tiempo en un clima sereno y festivo. El Santo Padre Francisco presidió la misa concelebrada por un número cercano a mil doscientos, entre cardenales, patriarcas y arzobispos mayores de las iglesias orientales, arzobispos, obispos y sacerdotes, y la participación de unos sesenta mil fieles aproximadamente, en la Plaza San Pedro en Roma.
Antes de iniciar la Eucaristía se realizó el gesto, a pedido del Santo Padre, de hacer una colecta entre los presentes como contribución de los peregrinos del Año de la Fe a favor del pueblo de Filipinas.
La memoria de la alegría por el don de la fe en Jesucristo recibida en el bautismo, animó los diversos signos y momentos. “La solemnidad de Cristo Rey del universo, coronación del año litúrgico, señala también la conclusión del Año de la Fe, convocado por el papa Benedicto XVI, a quien recordamos ahora con afecto y reconocimiento por este don que nos ha dado. Con esa iniciativa providencial, nos ha dado la oportunidad de descubrir la belleza de ese camino de fe que comenzó el día de nuestro bautismo, que nos ha hecho hijos de Dios y hermanos en la Iglesia. Un camino que tiene como meta final el encuentro pleno con Dios, y en el que el Espíritu Santo nos purifica, eleva, santifica, para introducirnos en la felicidad que anhela nuestro corazón”, expresó el Papa.
Al lado del altar se expusieron las reliquias del apóstol Pedro: una caja de bronce con algunos fragmentos óseos. Desde 1968 Pablo VI las había hecho colocar en la residencia del Papa. Tuvo gran carga emotiva la recitación del Credo por parte de toda la asamblea presidida por Francisco, quien sostuvo en sus manos con ternura y devoción ese cofre. Me surgió en el corazón que le podía estar manifestando al primer obispo de Roma: “vos sabés mucho de todo esto, ayúdame a renovar mi fe en Jesús para seguir guiando su Iglesia en la misión evangelizadora”.
Al final de la celebración, el actual obispo de Roma entregó simbólicamente su exhortación apostólica "Evangelii gaudium" (La alegría del Evangelio) a 36 representantes del Pueblo de Dios provenientes de 18 países. El documento papal va a ser presentado y publicado el martes próximo, recoge algunos de los temas tratados en el Sínodo de los Obispos de octubre de 2012, y se prevé que será una comprensión actualizada de lo que significa evangelizar para la Iglesia en los tiempos que corren.
Durante la misa, más de una vez me afloró la oración agradecida a Jesús y de intercesión por monseñor Luis Alberto Fernández y por nuestra comunidad diocesana. Sus intenciones y la de tantos hermanos de nuestra historia diocesana, ocuparon un lugar destacado en mi corazón.
El primer argentino elegido por el Señor Jesús para animar en su nombre a todas las iglesias, concluyó su homilía con una invitación: “Mientras todos los otros se dirigen a Jesús con desprecio -«Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a tí mismo bajando de la cruz»- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida hasta el final pero se arrepiente, se agarra a Jesús crucificado implorando: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42). Y Jesús le promete: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43): su Reino. Jesús sólo pronuncia la palabra del perdón, no la de la condena; y cuando el hombre encuentra el valor de pedir este perdón, el Señor no deja jamás de atender una petición como esa. Hoy todos nosotros podemos pensar a nuestra historia, a nuestro camino. Cada uno de nosotros tiene su historia; cada uno de nosotros también tiene sus errores, sus pecados, sus momentos felices y sus momentos oscuros. Nos hará bien, en esta jornada, pensar a nuestra historia y mirar a Jesús y desde el corazón repetirle tanta veces, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: "¡acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino!". Jesús, acuérdate de mí, porque yo tengo ganas de ser bueno, tengo ganas de ser buena, pero no tengo fuerza, no puedo: ¡soy pecador, soy pecador! Pero acuérdate de mí, Jesús: ¡Tú puedes acordarte de mí, porque Tú estás al centro, Tú estás precisamente en tu Reino! ¡Qué bello! Hagámoslo hoy todos, cada uno en su corazón, tantas veces. "¡Acuérdate de mí Señor, Tú que estás al centro, Tú que estás en tu Reino”.
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